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20.7.21

Un regalo repetido

 


Ovidio a sus ochenta y nueve años contempla la vida desde el rincón del prestado, ha ido perdiendo a sus amigos del alma de uno en uno. La soledad, su compañera más fiel a la que ha llegado a acostumbrarse, no le pesa, le acompaña sin dolor. Ha aprendido a acostumbrarse a las despedidas.
La lista la inauguró Elena, su mujer, su compañera del alma. Se fue muy pronto, a los sesenta y uno. Un cáncer maldito, dio la cara muy tarde, demasiado tarde. Meses después se fue Enrique, su hermano pequeño, en un accidente de moto. Dichosos vehículos donde vas expuesto a cada momento. Sus amigos Pablo, Esteban, Luis, uno tras otro. Cada vez quedan menos con los que compartir momentos de alegrías y lloros por los mejores tiempos pasados.
Dos años atrás, sus hijos le convencieron para ingresar en una residencia muy moderna, con todos los cuidados y actividades diarias. Accedió por no escucharles mucho y solo porque está muy céntrica, en su mismo barrio de siempre, le viene cómodo y le permite salir de paseo cada mañana por sus calles conocidas.
En la residencia ha conocido a Ana, una mujer muy agradable, elegante y de mirada limpia. Viuda desde hace muchos años, evita el color negro, dice que no le beneficia al color de sus ojos, verde esmeralda, muy vivos. El pasado fin de semana, estuvieron charlando casi toda la tarde mientras los más ágiles preferían desafiar al traumatólogo bailando sin parar. Hacia más de veinte años, desde que se fue mi Elena, que no había estado a solas con una mujer. Le gustó, de nuevas. 
Desde entonces, nota la mirada de Ana persiguiéndole a cada rato. Recuerda sensaciones vividas en el pasado y que no había contemplado recuperar, ligar a su edad, hasta hace unos días era una ficción. Hoy se siente más vivo que nunca. Alguna hormona le queda.
Ana es delgada, muy cuidada, sin pliegues en su piel, la mantiene tersa a pesar de su edad. Su temblor de manos revela su edad. Ovidio se sonríe al recordar un antiguo chiste sobre la preferencia de la población masculina de una residencia de ancianos por la vieja del párkinson con mano temblorosa que elegían los ancianos para apoyar sus adormecidos miembros buscando movimientos excitantes. 
La televisión nos recuerda que falta un mes para Navidad, cientos de anuncios encadenados de colonias, perfumes, juguetes y móviles. Tantos anuncios que llegas a olvidar la película de antena 3. "Volvemos en siete minutos", "volvemos en seis minutos". 
- ¿Qué me vas a regalar por Navidad? le pregunta Ana con mirada pícara.
- ¿Por Navidad?, nada. Si acaso quizá mis hijos me regalen cosas útiles que ya tengo, por Reyes.
- Entonces, ¿Qué me vas a regalar por Reyes?
Ovidio huye del conflicto, no quiere dañar a Ana. El no regala, no cree en los Reyes magos.
- Podemos organizar el amigo fantasma en la residencia. Ana con su alegría, ilumina su mirada.
La mira sin contestar. No le apetece nada el plan. Decide levantarse para dar su paseo diario. Necesita salir de este ambiente, le oprime.
Por la calle, todo recuerda la Navidad. Las luces fijadas a lo largo de la calle, que se iluminarán al anochecer. Publicidad de perfumes y lencería en las paradas del autobús, escaparates engalanados con estrellas, nieve y algún que otro espumillón. Odia la Navidad. A ver si pasa rápido.
- Ovi, escucha a su espalda. No le habían llamada así desde su Elena. Suena a familiar, a cercano.
Se gira y ve a Ana acercándose con ritmo decidido, sonríe.
- ¿Puedo acompañarte en tu paseo? se afianza en su brazo buscando apoyo y cercanía. Obliga a Ovidio a acompasar el ritmo a su andar más lento.
Se dirigen hacia el Estadio Bernabéu, que está de obras otra vez. La envidia de otro viudo con gafas que no puede admitir que el Atleti tiene el mejor y más moderno campo de fútbol de la capital. 
- Conozco una heladería muy buena cerca de aquí, te invito.
- Se me va quitar el hambre.
- Tampoco que vas a perder nada. Estos helados te van a gustar.
- ¿Qué quieres que te regale por Reyes?
- No me gustan los regalos, no creo en los Reyes.
- Pues me gustaría regalarte algo para que te acuerdes de mi.
- Si acabamos de conocernos. No me voy a olvidar estoy bien de memoria.
- No te acuerdas ¿verdad?
- ¿De qué me tengo que acordar?
- 1945 día de Reyes, en la cabalgata.
Ovidio entrecierra sus ojos, algo le viene. Una travesura de niños, escondidos tras la valla de los andamios que fijaban la fachada de un edificio que no había sido restaurado tras la guerra. Pablo, Esteban y él tonteaban retando a tres chicas con trenzas, de unos doce o trece años. Una de ellas le robó un beso en los labios, precipitado, seco y muy breve. Lo había olvidado.
- ¿Eras tú? Lo acabo de recordar. ¿Por qué me besaste?
- Fue mi regalo de Reyes. Me dijiste que no tenías regalo que tu madre no tenía dinero. Me diste lástima.
- ¿Y este año qué me vas a regalar? Ovidio lanza la caña.
- Nada, tú no crees en los Reyes. Y le besa, esta vez mejor, poniéndose de puntillas.

10.7.21

Maruja




Maruja - Llama en voz alta, con los mismos decibelios y entonación que ha utilizado durante los últimos treinta años - Maruja - repite impaciente.

Juan termina por levantarse con movimientos perezosos y se dirige a la cocina, tiene hambre, están a punto de terminar las noticias y su estómago le recuerda que cenar es una buena idea. Se asoma a la cocina, no hay nadie. Mira con curiosidad sin atreverse a entrar en una de las dependencias que nunca pisa, es territorio extraño. Todo está limpio y perfectamente ordenado, hoy no se ha cocinado. Al final traspasa el umbral de la puerta en dirección a la nevera, quedan dos cervezas de botella, abre una de ellas y va apurando en largos buches su contenido frío y apetecible mientras recorre la casa buscando a su compañera. 

¿Maruja? Se arrepiente de haber comprado una casa tan grande, la botella vacía de cerveza descansa en el primer escalón, sabe que alguien se encargará de ella, todo lo que existe en esta casa se ordena solo.

En el piso superior tampoco, ¿Dónde se habrá metido esta mujer? No recuerda que le hubiera avisado que tenía previsto ir de visita o que hubiera quedado con sus amigas. 

Vibra su reloj de muñeca, un aviso de calendario, faltan quince minutos para el inicio del partido. Baja al salón, pasando por la nevera. Mientras se aprovisiona siguiendo su dieta preferida, le devuelve el cristal de la puerta de la terraza su imagen. Rubio con el pelo rizado, a juego con su ojos verdes, cuerpo ancho y descuidado. El gran danés le apodaron en el colegio muy acertadamente. Termina de preparar su cena: Patatas fritas, chorizo, queso y una bolsa de torreznos, descorcha una botella de tinto de Rivera del Duero. Se ayuda de una bandeja para cenar frugalmente en su sillón preferido. Sintoniza el canal justo a tiempo para ver las alineaciones. La final de la copa tiene fama de ser el partido más emocionante del año. 

Vamos, vamos 

Grita como un aficionado más justo en el momento que suena el himno español. Juan se levanta con dificultad en señal de respeto, incluso sube el volumen con intención de molestar a su vecino de al lado, un pirado independentista que no razona y se cree la ensoñación esa con la que les tienen anestesiados para evitar que se subleven por los deficientes servicios prestados por el gobierno. Mucho hablar de independencia y en la calle no hay nadie, seguro que muchos verán el partido con el volumen muy bajo para evitar que la policía política que tienen en cada barrio les etiquete como un facha. A Juan le importa una mierda lo que piensen sus vecinos, él nació en Cuenca y se siente español, muy español y nadie le va a obligar a renegar de su tierra, de su habla y de su sentimiento nacional.

Sus ciento diez kilos de humanidad se acomodan en su sillón, atacando con rapidez el menú “mediterráneo” que se ha preparado. 

Su equipo pierde el partido ofreciendo una imagen lamentable, a su pesar tendrá que soportar las bromitas de los pesados de turno en la oficina. - A ver quién aguanta mañana a Jordi - se dice. El prototipo de compañero de trabajo que solo se digna a hablar contigo cuando pierde tu equipo. Si ocurre alguna de las otras opciones, empatar o ganar, Jordi desaparece de tu vista durante días. 

- Joder, las once y media y esta mujer no aparece - piensa. Repasa su móvil, sin mensajes ni llamadas.

Baja el volumen del televisor mientras recorre con el mando a distancia uno a uno todos los canales buscando algo que le llame la atención. 

Papá, papá, despierta, son las nueve de la mañana

 Siente que le zarandean con fuerza mientras él sigue resistiéndose a abrir sus ojos

- Te has vuelto a quedar dormido en el sillón, verás ahora tu espalda - le regaña

Juan, por fin abre los ojos, necesita un café bien cargado

Hola princesa ¿Qué haces aquí? 

Su hija del alma, la alegría de su vida. Pequeñita, pelo lacio negro azabache, ojos rasgados marrones, delgada, ágil y sonriente. La filipina para el barrio 

Habíamos quedado en que pasaba a recogerte a esta hora. Hoy es la fiesta de cumpleaños de tu nieta

Antes de despertarle, ordena un poco el desastre de la bandeja de la cena. Lo poco que ha sobrado no se puede guardar en la nevera tras tantas horas sin refrigerar. Limpia los baños y airea las habitaciones. Le da una vuelta a la casa.

¿Y tu madre? Anoche salió y me dormí antes de que regresara - Repasa con la mirada, buscando a su Maruja. 

Su mujer de toda la vida, triste y amargada. Castaña de pelo rizado, Cuerpo de pueblo, culo grande fofo, muslos anchos, piernas cortas, escaso pecho, ojos oscuros, siempre vestida de luto sin necesidad. El as de picas de la baraja.

¿No te acuerdas, papá? Se marchó el mes pasado. No va a volver.

Los ojos de Juan giran perdidos con la mirada ausente. Algo recuerda, sí. Se fue sin decir nada. Se fue harta, en silencio y sin portazo. Se cansó Maruja de todo, de preparar su comida, de aguantar su tonito, de su falta de sensibilidad, de su desorden, su egoísmo y de treinta años tirados a la basura por una mala decisión, tapar un embarazo no deseado con un tonto a quien colocárselo. 

6.7.21

Orgullo y prejuicio

 



Acudir como invitado a una boda sin conocer a nadie supone superar una prueba de obstáculos. Te enfrentas al juicio silencioso de las miradas escrutadoras de las propias del lugar, a la dificultad de conseguir mantener alguna conversación inteligente y amena prolongada lejos de los tópicos del lugar y de sus giros locales al lenguaje. Incluso notas el juicio que soporta tu ropa de moda en tu lugar de origen. Moda que difiere mucho de la imperante entre el resto de invitados. Un ejercicio complicado para alguien tendente a la introspección empujado por su naturaleza tímida. 

En esta ocasión inciden dos agravantes a su situación, la celebración se desarrolla en un ambiente ordinario, chabacano y barrio bajero, muy diferente a donde acostumbra vivir y por otro lado sufre mal de amores. Luis sufre por su amor no correspondido que se está uniendo a otra persona prometiendo fidelidad en un contrato a largo plazo, hasta que la muerte les separe. Cada mirada que dirige a los novios es un dardo que se le clava en el alma. Se lamenta no haber tenido la valentía de declararse en su momento, el no haberse atrevido a compartir sus sentimientos excusado en su timidez. 

- Soy un cobarde - se repite una y otra vez. 

La ceremonia va a empezar, los invitados van tomando asiento en el enorme salón del ayuntamiento. La alcaldesa va a oficializar la unión delante de las familias y amigos de la pareja. 

Su amor de toda la vida dedica una última mirada de soltería al patio de butacas, cruza su mirada con Luis. Una mirada eterna en apenas un instante de segundo. Toda una vida de sentimientos repasa Luis en ese instante. No se atreve a hablar, ni a gritar. Simplemente gira su cabeza en una negación casi imperceptible que llega a su destino y es contestada con una enorme sonrisa.

En ese momento entra la novia acaparando todas las miradas, salvo la de Luis que dedica esos minutos a despedirse de su gran amor. Su compañero del alma, el espíritu que le inspiró y ayudó a estudiar y a convertirse en el profesional actual que deslumbra con su talento. La vista se enturbia, las lágrimas licúan la imagen de los novios unidos frente a la mesa ceremonial. 

Este sábado se celebra el día del orgullo y Luis no sabe como celebrar su condición sin correspondencia. Sigue reaccionando con la inocencia y inexperiencia de un adolescente en sus primeros escarceos, con casi treinta años se mantiene escondido en su armario lejos de admitir su condición. La sociedad que le rodea admite desde hace años el ser diferente en libertad, en cambio Luis se mantiene recluido en sus contradicciones. ¿Cómo va a celebrar el día del orgullo si aún no se ha admitido él del todo?

¿Cuántos Luises seguirán encerrados en sus conchas de sufrimiento sin atreverse a abrir su corazón, sin aprender a expresarse con libertad y con miedo al juicio de los demás?. En esta época en la que, por fin nos quitamos esta odiosa mascarilla preventiva del covid, espero que estos Luises se decidan y retiren su otra máscara, esa que oculta su verdad y que en muchas ocasiones, al ser revelada no sorprende a nadie. A los amigos y familiares no les sorprende, lo intuyen, lo saben y lo admiten con naturalidad desde hace décadas. 

Feliz semana del orgullo, Luis

28.6.21

Vergüenza

 



El cielo lleva amenazando lluvia desde antes del amanecer, acumulando nubes que se unen formando un colchón esponjoso que cubre todo el horizonte. Castillos de algodón gris oscuro cubren el valle creando una atmósfera de melancolía y recogimiento. 

A media mañana la luz del sol apenas traspasa la masa algodonosa y comienzan a sonar, a lo lejos, los primeros truenos, esos que anuncian tormenta. El ambiente sobrecargado de electricidad, cierto bochorno y oscuridad te traslada a una falsa sensación de nocturna calma e inacción. Todo se ralentiza, los pocos valientes caminantes no dejan de mirar hacia arriba temiéndose que les pille la tormenta.

La melancolía del clima afecta el ánimo de Esteban, siempre proclive al llanto silencioso. Ni recuerda los años que ha pasado sin salir de su habitación, pasando las mañanas mirando la poca vida que cruza delante de su ventana, algún que otro pájaro o el gato del vecino intentando cazar a las palomas que se posan en las tejas más elevadas. Poniéndose de puntillas y acercándose al cristal es capaz de vislumbrar a los paseantes que cruzan la calle principal, en su callejón apenas nadie entra, salvo en las noches de los fines de semana que alguna pareja da rienda a sus besos ocultándose de los demás y sobre todo los tres borrachos de siempre que alivian su vejiga en la pared frente a la ventana de Estaban.

Su madre lo ha dejado ya por imposible, fracasó en su intento de reconducirle con buenas palabras, tratando de poner en valor, incluso exagerando, lo positivo de cada circunstancia. Para ella su hijo no tiene responsabilidad alguna sobre lo que le ocurrió, son los demás los culpables. Le mima demasiado en parte porque ha llegado a un punto en la vida que el único sentido que encuentra para levantarse cada mañana es la obligación de cuidar de su niño.

La mañana la ha pasado cocinando la tarta preferida de Esteban, con base de bizcocho, crema pastelera y nata, mucha nata. Con dificultad pudo clavar todas las velas que encendió antes de subir la escalera al primer piso donde vive su hijo. Cuarenta velas encendidas iluminan la cara de Carmen, el tiempo pasado ha dibujado su paso en su rostro, hace ya tiempo que dejó de cuidarse, por muchas cremas que se untara cada noche nada conseguían para retrasar la imagen que recuperaba el espejo. - Voy a terminar igual que la abuela Carmen, con más surcos que un patatal - pensaba a diario hasta que se dio por vencida. Sus genes son más fuertes que las propiedades restauradoras de las cremas esas tan caras que elegía. Cuarenta años cumple su hijo, cuarenta años cumple ella de labor. Más de media vida la ha dedicado para cuidar de su niño del alma, su único niño, su único hombre. Vino fruto de un despiste, ella que con diecisiete no tenía planes de familia, nunca le gustaron los niños que le resultaban odiosos, se dejó llevar por la labia de un feriante chuleta y engominado que supo cobrarse el fruto de sus zalamerías tras las casetas de la feria en la noche de Santiago. Se quedó de un intento, de una vez, de su única vez. Sus difuntos padres encerraron con ella en la casa la vergüenza de su embarazo. Cuarenta años prácticamente encerrada entre los muros de la enorme casa del centro del pueblo, cuarenta años sin amigas, sin amigos y sin vida salvo su Esteban. Sus padres se fueron pronto, seguramente por el disgusto, quedando ella sola en la casa al cuidado de su niño. Arrendó los terrenos de cultivo a su primo que le pasaba religiosamente cada año su porcentaje de la venta de las cosechas, con eso le sobra para vivir cómodamente.

El soplido conjunto de madre e hijo apagan las velas, una breve sonrisa ilumina unos segundos la cara de Esteban que agradece con su mirada el detalle de su madre. En el día de su cumpleaños algo tiene lugar en el interior de Estaban, ya no quedan lágrimas, ni pesares, siente en su interior que surge un nuevo ser, un nuevo ánimo. 

Aprovecha ese momento en el que están sus dos caras juntas soplando, Ese instante de felicidad materna a medida que se apagan las llamas de las velas y baja la intensidad de su imagen iluminada de cerca por las puntas de fuego. Esa distracción que resulta fatal para ella, siempre tan cuidadosa. Esteban agarra por el cuello a Carmen y la golpea reiteradamente sobre la mesa y la tarta. La nata que cubre la porción de tarta que se mantiene en pie se tiñe de rojo y negro con la cabeza inerte de la madre perdiendo líquido. Esteban rebusca entre los bolsillos ocultos en la falda, tras mucho tantear su manos rozan un pequeño tintineo al final de un cordón atado a su cintura con una cinta de algodón. Las llaves. 

Consigue soltar de la pared las cadenas que le tienen preso desde que tiene uso de razón. Cuarenta años atado y escondido en la habitación al final del pasillo en el piso superior. Su cárcel de por vida. Antes de cerrar la puerta desde fuera de su celda, dedica una breve mirada a su carcelera, inmóvil y desangrándose sobre la mesa con una postura extraña medio girada. Por suerte para él, la cara de su madre está girada en dirección a la pared, nunca pudo librarse de la influencia que ejercía su mirada dominante. 

Cierra la puerta con el triple giro de la cerradura centenaria, cada clac libera de peso su ánimo y alimentaba su espíritu. Le cuesta orientarse dentro de una casa que aunque suya le es desconocida, dedica tiempo a recorrer las estancias hasta que encuentra el cuarto de baño. El espejo le devuelve la imagen de cómo es él, se ve bien con el pelo largo recogido con una coleta, la cara llena de bultos y un ojo que nunca llegó a abrir. Le molestan los grilletes que abrazan sus tobillos, lleva recogida la cadena en su mano izquierda. Será libre cuando encuentre algo duro con lo que liberarse. 

Un trueno suena fuerte anticipando la lluvia que empapa el patio interior de la casa, Esteban bajo la lluvia disfruta de su primera ducha, el olor a ozono le libera sus sentidos, aparta sus ropas, salvo los pantalones imposibles de quitar por los grilletes. El agua desciende por su cuerpo en una ducha depuradora. Tanto Esteban como las aspidistras que adornan con sus grandes hojas verdes el patio rectangular del centro de la vivienda disfrutan de los beneficios del agua caída. 

Pasa varios días conociendo su casa e investigando cada uno de los enseres de la vivienda. Cuarenta años de vida y no conoce nada, no sabe leer, nunca supo como funcionan los electrodomésticos, ni para que sirve cada uno de los objetos que encuentra, descubre la comodidad de la cama materna y ríe cada vez que girando el grifo aparece agua. Cada paso que da le acompaña el sonido metálico de la cadena arrastrada por el suelo. Su curiosidad  le liberó sus manos de la cadena para poder tocar mejor cada cosa que le llama la atención. 

Como náufrago de la vida es invisible para los demás, nadie sabe que existe, siempre oculto, siempre atado para librar de vergüenza a sus abuelos y convertido en el juguete de su difunta madre. La televisión eternamente encendida en la sala de estar muta de ser el balcón al mundo de su madre a ser la fuente de conocimiento para Esteban. Dedica varios días a investigar cómo visten las personas, cómo son, qué es lo que dicen y cómo lo dicen. Descubre que existe otra vida, otras circunstancias. Nadie con cadenas.

Esteban no existe para nadie ni para la sociedad, cuarenta años atrás su abuelo se negó a inscribir al contrahecho en el Registro Civil. Su prioridad era evitar la vergüenza de presentar al contrahecho y el deshonor de explicar el embarazo de su hija soltera. Encerró en vida a madre e hijo, este último más oculto aún en la zona más innoble de la casa, en el trastero, arriba al fondo. El tiempo terminó por borrar de la memoria colectiva a su hija. Solo las vecinas más cercanas en alguna ocasión la veían cuando iban de visita. Para ellas, una loca más de las que pueblan España, encerrada en su casa sin salir, sin ocupación real ni relación social.

El hambre y la curiosidad empujan a Esteban a salir a la calle, la música y la animación exterior por la fiesta de principios de mayo suenan en el interior de la vivienda, superando el volumen siempre alto de la televisión. Abre la puerta de la casa más grande de la villa y sale a la plaza repleta de vecinos.

Una persona harapienta, desaliñada, sin asear pasea arrastrando unas cadenas atadas a sus tobillos. Su aspecto provoca repulsión a los demás que se apartan para evitarle y alejarse del hedor que le acompaña, recuerda al característico olor de los curtidores de pieles en Fez. 

Una pareja de municipales se acercan a Esteban. En ese momento comenzará su vida.

Es difícil imaginar un presidio tan prolongado y cruel. Toda su existencia entre cuatro paredes, preso, atado y oculto para la sociedad. Su única luz conocida, la que atraviesa por su ventana con vistas al tejado con un gato.

6.6.21

La herencia

 




Miguel es el más ordenado y concienzudo de la familia, por esa razón sus dos hermanas gemelas delegan en él todo lo referente a la herencia familiar. Tres meses han pasado desde que su madre se fue, noventa días sin vida ni visitas en la casa familiar. Los tres hermanos tienen la vida resuelta y con los sesenta años ya cumplidos, marchan con una velocidad menos en el día a día. A ninguno le entusiasma especialmente heredar alguno de los muebles antiguos que su madre cuidaba con mimo, por supuesto el resto de muebles viejos provoca el mismo efecto. Se venderán junto con la casa, salvo los muebles buenos que vendrá a tasar en un rato un anticuario. Mientras llega la hora de la cita, Miguel corre la casa marcando con post-it de colores los cuadros, vajillas, marcos con fotos y adornos de plata completando tres lotes de similar composición y valor para repartirse los hermanos. 

Consulta la hora en el viejo reloj de pared que tras estos meses desatendido tiene sus manillas paradas en las ocho menos cinco, actualiza la hora sincronizando con la que marca su teléfono y gira la llave hueca dando vida al tic tac que ha marcado la existencia en la casa desde que recuerda. El sonido del reloj riega de vida la estancia, lo viejo y lo antiguo mutan a añejo con solera y clase. Sube las persianas y abre las ventanas, el aire se renueva y clarea el ambiente, tampoco conviene que el anticuario tase muebles antiguos con un ambiente cerrado y agobiante. Aún resta una hora y media para la visita, decide subir a la buhardilla, el trastero familiar donde subían a la hora de la siesta cuando era niño.

Todo sigue igual, ordenado dentro de lo que es una habitación creada para el olvido, paso previo a la visita al punto limpio. Si tienes una casa grande, normalmente tienes sitio para guardar trastos y más te cuesta tirarlos. Miguel vive en un piso mediano en un barrio residencial de Madrid, con trastero en el sótano, no le gusta acumular, cada vez que algo nuevo entra en casa, el sustituido sale hacia otra vida, ya sea regalado, donado o tirado a la basura. Lo aprendió de Lucía, su mujer, camisa que entra, camisa que sale. No se permite armarios a reventar. Es ineficiente. Si ya no se pone una prenda, la sustituye por otra y la antigua desaparece, la moda no vuelve igual. 

Recorre la mirada por los baúles de siempre, el primero de ellos recuerda que era donde rescataban ropas antiguas, plumas, batas de seda, adornos y collares de la abuela que utilizaban sus hermanas y él para disfrazarse en las tardes de juegos a la hora de la siesta. Lo abre y cierra al instante, recuerda perfectamente su contenido. Sobre la tapa pega post-it verde y amarillo, los que utiliza para marcar los lotes de Marta y María, sus hermanas. El segundo baúl contiene ropa de cama y toallas de hilo bordadas con la inicial J, el ajuar de mamá que nunca utilizó, un trabajo fino de bordado encargado por la abuela a las monjas jesuitinas cuando mamá cumplió los quince años. Costumbres de antiguo obligaban a la novia a ir equipada al matrimonio, más por presión social que por utilidad. Ni un solo uso ha tenido el ajuar. Cierra el baúl y pega sobre la tapa los post-it verde y amarillo de nuevo. Sus hermanas sabrán encontrar uso a este conjunto textil. El tercer baúl es el desconocido, siempre estuvo cerrado con llave y no supieron cómo abrirlo en su juventud. Su madre lo mantenía cubierto con un mantón grande a sabiendas que ocultarlo de la vista reducía la tentación de sus hijos. Intenta abrirlo y está cerrado, recuerda el cajón mágico de la cómoda de su madre y regresa al dormitorio, abre el primer cajón del mueble de almacenaje y rebusca en la cajita de metal situada a su derecha, una aguja con cuatro lados de medio centímetro de grosor de hierro es la punta que abre un cajón oculto en el fondo del segundo cajón donde su madre guarda las llaves y mil euros en efectivo “por si acaso”, recupera el pequeño llavero con cuatro llaves y regresa a la buhardilla.

Tras varios intentos consigue abrir el baúl misterioso, está perfectamente ordenado. A la derecha una colección de cuadernos, cada uno de ellos corresponde a un año, sonríe al recordar que su madre escribía todas las noches antes de acostarse en su diario, que custodiaba bajo llave. Su colección de diarios anuales desde 1947 hasta 2011, parece que con la muerte de papá abandonó la costumbre de escribir cada noche sus vivencias y sentimientos. A la izquierda tres carpetas anchas de colores, de esas rígidas con solapa y cierre con goma elástica, varios álbumes de fotos. Su mano elige las fotos, daguerrotipos y fotos antiguas de los bisabuelos, no reconoce a nadie, personas sin nombre del pasado que se fueron antes de nacer él. Deja los álbumes a un lado del baúl y elige la primera carpeta, al alzarla comprueba que en la portada está escrito el nombre de Marta, la siguiente María y la última de color azul, Miguel. Elige la suya y la abre intrigado, un ejemplar del periódico ABC con fecha 29 de abril de 1960, la fecha de su nacimiento. La portada del diario es una foto de la princesa Soraya montando a caballo en la Feria de Sevilla. Deja con cuidado el periódico y ojea el siguiente papel guardado en la capeta, certificado de nacimiento en la Clínica San Ramón de Madrid firmado por Eduardo Vela, ginecólogo. Ese nombre le golpea el cerebro, quiere recordar y no le viene. Abre las carpetas de sus hermanas y el mismo ritual, periódicos de la fecha, en su caso los diarios YA y ABC fueron los elegidos, los aparta, certificados de nacimiento firmados en la Inclusa de la Paz, al año siguiente, 31 de mayo de 1961, Marta nació a las doce y catorce minutos, apareciendo María veinte minutos después. El certificado parece enmendado en el día, parece sobre escrito un uno sobre un cero -Se equivocaría de día el ginecólogo - piensa Miguel. 

Rebusca entre los diarios de su madre, elige el del año de su nacimiento y ojea hasta encontrar la fecha.

“30 de abril, Miguel y yo fuimos nerviosos a las seis de la mañana a la clínica San Ramón, tal y como nos instruyeron accedimos por la puerta de urgencias que se encuentra en la planta sótano de la fachada posterior. Dejamos el coche cerca y entramos en la clínica. Sor María nos estaba esperando, nos acompañó a un despacho al final del pasillo en la misma planta, nos dio la enhorabuena - Es un niño y está sano -. Miguel entregó un sobre con el importe demandado y firmamos los papeles que nos puso por delante, En el certificado de nacimiento ya estaban nuestros apellidos e incluso la documentación con mi ingreso y alta hospitalaria. Otra monja apareció con el niño en brazos vestido con la ropa que nos habían pedido un mes atrás, de color blanco y las iniciales de nuestros apellidos - sin cintas de colores, esas se las ponemos nosotras al nacer, rosa para las niñas y azul para los varones-. Abrigado con el mantón que también habíamos dejado en depósito. Salimos del hospital camino del pueblo, a mi madre la había estado comentando mi embarazo imaginario y nos venía muy oportuno ir a enseñar a Miguel para dejar pasar el tiempo antes de regresar a Madrid. Tres horas de viaje durante las que no me separé de mi niño, tan bueno que era, dormidito todo el rato. Como un santo.”

Miguel sorprendido, busca el diario correspondiente al nacimiento de sus hermanas

“3 de junio, Llegamos a la Inclusa de la Paz a medianoche, Nos atendió Paqui Manzanares, nunca me olvidaré de ella, larga, delgada, vestida de negro y peinada con un moño un tanto gris. Viuda de guerra donde se casó con diecisiete y desde entonces sin conocer varón. Su carácter seco y desagradable chocaba con la maternidad y el trato con bebés. Nos pidió más dinero porque venían gemelas. - Son rubias con ojos claros, lo digo por cómo van a explicar su origen -, yo le contesté que mi suegro es rubio y mi marido tiene los ojos azules. - Pues entonces más fácil. Si me permiten el dinero...- Miguel pagó lo que nos pidieron inicialmente y se comprometió a regresar en cuanto abrieran los bancos para saldar la deuda. - En ese caso, por la mañana les entregaremos a las niñas-. - Niñas, Miguel, me emocioné con la noticia. A las diez de la mañana regresamos con el resto del dinero y nos pudimos llevar a Marta y María con nosotros. Regresamos al pueblo con los tres hijos  igual que hicimos con Miguel hijo, para no levantar sospechas en Madrid.”

A ver cómo se lo cuento yo a las niñas - piensa Miguel que despierta de sus pensamientos con el timbre de la puerta, el anticuario es puntual a la cita.

Tras cerrar la puerta al anticuario que se ha mostrado poco entusiasmado con los muebles, Miguel busca en internet con su móvil algo de información, Incluir en la búsqueda Clínica San Ramón, Eduardo Vela e Inclusa de la Paz le lleva a incontables páginas de prensa donde explican y especulan con las historias de niños robados a madres solteras o sin recursos mientras repartían los niños entre familias pudientes del régimen. 

-¿Quién es o fue mi madre biológica?¿Me entregó de manera consciente y libre u obligada?¿Cómo se lo digo a mis hermanas?¿Quién soy yo?¿Tengo otros hermanos?

- ¡Menuda herencia, mamá!


9.5.21

Juntos y revueltos

 





Miguel arrastra su pierna derecha al andar, recuerdo diario de su operación para implantarle una prótesis en la rodilla. No terminó bien y mucha culpa tiene él por no haberse tomado en serio la rehabilitación. Cascarrabias y perezoso, la edad acentúa sus defectos. 

A su ritmo se dirige como todos los domingos a comprar churros, porras y sus periódicos. Él es muy de churros, Maruja de porras, desde su juventud el criterio de selección de su mujer siempre ha sido el tamaño - Por eso te elegí a ti - le repetía pícaramente continuamente. - La muy puta, tuvo donde comparar - pensaba Miguel para sus adentros. Se quedó con ella, le gustaba su apariencia, era la única que le aguantaba y además la sintonía que componían entre las sábanas tenía buenos acordes.

Los años suman y también pesan, superaron las bodas de oro tres meses atrás, sin celebraciones ni convite, no le apetecía a Miguel organizar ningún evento festivo. Los últimos ocho años comparten piso y conversaciones banales esporádicas. La vida ya no es compartida. Miguel no se aguanta ni él, todo le viene mal, la temperatura del café, el pan correoso, si se agota su aceite arbequina para el desayuno le agría el carácter para el día completo, las arrugas en la cama, el vecino que ronca, los políticos que son todos unos mentirosos y sobre todo, Maruja que siempre está en medio molestando.

Es de los pocos románticos de la prensa escrita, compra cada mañana el periódico en papel, los domingos elige varios y regresa cargado de suplementos dominicales. El País, El Mundo, ABC y el As. Lo primero que lee son las secciones deportivas buscando la última hora de su Atletico de Madrid. En el As,  dos o tres hojas, el resto del periódico pertenece a la caverna de Florentino y lo obvia, suele estamparlo contra el cubo del papel, siempre se lamenta por haberlo comprado. Después, ya con su tercer churro en la boca salta a la política nacional que es cuando se enciende para toda la mañana. Le gusta leer en voz alta las noticias y comentarlas con todo lujo de detalles. Maruja decide abandonar la cocina y dejarle solo con sus disertaciones. Ella ama el silencio, la paz, el orden y gusta de respetar a los demás, nunca reprochó a Miguel su ideología extrema sectaria y excluyente; le aceptó como es. Hace ocho años discutieron fuertemente, tanto, que fue el origen de su distanciamiento. Por entonces, el partido político preferido de Maruja estaba salpicado de sospechas por corrupción y Miguel se pasaba el día prejuzgando desde su punto de vista a todos, sin importarle no tener pruebas, cualquier opinión extrema la hacía propia al instante, así, sin reflexión alguna. Maruja le recriminó su postura - Tú y los tuyos os consideráis los propietarios de la decencia, la democracia y el progreso, os habéis inventado una vara de medir moralidad y todo el que no piense o acate vuestro pensamiento queréis eliminarlo. Se os llena la boca contra los dictadores y los únicos que actuáis así sois vosotros- Para hablar poco, ese día Maruja se quedó a gusto y es que estaba muy harta. Todo cansa.

¿Me estás llamando totalitario? Te ordeno que lo retires inmediatamente 

- ¿Me ordenas? No me hagas reír. No te estoy llamando totalitario, intento hacer ver que con tus opiniones y comportamientos te conviertes en un sectario poco demócrata, justo lo opuesto a lo que dices que eres.

Sus miradas terminaron la discusión, ese día Maruja no estaba por la labor de arrastrarse por el bien de la convivencia. - Que entienda lo que se siente escuchando la verdad - pensó. Desde entonces ocho años de frío polar. Se terminó el dormir pegados como lapas, el toqueteo picantón, las excursiones por el centro para tapear e ir al cine. El cine con lo que le gusta a Maruja el cine.

En ocasiones las personas con posturas enfrentadas disputan y luchan entre sí sin ánimo por encontrar un acuerdo ni alcanzar la paz, esto ocurre cuando una de las partes necesita a la otra para existir. Sin opuesto no hay vida. Miguel necesita a Maruja, le encanta provocarla para terminar discutiendo, le entretiene.

Maruja inteligente, moral y previsora, emplea la razón y la firmeza de la voluntad contra Miguel que es torpe, terco y rencoroso. En ocasiones, también lo combate y señala con punzantes dardos de sátira.

Desgraciadamente la sátira solo es percibida por los inteligentes, siendo el torpe ajeno a su real significado pues se despista con detalles de la trama.

Estos ciegos de inteligencia consideran que sus conceptos morales son superiores a los de los demás, dedican su tiempo a perseguir y criticar a todo y a todos los que no piensan como ellos sin pararse a valorar qué virtudes han demostrado ellos mismos para considerarse en esa posición privilegiada en la escala moral. Escala que también se han inventado.

La semana pasada, Miguel cayó en la cuenta de un comentario satírico realizado por su mujer dos días atrás. Tomándose un anís en el bar mientras desgastaban los naipes jugando al mus con los de siempre, su amigo y pareja de juego, Adolfo, el más letrado de la pandilla, le explicó el significado real de la expresión de Maruja. Se sintió molesto al comprobar, de nuevo, cómo Maruja se mofaba de su ignorancia, dejándole como un estúpido delante de sus amigos. Las carcajadas de los amigos del mus le herían como dardos de hielo, se refugió en el anís hasta recuperar su apariencia, salvó la situación con una risa a coro que relajó el ambiente cambiando el tema de conversación. 

Cariño, bajo a dar un paseo y a comprar algo de fruta. Maruja sigue empleando la palabra cariño para referirse a Miguel, la costumbre de toda una vida. Después de más de cincuenta años no piensa plantearse cómo llamarle ahora.

Maruja baja sin muchas prisas, con su tranquilidad habitual. En la acera se encuentra con su amiga Consuelo y ambas acompasan sus pisadas para avanzar juntas de camino a la frutería de Abdul, un chico muy simpático que tiene al vecindario femenino revolucionado gracias a sus modales exquisitos y a su mirada bicolor, verde y marrón, un ojo de cada color.

Miguel, una vez solo, deja de opinar sobre las noticias. Al final del diario, en la sección de servicios, además de la información meteorológica, están los números de la suerte, Loterías y la ONCE. Busca en su bolsillo la cartera para extraer su boleto de su apuesta a La Primitiva. Un solo acertante de primera categoría tiene un premio de cinco millones y medio de euros. Uno a uno, comprueba los números de su apuesta, pleno. Le ha tocado la lotería. Repasa la apuesta con los otros periódicos, coinciden los números, le ha tocado - Somos ricos - piensa. Abre la puerta de la terraza del salón y se asoma gritando

Maruja, Maruja

Consuelo señala con el codo a su amiga para que mire hacia arriba 

¿Qué quieres? - Dice en voz baja moviendo los brazos sorprendida

Nos han tocado cinco millones en la lotería - Grita Miguel con todas sus fuerzas

¿Qué dices? - Maruja está un poco dura de oído, además no entiende tanto alboroto, seguro que puede esperar hasta que ella regrese a casa. Para diez minutos que tiene de tranquilidad...

Dice que os ha tocado la lotería - Le explica Consuelo

Maruja mira hacia arriba y ve a su marido con un papelito en la mano aleteando como loco. Ahora sí le escucha 

Cinco millones

Maruja arranca a correr, ella siempre tan medida y prudente, baja de la acera a buen paso entre dos furgonetas aparcadas, al acceder a la calzada aparece de repente, el conductor del autobús no tiene tiempo para reaccionar y se lleva a la mujer por delante.

- Si es que cuando uno está de suerte ... - Piensa Miguel.



5.5.21

Crónica taurina



 

El alguacil observa el tendido lleno a rebosar. La expectación es máxima, en los medios la han bautizado como la corrida del siglo, el festejo del año en el que muchos confían poder recordar durante toda la vida. Las localidades de sol, las más económicas y bullangueras dan un ambiente más humano y pasional al coso. El calor afortunadamente no aprieta, es una tarde de primavera de esas que anuncian la proximidad del verano por la luz y las pocas nubes, la potencia del sol se matiza gracias a una pequeña brisa del norte que acerca la cercana Sierra al tendido. 

Sol y moscas, decía la frase taurina para definir el festejo. Las siete en punto, el alguacil solicita permiso a la autoridad para abrir formalmente la plaza a los diestros, tres cuadrillas de los más famosos toreros en la brega. Atletas, actores y mediáticos, les siguen un ejército de aficionados enamorados de su arte a la hora de torear.

En el paseillo lucen sus mejores capas de paseo. El maestro de mayor antigüedad, consciente de su responsabilidad recorre los 61,5 metros de diámetro del coso con la cabeza gacha acompasando su rezo a cada paso en el desfile. Los nervios van por dentro, se respetan, es un empleo ingrato, luchas por un aplauso jugándote la vida en cada momento. Varias cicatrices adornan sus muslos, recuerdos de batallas perdidas ante astados que le voltearon y que gracias a las manos hábiles de los cirujanos, pudieron arrebatárselo a la muerte. Los días húmedos que anuncian lluvia, sus cicatrices le recuerdan la fragilidad de la vida humana.

Tarde de expectación, tarde de desilusión. El dicho casi siempre se cumple. Escasos detalles para el recuerdo, una tarde sin gracia. Desde el primer lance todos los aficionados lamentan la falta de embiste de los toros. 

Queda el último y mientras anuncian su peso en el cartelón, el desánimo cunde en los tendidos. El sol se ha ocultado, aliviando un tanto la temperatura de los más animosos que también se han ido enfriando.

Salta el sexto de la tarde, negro, bragado, bizco de pitones y cuatreño, lo consideran como un insulto para la categoría y la historia de esta plaza. Los del 7 sacan a pasear sus pañuelos verdes. Se quejan sonoramente del tamaño del animal. Pequeño para esta plaza. El presidente no detecta ninguna anomalía que le permita devolverlo a corrales, además está deseando que termine el festejo tedioso y falto de emoción. La faena continua con la música de silbidos y protestas de fondo. Con el paso de los minutos van rebajando en intensidad, volumen y número de quejicas hasta que se apagan las críticas.

Los primeros compases en la capa certifican que el animal es un marrajo, solo arremete cuando lo ve claro y con malicia buscando al hombre.

El primer puyazo marra y el toro aprende que ahí puede doler, ha notado cómo la puya entraba en su lomo, retrasada y superficial, tanto que el ojal no llega ni a sangrar. Se resiste a entrar al caballo de nuevas y solo lo hace cuando se ve acorralado con el caballo impidiéndole ver la salida. Un recurso tramposo y eficaz gracias a la habilidad del picador con la monta. Esta vez mueve mejor la garrocha y marca de manera conveniente el lomo del astado.

Al sentir la puya, “Mentira”, que así bautizaron al toro, rebrinca encontrando alivio hacia las tablas del tendido de enfrente. 

Con la corrida finalizada, los maestros conversan brevemente justo antes de su salida ordenada de la plaza. Los matadores, Rojillo de la O (CCOO), Encuadri (ACB) y Céjate que va (CGT) están desconcertados, esperaban algo de juego por parte de la ganadería, han movido los capotes ante animales que no admiten faena. Ni las banderillas ni los puyazos han despertado a los animales. Sienten como si las puyas y los palos se los hubieran clavado a ellos mismos, se quedan sin oportunidades de hacer faena, mañana tienen otra oportunidad en la misma plaza. 

Están cansados e intuyen que los toros de mañana serán morlacos y astifinos. Con los que te juegas la vida de verdad.

El resultado del festejo condicionará el aforo para los próximos festejos, las expectativas están en perder un cuarto del aforo. Sin aficionados, no hay fiesta. Sin empleados, no hay empresa. En esta feria el ganadero es el que gana. Los aficionados temen la subida del precio de las localidades, sus admirados toreros no dan la talla y se temen lo peor. 

Alguno se ve ya en plazas de tercera a dos horas de distancia acudiendo a festejos de menor nivel, plazas donde se regalan las orejas y se para a merendar tras el tercer toro.

Otros no volverán a los toros, jamás pisarán una plaza. 

No pinta bien la feria del empleo.


_________Diccionario de términos taurinos empleados_______________________

Alguacil - Jinete vestido de alguacil del siglo XVII, que representa la autoridad en el ruedo

Maestro - Matador de toros

Bragado - Toro con la cara interior de los muslos de color diferente al resto del cuerpo

Bizco - Toro con un cuerno más alto que el otro

Cuatreño - Animal de cuatro años de edad

Marrajo . Toro que maliciosamente arremete a golpe seguro. Animal peligroso y difícil de engañar

Puyazo - Acción de picar al toro hincando la puya en su lomo

Puya - Punta de acero de la vara o garrocha del picador

Ojal - Herida superficial producida por la puya sin que provoque hemorragia

Rebrincar - Embestida del toro dando saltos o brincos

Capote - Capa para la lidia también llamada "de brega", suele ser de colores vivos y forro amarillo

Morlaco - Toro de gran tamaño

Astifino - Toro con astas finas



25.4.21

Y a la de tres

 



Las lejanas campanadas del carrillón situado en uno de los edificios más bonitos de la Plaza de las Cortes, suenan puntuales a su cita diaria de las ocho de la tarde. Sincronizado con su música, José da por finalizada su jornada de trabajo, cierra la cerradura de doble vuelta de la puerta de la tienda, la reja exterior queda bloqueada por el candado instalado en su base y acompasa su marcha hacia la parada de metro cercana mientras unos pitidos suaves e intermitentes le anuncian durante unos segundos que su alarma de vigilancia ha quedado armada.

El día se levantó lluvioso y como tal ha mantenido durante horas su liturgia de agua y humedad. Los madrileños, también conocidos como gatos, huyen del agua. En cuanto aparecen las primeras gotas, el tráfico se incrementa hasta hacerse imposible, los coches se multiplican como esporas con las primeras aguas. Peatones, los justos. Mal día de ventas, pocos clientes y los que llegaban con bajo ánimo para comprar. El perfecto día de primavera, frustrante para el negocio, que justo una hora antes del cierre se permite lucir un cielo azul. El maravilloso tejado de Madrid, luminoso e infinito. Esa luz que anima a los habitantes para salir a pasear como si no hubiera pasado nada. Alegría.

José frustrado por el día de mal negocio también nota cómo su ánimo mejora bajo la luz infinita del cielo. Fiel a su rutina, puede anticipar que en diez minutos estará descendiendo las escaleras de la parada de Metro de Sevilla, en menos de media hora llegará a su casa. 

La casa está decorada con multitud de marcos con fotos recordando viajes y eventos en familia, en todas las fotos sonríen. Se puede decir que José es feliz, tiene una familia maravillosa, una buena mujer, Laura, a la que adora y una vida ordenada. Los domingos suelen ir a dar un paseo por la montaña, unos diez kilómetros de senderismo coronados por un bocadillo de tortilla de patatas y una cerveza de lata. Los chicos ya no les acompañan, prefieren dedicar la mañana festiva a dormir, jugar con la consola o leer. Al menos, les gusta leer. El matrimonio mantiene su costumbre de paseo por la montaña, ambos gustan del aire libre y de compartir algo de ejercicio. Las ocasiones que paran en la fuente de La Reina para descansar, José recuerda con una larga sonrisa pícara, aquella vez que encargaron a Rodrigo, su hijo mayor. Ese calentón que se aliviaron en un día de principios de verano aprovechando la poca afluencia que tuvo la Sierra o eso recuerdan. Eran esos tiempos que solo con mirarse la pasión se aceleraba e incluso en el sitio más incómodo fueron capaces de aliviar su presión. Eso ya no pasa por la cabeza Laura, en casa o en un hotel, en el campo para que les vean, ni de coña. 

Laura reconoce esa sonrisa. - Luego pillín que nos conocemos - le sugiere posponiendo el encuentro a la tarde. Se siente halagada por el interés de José, puede esperar ya no tienen edad para enseñar el culo a la naturaleza. Admite como señal del acuerdo el cachete en su nalga que ella replica en la de él pellizcando.

Una tarde de jueves tras el día más gris de ventas en muchos meses el paso de José es un poco más lento de lo habitual, sentir los rayos de ese sol vespertino que se ha hecho de rogar llena de reflejos sus gafas por la refracción de la luz en los numerosos charcos creados por la lluvia. Tras un haz de luz de varios colores que atraviesa su acera de izquierda a derecha queda prendado por una silueta apresurada, pantalones negros, camisa color vino con sus dos botones superiores libres, en una mano un maletín fijo portapapeles y sobre la muñeca una cazadora de cuero negro. Zapatos con una altura de tacón medio. Grandes ojos negros bajo un cabello castaño con reflejos sutiles de color rojo anaranjado. Caderas poderosas sin exceso de volumen y un ritmo en la pisada estudiada para atrapar la mirada masculina durante minutos. José disfruta de su visión en un instante, en menos de un minuto se cruzarán. Sus miradas chocan, el ritmo de las pisadas mengua. Se reconocen sin conocerse. Los caminos de ambos pasan muy juntos, paralelos sin tocarse, aguantan la respiración sin bajar la mirada. Sus ojos hablan, sin pestañear. Un instante, una vida. Leve giro de cabeza de ambos para perpetuar esa conexión. El cuello no da para más, continúan sin detenerse cada uno su rumbo, cada uno a su vida. 

Hola ¿Nos conocemos? - Pregunta ella sorprendida por la situación y más por su propia reacción 

No creo. O sí. Tengo la sensación de que te conozco. Tampoco te había visto nunca y paso por aquí todos los días a estas horas 

Yo también paso por aquí todas las tardes a eso de las siete, hoy se me ha hecho tarde. Pues oye, nada, disculpa, hasta otra.

La mujer recupera la compostura para continuar su paseo hacia su coche, estacionado en el aparcamiento de la plaza 

¿Tienes tiempo para un refresco? - José se sorprende de su propuesta. No puede dejar de mirar esos ojos negros. Siente una paz en ellos que anima a continuar la conversación

No sé, la verdad, tengo algo de prisa 

Lo entiendo, siento que te conozco y no sé de qué. Es todo un poco raro. Nunca en mi vida había parado a una persona así. No he podido resistirme contigo. Solo un café o un refresco, aquí enfrente hay una cafetería...

Un ruido exterior despierta a José en mitad de la noche, un coche con la música demasiado alta para el conductor y molesta para los vecinos tiene la culpa. Consulta su reloj, las doce y media, no son horas. Les gusta dormir con la persiana medio cerrada, algo de luz del exterior se cuela en la estancia iluminando de manera tenue su descanso. A su derecha, Laura descansa marcando el compás con una respiración rítmica, sus labios un poco separados producen un silbido suave al expulsar el aire. En la penumbra José admira el perfil de su mujer, es guapa, el paso de los años respetan su belleza. Transmite paz. José se acerca a ella quien en sueños le admite girándose para adoptar la postura de la cucharita, inconscientemente le acunará hasta dormirse. Esto es amor de verdad, del que llena el alma. Real y tangible.

El sonido del carrillón de la Plaza de las Cortes además de indicar la hora de cierre de su negocio, es la señal para volver a recordar a la mujer de sus sueños. En tres ocasiones soñó con ella.

Se despedían en el puerto de Sevilla, él camino de América y ella se quedaba a su espera en la confianza de un mejor futuro. Una voz de fondo enmarca la imagen, “Volveréis a encontraros”

El siguiente sueño le llevó a un refugio antiaéreo durante la guerra civil en Madrid. Una miliciana uniformada se encuentra agachada con las manos tapando sus oídos, se huele el miedo que atenaza sus sentimientos. No oye la pregunta de José. La toca en su mano izquierda y toda ella respinga del susto. Sus miradas se cruzan, esos ojos negros que atraen hipnotizan al hombre.

¿Se encuentras bien? Ya ha pasado el peligro.

La voz de fondo marca, “A la de una”

Revive su cruce en la calle Cedaceros "A la de dos".

Parece que queda otra oportunidad, será en otra vida. La providencia le debe una vida junto a su amor de siempre, el mismo que le arrebató en el siglo XV, se tocó en 1937 y se han visto hace poco ¿Cuándo será?

Abrazado en cucharita a su mujer, su ritmo cardiaco se acompasa, las caderas de Laura parecen abrazar el vientre de José, hasta el fondo de su alma le llega el olor de Laura, siente una paz real. José disfruta de su vida actual, una vida real y feliz, olvida sus fantasías mientras se arrulla en un descanso profundo. Han pasado diecisiete años desde su encuentro.

En sueños, escucha una voz de fondo “Y a la de tres”