8.10.21

Vidas paralelas

 



Recuerdo mi fascinación por la mujer del parque. Siempre arreglada con abrigos de un paño que desde lejos se adivina de calidad, coronado por un pañuelo de seda anudado alrededor de su cuello, manos cuidadas y voz suave, de esas que nunca levantan la voz. Con delicadeza hace aparecer la merienda de su hija de una pequeña maleta del tamaño de una libreta.

 

Alguna vez hemos coincidido jugando juntas sin llegar a ser amigas hacemos un buen equipo. Ella viste el uniforme de las Clarisas, con sus calcetines altos color azul que nunca los vi caer. Su pelo siempre recogido en dos trenzas perfectas con un olor perenne a colonia. Se llama Sara, adorna su cara una incipiente sombra preludio de bigote moreno. Su nariz ancha, me recuerda a la narizota de mi madre, ancha y con las cuencas muy abiertas.

 

Me fascina esa mujer por su elegancia, su saber estar y por esa postura al sentarse, siempre con sus piernas juntas protegiendo la intimidad que cubre la falda. Mi madre, Isabel, es más destartalada. Siempre en chándal y zapatillas de deporte, no recuerdo haberla visto nunca con falda y mucho menos con vestido. Trabaja en un supermercado reponiendo las estanterías y cobrando en la caja. Su horario es amplio y exigente. Tanto que llega derrotada. En ocasiones, olvida quitarse sus zapatillas blancas que imitan a una marca muy cara de deportivas y se tira en la cama durante horas, durmiendo a la hora que tenga a bien tumbarse. 

 

Hay días que almorzamos a la hora de la merienda y ya que se pone, la convierte en merienda cena para trabajar poco. Mi padre, Juan, casi siempre está en casa, sobrevive con trabajos esporádicos. Hombros caídos y peludos, camiseta blanca de tirantes llena de lámparas de grasa imposibles de limpiar por su descuido recurrente y viajes intermitentes a la nevera. Solo cuando falta cerveza se escucha su voz recordándole a mamá que tiene que traer más bebida del súper. No hay mucha conversación, el rumor de la televisión, siempre encendida, llena de ambiente mi hogar. 

 

He jugado con Sara a las muñecas, me ha prestado la suya. Un modelo publicitado en televisión, deseo de todas las de mi generación. Yo le he prestado la muñeca de trapo que me hizo mi abuela con retales. Nos hemos intercambiado nuestros mundos por un momento. Su madre, Ascensión, ha repartido la merienda que traía preparada para Sara para que nos llegue a ambas. Le conté que mis padres no estaban en el parque y que bajo sola a jugar. Le señalé mi casa a escasos doscientos metros de distancia en una zona sin tráfico. Ella asintió con mirada de lástima mientras nos iba racionando las galletas de la merienda. 

 

Suenan las campanas de la ermita, mi señal para regresar a casa, doy las gracias por todo y me despido. No he recorrido tres metros cuando oigo la voz melodiosa de Ascensión.

 

–¿Cómo te llamas, niña?

–Laura. – me despido con la mano mientras corro hacia casa.

 

Doce años después, coincido, en una noche de botellón, con Sara. Nos saludamos con el respeto del sabernos compañeras de juegos en la infancia. Ella tan mona, con ropa de marca, sigue con sus trenzas, el bigote ya lo disimuló. Todavía no tiene edad para arreglarse su nariz. Yo con un chándal heredado de mi madre, cada una a su estilo nos comportamos con total normalidad una con la otra, nuestras amistades desconfían. Choca mucho la diferencia social entre ambas y lo bien que nos llevamos. 

 

–¿Sabes, Sara? Parece que mi madre no era mi madre. 

–No entiendo. 

–Es complicado, mi madre falleció cuando yo tenía seis años. Mi padre me dejó al cuidado de mi abuela materna. Hasta ahí bien, resulta que mi abuela cansada de reclamarle el dinero para mi cuidado le puso una demanda en el juzgado ante su negativa a pasar la pensión de alimentos. Él argumentó que yo no soy su hija y el juzgado terminó solicitando una prueba forense de ADN que confirmó que no soy hija de mi padre ni de mi madre. 

–¿Y eso, cómo puede ser? 

–Eso es lo que quiero averiguar. He visitado al abogado gratuito que te ofrece el ayuntamiento y parece que la única opción para conocer la verdad es demandar al hospital donde nací. 

–¿Dónde naciste? 

–En el San José. El 7 de octubre de 2002

 

Sara queda pensativa, aparentemente afectada, con la mirada perdida en un infinito ilocalizable. Sus grandes aletas de la nariz se abren y cierran a un ritmo acelerado y creciente. 

 

–¿Estás bien? –pregunto. 

–Sí, perdona, yo también nací en el San José. –Calla que ambas coinciden en la fecha de nacimiento– ¡Qué fuerte! Ya me irás contando, Laura.

 

Dos años más tarde, ya con dieciocho años, Sara, junto con otras dos mujeres que nacieron el mismo día en el hospital de San Juan, recibe una notificación judicial para realizarse una prueba de ADN.

 

Sara intuye el resultado y se llena de miedos ante la posibilidad de perder a sus maravillosos padres. Miedos que su madre mitiga con ternura y una explicación sobre el concepto de ser madre e hija.

 

Sara y Laura nacieron con una diferencia de cinco horas, ambas compartieron sala de incubadoras durante un par de días. La enfermera encargada cometió el error involuntario de cambiar las hijas a sus madres, variando sus futuros. El destino resulta ser muy cruel con Laura. 

 

Casi con total probabilidad este intercambio nunca se habría conocido de no haber sido por la tacañería y el dolor de cuernos de Juan. 

 

La apariencia física de Laura alimentó durante años la sospecha de Juan sobre la infidelidad de la difunta Isabel. No era capaz de encontrar ningún gesto o característica física en la niña que le recordara a su familia. Se llegó a convencer de que no era su hija lo que terminó por justificar su incumplimiento de sus obligaciones económicas como padre.

 

La investigación ordenada por el tribunal confirma que Laura es hija biológica de Ascensión. 

 

El juzgado de familia sentencia en favor de la demandante, la abuela, y obliga a Juan a pagar la manutención de Laura actualizando los meses de impago previos. El argumento expuesto aclara que la paternidad legalmente reconocida es la que se refleja en el Registro Civil y en el Libro de familia. Laura fue inscrita como hija de Juan e Isabel lo que la convierte en su hija desde un punto de vista legal.

 

El abogado me aconseja reclamar judicialmente al Hospital y a la Comunidad Autónoma por los daños morales ocasionados durante estos años de separación de mi vínculo sanguíneo. Daños muy difíciles de cuantificar. ¿Cuánto vale una vida miserable comparada con una vida en un entorno normal, cariñoso, ordenado y limpio?

 

Actualmente estoy en tratamiento psicológico en un intento por mitigar el estado de ansiedad y desapego general que me impide conciliar el sueño, ordenar mi vida y centrarme en los estudios. Desearía encontrar el valor para ir a visitar a Ascensión, aquella mujer que me tenía fascinada en mi niñez y que tan amable se mostró siempre conmigo. Resulta que es mi madre biológica. Me frena poder hacer daño a Sara. De alguna manera somos como hermanas. Suelo verlas de lejos, a Sara paseando con su madre y mantienen intacta su relación forjada durante dieciocho años de cariño y complicidad. Esa vida que estaba escrita para mí y me robaron.

 

–¡Qué mala suerte y qué mala solución tiene todo esto! y ¿ahora qué, papá? o ¿te tengo que llamar Juan?




Ficción inspirada en una historia real:https://www.niusdiario.es/sociedad/sucesos/joven-reclama-indemnizacion-tres-millones-salud-larioja-intercambio-bebes-incubadora-reciennacidos-ninas_18_3199095114.html

3 comentarios:

  1. La realidad suele superar la ficción

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  2. La realidad suele superar la ficción

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  3. Me dejó impactado la noticia del intercambio de niñas en La Rioja, de ahí nació este cuento.

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