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4.8.22

Deseo

 



Tres pares de ojos negros, brillantes, vivaces y llenos de deseo escrutan al fruto prohibido tras la valla de piedra. En ningún momento se permiten perder del campo de visión su bien más deseado. El resto de sus sentidos confirman que están solos y nadie les observa.

 

Las tres respiraciones se acompasan a un ritmo expectante, los pechos se inflan haciendo fuelle a ritmo de carrera. El labio superior prueba el reconocible sabor salado de las perlas que resbalan por el bigotillo, apenas afeitado un par de veces. Las manos resbaladizas buscan alivio a su humedad frotando las perneras a la altura de los muslos. Una risita silenciosa como un hipido se oye entre dientes como un susurro.

 

Tras la ducha esa piel, hecha para abrazar y acariciar, está totalmente llena de gotas de agua que encuentran su camino descendiente ayudadas por la gravedad marcando su camino como una caricia húmeda infinita. El tercio superior, con su zona más carnosa, pide a gritos unas manos fuertes que colmen su contorno. El agua descendente concentra todos sus itinerarios en la oquedad oscura.

 

Los tres mirones se organizan en función a lo que se espera de cada uno de ellos, el más lanzado apuesta por saltar la valla e ir hacia ella. Los otros dos no se atreven a moverse, dejan al más decidido la responsabilidad del contacto.

 

Los dos pares de ojos vigilantes no pierden detalle a cámara lenta, no sabrán calcular el tiempo, para ellos será eterno, para el corredor apenas son cuatro segundos. Con un salto salva la valla y aterriza con ambos pies sobre el terreno plantado de hierba cuidada, calcula que solo cinco zancadas le separan de su objetivo. 

 

Al fondo se oye una voz grave y profunda del dueño de la finca que baja los cuatro escalones que separan el porche de la vivienda de su jardín con intención se expulsar al invasor y defender su bien más preciado. En su mano, un cuchillo que reposaba sobre la mesa junto a una jarra de limonada.

 

La velocidad del invasor se impone, alcanza su objetivo, su mano aprieta el trofeo que se mantiene húmedo y fresco. Retrocede hacia la valla, al lugar donde sus compañeros han abandonado huyendo del cuchillo que agarra el enfurecido dueño de la finca. Salta la valla con agilidad y al sentirse seguro fuera del alcance del energúmeno con el cuchillo amenazante clava sus dientes en el fruto prohibido. Nunca una manzana había sido tan sudada.

10.7.22

De hoy no pasa


 

Sofía recorre con la mirada el dormitorio. Sentada sobre la almohada con la pierna derecha cruzada apoyando el pie cerca de la rodilla de la pierna contraria. Espalda recta sobre el cabecero de madera de la cama. Madruga, un desasosiego antiguo la visita cada pocos días, el recuerdo de una tarea pendiente que no termina de culminar.

 

A su derecha, estirado todo lo que le permite su anatomía, Alfredo. En su momento fue guapo, seductor e irresistible. Los años le han criado una tripa prominente que dobla el volumen de su cintura, poco pelo en la cabeza, canas en el pecho y las uñas de los pies descuidadas. Eso fue desde que perdió vista y ahora fía la pedicura al calendario. Un aviso del móvil cada cuatro sábados le recuerda su sesión de contorsionismo imposible. Semejante estómago le impide doblarse como necesita para utilizar con precisión el cortaúñas. Sofía nota que bajo la barriga, un bulto morcillón lucha por sobrevivir donde el recuerdo sitúa despertares hinchados de poder, de eso hace casi veinte años. Alfredo ya ni recuerda aquellas sensaciones por domar la erección mañanera. Un desperdicio de ser en decadencia. El hijoputa ronca como un oso cavernario. Sofía no recuerda en qué momento llegó a acostumbrarse a ese nivel de decibelios con ritmo que preceden angustiosos minutos de ahogamiento. Una apnea incurable que para aliviarse debe perder más de veinte kilos.

 

–¡Qué ser! Le dejo. No le soporto más–. Me repito mentalmente. Sábado, encima hoy me vendrá a buscar, ya son demasiados días excusándome con cansancios, dolores y sueños. Hoy se le alinearán los astros. Hubo momentos que en cuanto me tocaba me encendía la mecha pirotécnica hasta llegar al castillo de fuego y placer. Siempre ha sabido dónde, cómo y el momento adecuado para pulsar cada tecla de mi cuerpo. La caída de las hojas del calendario olvidó la mecha y los fuegos artificiales. Tras tantos años compartiendo lecho, ahora, cuando me toca es como si me tocara yo misma, descubres que sus manos son las tuyas, su respiración es la tuya, su ritmo es el tuyo. Alfredo es muy efectivo, domina el orden, el dónde, el cómo e incluso el cuánto. Al final siempre llega a la diana, tengo premio, sí, sin sorpresas ni emociones. Cumple y no me quejo, a mí me toca corresponderle y de esta manera renovamos el pacto de convivencia por unas semanas más.

 

Y eso toca hoy. Pero no quiero renovar. Quiero dejarle, como he deseado durante toda la vida. Soy muy tonta, lo reconozco, me dejo llevar y por complacer a todos navego sobre la ola de la vida de los demás surfeando sin caer jamás. ¿Y si a mí lo que me gusta es bucear en la vida? Pasan los años y mi vocación por agradar la vida a los demás hipoteca la mía.

 

Veintidós años hace que terminé mis estudios y regresé a Alicante tras unos años de libertad en Madrid donde conocí a personas muy interesantes y algún que otro escarceo amoroso que me alegró la estancia. 

 

Durante el trayecto en autobús repasé mentalmente los argumentos para armarme de razones y dejarlo con él. La distancia y los contactos esporádicos habían dilatado un noviazgo vacío donde dos personas tan alejadas en lo fundamental se reunían durante las vacaciones y algún fin de semana para beber y pasear con la pandilla de siempre, follar precipitadamente antes de dejarme en casa de mis padres para regresar, el domingo, yo sola a continuar mis estudios de biología en Madrid.

 

Una vez desciendo del autobús, en la dársena, un grupo de adolescentes veinteañeros montan jaleo con pancartas y globos con mi nombre escrito. Disfrazados tras unas gafas de plástico con narizota incorporada y bigote el grupo corea mi canción favorita. Alfredo ha movilizado a la pandilla al completo para darme un recibimiento festivo, han sido cinco años muy largos para él.

 

Esa tarde no pude descansar, tras dejar la maleta en casa, me dejé llevar y la fiesta se prolongó hasta el amanecer. No pude dejarle, no era el momento. Mal dormí en mi cama de siempre dando vueltas sin poder conciliar el sueño y repitiéndome los argumentos para romper con él. No es tan difícil, me repetía.

 

Me desperté a la hora de comer, tras el poco descanso y la mucha humedad de mi tierra a la que había dejado de acostumbrarme tras los años pasados en Madrid, descubro mi imagen en el espejo y me saludan unos ojos saltones como los de una rana. Mi alma luchaba por regresar a la almohada buscando el sosiego y la paz que tanto anhelaba.

 

–Sofia, ahora tendrás que organizarte la vida ¿no?

–No me marees ahora, mamá. Terminé el último examen ayer, dentro de unos días me organizaré para empezar a buscar trabajo. No voy a quedarme aquí para siempre.

–Claro, hija, claro. El sábado nos ha invitado a comer Elena, la madre de Alfredo. Entre las dos tenemos muy avanzado el plan de la celebración de vuestra boda.

 

No me lo podía creer, el plan de mi madre consiste en encerrarme en un matrimonio que está muy lejos de mis planes vitales. Ella sigue detallando su plan de la celebración mientras mi cerebro busca un rincón de paz lejos de todo eso. Miro a mi padre buscando apoyo y le encuentro embobado centrando toda su atención en mi madre. No tengo salida. No me voy a casar, si le voy a dejar. Luego pensaré cómo solucionar este disgusto a mis padres, con la ilusión que tienen por verme casada. 


Me gustaría que tuvieran ilusión por verme feliz o incluso que me preguntaran mis deseos antes de darlos por conocidos. Claro que cinco años de viajes para coincidir con Alfredo a ojos de los demás es una demostración de amor incondicional. El muy cabrito solo en dos ocasiones se le ocurrió visitarme en Madrid, cuando está a la misma distancia.

 

Mi madre sigue relatando su plan de mesas, menú, vestidos, banda de música, etc. Lo tiene todo muy pensado, ha diseñado la boda ideal que le hubiera haber tenido a ella y que no pudo ser por casarse casi en secreto repudiada por su familia por elegir a un hombre de mala reputación. Si mi padre es un bendito...

 

La dejo con la palabra en la boca para refugiarme en mi habitación, necesito pensar cómo dejo a Alfredo antes de que todo esto se salga de madre.

 

Un nuevo ronquido me despierta de mis recuerdos, las siete de la mañana, los riñones me duelen por la postura. Veintidós años han pasado y no hay ningún día que me olvide de recordarme que tengo una tarea pendiente, dejarle. 

 

Hada, mi perrita, nota que estoy despierta. Me aguarda en el pasillo, justo en la puerta de mi habitación que tiene prohibida traspasar. Con su carita graciosa, espera paciente que me dirija hacia ella para el paseo matinal. Es la única que me entiende, la que me defiende cuando discuto con Alfredo y es la única que se atreve a ladrarle.

 

Está decidido, hoy le dejo. Recupero la horizontalidad, abrazo la almohada y entro en el mundo de los sueños. El lugar donde siempre estoy sola y se me ve sonreír. Un mundo donde no existe Alfredo, solo yo. La semana que viene es nuestro aniversario, quizá no es el momento más oportuno. Vale, le dejaré dentro de diez días, está decidido.

 

 

 

 

2.7.22

Esperando a las musas



 

El atardecer se hace de rogar, Los días de finales de junio se hacen eternos, tanta luz con ese exceso de claridad me aturden. Necesito entrar en la hora bruja, cuando las palabras se unen por la magia de la estilográfica. Desconozco la razón por la que las musas solo me visitan en la noche abandonando mi inspiración con los primeros rayos de luz en la mañana. El verano me priva de creatividad, consecuencia de tener pocas horas nocturnas durante el periodo estival.

 

Asomado a la terraza con vistas al mar, anhelo el momento en que el sol se vuelve naranja tras el horizonte provocando el inicio de esa brisa agradable que necesito para aliviar estas temperaturas.

 

Mantengo la mirada fija en el horizonte tras unas gafas oscuras, calculo que faltan menos de cinco minutos. El aire, todavía un tanto caliente, comienza a mover las banderas izadas junto a la piscina del hotel. Siento la vibración de la estilográfica impaciente por librarse de su capucha para dictar la magia y completar ese mundo imaginario que rueda alrededor de mi cabeza sin conseguir ordenarse hasta que la oscuridad domina el mundo y bajo la tenue luz del flexo relleno las hojas del cuaderno.

 

La trama avanza junto con los personajes que viven y mueren por amor a esa historia que agoniza. Cada libro necesita para ver la luz un embarazo por su duración y por los picos hormonales que me provocan. Este libro se terminará con un final desgarrador, quiero sorprender a mis lectores y finalizar la novela de manera diferente a las anteriores.

 

Y tras el proceso de creación llega el trabajo, vender el manuscrito a las editoriales, esperar que se lo lean, lo valoren, les guste, negociemos condiciones económicas, campañas publicitarias y estar disponible durante semanas para la promoción. Escribir es un placer doloroso, lo que llega después es un trabajo largo y agotador. Cuando el arte se acaba, nace la obligación. Ganas me entran de guardar el manuscrito en el cajón y olvidarme del proceso posterior que demuestra que el que menos valor tiene en la cadena es el autor. ¿Un euro por ejemplar vendido?, ¿acaso ese euro paga el esfuerzo creador?

 

Mi solidaridad con los trabajadores del campo que tras un año cultivando y cuidando de su siembra, venden el fruto de su cosecha por muy poco dinero para ver posteriormente expuesto su producto en los mercados a un precio muy superior.

26.6.22

El peinado de los superhéroes

 


–Pelón, a ver cuándo te crece el pelo... –Miguelón, el fuertote de la clase, siempre tan envalentonado cuando nota que es el centro de la atención.

–¡Chupa Chus!... –Ahí viene Cristóbal, siempre fiel a Miguelón, haciéndole los coros y riéndole las gracias. Por su cara marcada por el acné, tan profundo y repetido que le llaman El lentejas.

–¡Calvete!... –Ese es Juan, un chico bajito y débil al que tratan como si fuera la mascota del grupo de abusadores de la clase. Pequeño e insignificante pero con la habilidad suficiente como para hacerse imprescindible para Miguelón. Le hace los deberes e incluso le regala cada día su bocadillo de la merienda a cambio de seguridad.

 

Me llamo Luis y sí, soy el centro de sus burlas. Durante una temporada decidí ocultar mi cabeza bajo una gorra con visera, me daba seguridad y me abrigaba, además de evitar las miradas curiosas y maliciosas de los demás. 

 

Recuerdo el día que mi padre me afeitó la cabeza con una maquinilla. Me explicó que el tratamiento que me iban a dar en el hospital haría caer mi pelo a jirones y me dijo que siempre es mejor decidir por uno mismo antes que dejarse llevar por las circunstancias.

 

Me hizo gracia la cara que se me quedó y lo suave que tenía la cabeza. Parecía otro niño. 

 

Al día siguiente, en el colegio, fui la novedad. La tutora, sor María, explicó a mis compañeros en qué consiste mi enfermedad y que mi nuevo estilo es el peinado de los súper héroes. Esos que siempre luchan hasta vencer. 

 

Todo bien hasta que me cayó la primera colleja de Miguelón y su risa forzada inició la etapa de persecución.

 

Tres meses han pasado desde entonces, alterno las temporadas de los ciclos, con temporadas donde todo me duele. Esos pocos días falto de clase y cuando regreso siempre estoy más cansado y débil. La mayoría de mis compañeros se preocupan por mí, lo veo en sus miradas y en lo cuidadosos conmigo que son durante los juegos. Excepto Miguelón y su cohorte que llenan sus existencias martirizándome con sus comentarios y bravuconadas.

 

Una tarde de esas que regresaba triste del colegio porque no entendía por qué se metían conmigo, mi padre me llevó con él a su mesa preferida, me enseñó un billete de veinte euros y me preguntó:

 

–¿Cuánto vale este billete?

–Veinte euros, papá.

 

Mi padre arrugó el billete con la palma de su mano hasta convertirlo en una bolita.

 

–Y ahora, ¿cuánto vale?

–Veinte euros. –contesté.

 

Mi padre empezó a golpear con el puño la bolita hasta que la aplastó.

 

–¿Y ahora, cuánto vale?

–Lo mismo, veinte euros.

–Pues como tú, hijo. Vales mucho más que veinte euros. Por mucho que te empujen, maltraten o peguen, valdrás siempre mucho. Ningún golpe o insulto te hará perder valor. No quiero que pienses que no vales, seguramente esos compañeros que se meten contigo les puede el miedo y saben que tú vales más que ellos. Recuérdalo.

 

El pasado viernes, me tocaba nueva sesión de quimio, llegué a la planta de oncología infantil con algo de adelanto respecto a mi hora de cita. Mi madre me deja ir solo, como a los mayores. Ella me acompaña hasta el ascensor. El recorrido hasta la sala lo hago yo solo, valiente y seguro. Noto en mi espalda la mirada de mi madre orgullosa desde la lejanía y como me contagia valor y determinación. Siempre me acompaña una mochila donde guardo el libro que me estoy leyendo y un estuche de colores junto a un cuaderno de dibujo. Me gusta pintar mientras me inyectan esos líquidos, me ayuda a olvidar donde estoy.

 

Saludo a Lucía, Tomás y Juan, los tres mosqueteros con los que comparto sesiones y risas. Lucía tiene la piel azul, demacrada y ojos cansados. Siempre la verás sonreír. Tomás con sus cejas pelirrojas y sobrepeso, siempre nos hace reír con sus historias y ocurrencias. Y Juan, alto y muy delgado, tan callado como siempre, habla con la mirada.

 

–Tenemos compañero nuevo. –me dice Tomás.

–¿Dónde está?

–Con la doctora, ahora sale. Le he visto llorar.

–Tendremos que ayudarle entre todos ¿no? – digo mirando a Juan, quien asiente con su mirada.

 

El sonido de la puerta del despacho abriéndose se acompaña con los pasos de un grupo de personas, se adivinan tres adultos y un niño.

 

–Mira, te voy a presentar a tus compañeros. – dice la doctora.

–Aquí están los luchadores, Lucía, Tomás, Juan y Luis.

–Hola, Miguel. – Alcanzo a decir.

–Veo que os conocéis. – Dice la doctora.

–Sí, somos compañeros de clase en el colegio. –Respondo mientras acojo la mirada llena de miedo de Miguelón. –Bienvenido, aquí nos ayudamos entre nosotros. Somos un equipo de luchadores.

 

Desde ayer lunes, en clase, ya somos dos con el peinado de los súper héroes. Nunca más se repetirán las bromas y los insultos. Ahora resulta que el fuerte soy yo. Los calvos estamos de moda.

21.5.22

Huida



 

Lucía nota una mirada clavada en su hombro derecho, cautiva y atrapada por ese hilo invisible que une su cuerpo y el del mirón. No se atreve a darse la vuelta para descubrir quién la sigue con tanto interés.

 

Lleva dando vueltas por la ciudad sin rumbo fijo sintiendo cómo le falta el oxígeno, el estómago está encogido desde el momento en que notó esa mirada. Huye al ritmo de su respiración entrecortada, nota el sabor salado del sudor que le resbala desde el nacimiento de la frente y que en su camino descendente acaricia brevemente sus labios abiertos que buscan desesperadamente el aire que se le niega.

 

Gira a la derecha por un callejón peatonal en dirección a la calle Preciados, confía sentirse más segura entre la multitud, ansía el contacto humano y sentirse arropada entre tanto semejante. El escaparate de una tienda de zapatillas deportivas le devuelve la imagen de una mujer menuda, extremadamente delgada, pelo corto a la altura de los hombros, ropa humilde y ¡esos ojos! 

 

Es ella, lo sé. –Piensa Lucía mientras continúa su huida hacia la estación de metro más transitada de Madrid.

 

Baja la calle Preciados al ritmo más rápido posible entre la multitud. El contacto intermitente con los viandantes le transmite seguridad. Calcula mentalmente la distancia a su objetivo, el metro de Puerta del Sol, doscientos, ciento cincuenta, noventa metros...

 

Me es familiar, me recuerda a alguien de mi pasado. Pero ¿a quién? –Lucía se añade presión a la ansiedad como perseguida, intenta recordar quién puede ser la flaca.

 

Por fin en el metro, baja con rapidez las escaleras mientras con habilidad sus dedos localizan en su bolsillo del pantalón el abono transporte que valida con agilidad para pasar el torno de acceso y se dirige al andén de la línea 2. No necesita mirar hacia atrás, nota en su hombro el hilo que le conecta con la mirada penetrante de la flaca.

 

El panel luminoso informa que el siguiente tren parará en unos instantes, en la boca del túnel se nota la iluminación que precede a la máquina. Las personas que esperan en el andén se posicionan donde saben que suele quedar las puertas de los vagones. Lucía nota que la mirada perseguidora que la sigue espera desde un par de puertas más adelante en el sentido del recorrido.

 

Una marabunta de viajeros desciende del tren, dirigiéndose en un orden sin filas definidas hacia el corredor central que sirve de distribuidor hacia otras líneas o hacia las escaleras que llevan al exterior. Una vez han salido los viajeros con destino Puerta del Sol, los que esperan en el andén se atolondran hacia el interior del tren, Lucía espera paciente para ser la última en subir, de reojo quiere reconocer la mirada de su perseguidora que hace exactamente lo mismo que ella, esperar a ser la última en subir. 

 

El pitido previo al cierre de puertas avisa a los viajeros de la inminente partida del tren, cuando las puertas inician su cierre, Lucía desciende al andén y nota que la perseguidora repite el movimiento. En el último instante, Lucía sube la vagón justo cuando la puerta se cierra. Tan apurado realiza el movimiento que ambas puertas automáticas le golpean en ambas caderas al cerrarse e iniciar la marcha el tren.

 

Sobre el andén, la flaca con ropa humilde sobre unos zapatos de cuero propios de una estación más fría, muy poco útiles en pleno verano. La mirada de la perseguidora pierde fuerza y el hombro de Lucía se libera de la conexión.

 

Cruzan las miradas fugazmente, la reconoce, sabe quién es. Han pasado muchos años desde la última vez que se vieron. Ella es la tristeza que la visita cada cierto tiempo para intentar amargarle la vida. La Melancolía, esa compañera tenaz que la persigue desde su niñez y a la que siempre consigue esquivar. Una vez más se ha liberado de su persecución. 

 

Apoya su espalda contra la pared del vagón, junto a la puerta, mira a su alrededor cómo decenas de humanos miran hipnotizados la pantalla de su teléfono y al fondo del vagón, una esperanza, una mujer sentada lee un libro. Todos ocupados en su mundo, juntos y solitarios a la vez. Lucía se siente vencedora, ha conseguido otra prórroga de felicidad. Es la única persona que sonríe.  

 

–Próxima parada, Ópera. –Se escucha por la megafonía del tren.

 

Se aparta un poco para permitir la salida de viajeros en esa estación, ella continua hasta el final de línea, en Cuatro Caminos, cuanto más lejos de esté de La Melancolía, mejor le irá. 

24.4.22

Tía Águeda

 



Cuando se siente feliz toda ella es radiante, con su mirada brillante y sonrisa sincera acompañada con esas arruguitas que se le marcan en la unión de los párpados. Su tono de voz se agudiza y la risa acompaña la conversación. Ella consigue enamorar a los que la rodeamos incapaces de evitar la atracción gravitatoria hacia ella.  

 

Pasan los años y la imagen que transmite tía Águeda es esa, el imán al que la familia se une buscando la fuente de su satisfacción emocional. Todos acudimos a tía A y no necesariamente para recibir un consejo o unas palabras certeras, la buscamos para llevarnos un poco de su felicidad para guardárnosla para siempre con nosotros.

 

Repaso con melancolía el vídeo grabado hace un mes durante la fiesta de su sesenta cumpleaños. Creo descubrir un breve destello en su mirada que me recuerda a la melancolía, puede ser producto de mi imaginación o resultado de un pensamiento recorriendo su mente valorando la vida pasada y las probabilidades de la futura. Serán cosas mías pero esa mirada me inquieta. Nunca se la había visto.

 

Ayer, como todos los sábados de fin de mes, conduje los ciento ochenta kilómetros que nos separan para comer con ella. El clima primaveral acompaña gracias a que la robusta mesa de madera del jardín está situada tras la casa, a resguardo de la brisa predominante procedente de la nevada sierra. 

 

Nunca me ha confesado el secreto de la receta de su salsa, –son las especias– me dice sin concretar cuáles ni su proporción. Solo ella es capaz de conseguir que la carne asada se convierta en un lujo al paladar, salvo ayer. 

 

Tía A se sienta en su lugar preferido a la derecha de Germán, su compañero de vida, que preside la larga mesa mientras llena los tres vasos con vino de la zona. La sombra del sauce nos protege del picor del sol de abril mientras nos preparamos para degustar el asado.

 

Un silencio pesado y pegajoso nos rodea, solo roto por el sonido de los cubiertos al chocar con los platos. Nos acompañan los dos gatos y el anciano perro que se hacen notar rozándose contra nuestros tobillos demandando sus raciones. Entrego un primer trozo a mi viejo amigo Sam que mirándome lo deja caer al suelo. Con un breve sonido, casi inaudible para mí, emitido por Germán, Sam recupera su ración abandonando la zona. Algo hay que no le gusta.

 

Observo a tía A, come sin apartar la mirada del plato y sin apenas probar el vino. Un breve temblor en su dedo meñique de la mano izquierda me hace pensar que debe estar preocupada por algo. Miro a Germán quien con un gesto me intenta explicar que es mejor dejarlo estar, que luego me contará.

 

El cocinado expresa los sentimientos del cocinero mucho mejor que las palabras. Solo por esta vez, nadie repite ración. El viejo Sam tenía razón, no hay quien se lo coma. Mientras tía A se levanta por el postre, pregunto a Germán quien solo tiene tiempo para decirme que –Águeda tiene un mal día, no pasa nada– Interrumpe su frase al verla salir de la casa con una fuente de fruta.

 

–¿Tía A, te puedo ayudar?

 

Me mira sin ver, noto su mirada cómo me traspasa para enfocar en un punto lejano en el infinito situado a mi espalda.

 

–Algo te pasa, me preocupo por ti– insisto.

 

–Tranquilo que ahora vuelvo a estar feliz.

–¿Cómo puedes controlar la felicidad?

–La busco y la suelo encontrar, salvo desde hace unos días que no lo consigo.

–¿Qué es lo que no consigues?

–Ser feliz.

–No se puede ser feliz siempre a todas horas, es imposible.

–Pues yo lo he conseguido durante sesenta años, hasta que se me fue.

–¿Qué ha cambiado? Tienes la casa de tus sueños, con tus plantas, el huerto, tus animales, a las afueras del pueblo y todo junto a Germán con el que llevas toda la vida. Una familia maravillosa y un montón de amigos. ¿Qué más quieres?

–Que me devuelvan mi felicidad, nada más.

–¿Quién?

–El que me la robó. Yo hasta hace unos días, me levantaba y mirándome al espejo me decía –hoy es el mejor día de tu vida, disfruta– 

–La felicidad no se obliga, se siente cuando estás plena de satisfacción emocional o incluso física. No porque te lo impongas. Y no se puede robar, nadie se dedica a quitarte la sonrisa para llevársela.

–Pues lo han hecho. Solo quiero llorar y no aprendí a hacerlo, seguro que me ayudaría.

 

Miro a Germán y me encuentro a un marido preocupado, paciente y atento ante cualquier detalle que le pueda avisar que Águeda necesita su apoyo, mientras eso ocurre la deja respirar respetando su zona de confort. Por experiencia sabe que Águeda necesita metro y medio de respeto para no sentirse abrumada, salvo que ella demande contacto, en ese momento él estará ahí. Los abrazos son el mejor ansiolítico para Águeda y la convierten en un cachorrito a la búsqueda de calor corporal y caricias.

 

De regreso a mi casa la idea de que algo le pasa a tía A no deja de martillear mi cerebro. 

 

Llevo un día con una congoja que me asfixia el pecho, los ojos tan hinchados que me duelen y, al igual que tía A con ganas de llorar sin saber hacerlo. Desde ayer las energías me fallan, echo de menos la alegría esa que me acompañaba cada vez que visitaba a mis tíos. ¿Seré yo el ladrón de sus sentimientos y ahora le robo melancolía?, ¿dónde he perdido la alegría de A?

29.3.22

El doctor Tiempo

 


Rafael repasa con su mirada la colección de diplomas colgados en la pared, testigos de asistencia a seminarios, cursos e incluso dos licenciaturas, medicina y biología. Varios marcos con fotografías destacadas junto a jefes de gobierno, premios Nobel y actrices famosas. 

 

El doctor Semper famoso por cultivar buenas relaciones y con un sin fin de pacientes satisfechos, tiene la consulta en el barrio más exclusivo de la capital. 

 

Rafael, casi seis meses después de solicitar la cita, se encuentra paseando por la sala de espera obviando los cómodos sillones y la montaña de revistas culturales y de viajes ordenadas por tamaños en la esquina de la mesa de metacrilato que ocupa el centro de la estancia.

 

La sala de espera es amplia y luminosa con vistas privilegiadas a la avenida frente al parque más famoso del reino. El sol vespertino calienta una estancia cómoda y solitaria mientras Rafa recorre con la punta de su dedo índice las costuras que hacen dibujo en la tapicería de los sillones mullidos y acogedores, tapizados en colores verde y caqui, que son una invitación a tumbarse para dormir la siesta.

 

–¿Rafael Miranda? –le llama una mujer entrada en carnes y mirada cautivadora, cubierta con una bata de color blanco.

–Sí. –Responde mirando a su alrededor comprobando que se encuentra solo él en la sala.

–Puede pasar, el doctor Semper le recibirá, haga el favor de acompañarme.

 

Rafa sigue a la joven hipnotizado con el andar de la mujer y los instantes que sus curvas se insinúan a cada paso en la tela de la bata. Con la nuca al descubierto gracias al recogido del cabello sobre la coronilla que transmite, en su caminar, una fragancia dulce y sutil que le trae a la memoria sentimientos del pasado.

 

La joven llama con los nudillos antes de franquear el paso al paciente.

 

El doctor repasa en el ordenador la incompleta ficha de su nueva visita, así comprueba que se trata de su primera visita. Se levanta para recibir a Rafael con una sonrisa amplia y luminosa.

 

Rafa se sorprende al descubrir una persona joven, atlética, tez morena, pelo negro, manos fuertes y sonrisa perlada. Por un momento intenta recordar las fechas de los certificados colgados de la pared en la sala de espera. 

 

–Esperaba pasar consulta con el doctor Semper, padre.

–¿Mi padre? –ríe el doctor– mi padre nos dejó hace varios años y era mecánico. Salvo que usted tuviera alguna avería en su automóvil, me temo que tendrá que conformarse conmigo.

–¿Entonces?

–Comprenderá que yo mismo debo ser el primer ejemplo del éxito de mi tratamiento. Pase y siéntese, por favor.

 

La consulta se prolonga durante casi dos horas, el doctor Samper promete resultados contrastables como los ejemplos mostrados que demuestran la calidad de los tratamientos. 

 

El precio del tratamiento completo hace dudar a Rafael, supone gastar la totalidad de su fondo financiero ahorrado tras una vida entera trabajando. Además de los riesgos inherentes a cualquier tratamiento médico, que debe firmar para autorizarlo asumiendo los efectos negativos posibles. 

 

–Nos vemos la semana próxima, Daniela le confirmará la cita, recuerde todo lo que hemos hablado. La próxima consulta será la más importante de su vida. Hasta entonces. –Le despide afablemente mientras aparece la mujer de la bata sincronizando su presencia con el apretón de manos del doctor.

 

La tarde está agradable con la luz solar languideciendo mientras los pájaros animan la vida con su piar incansable en el inicio de la primavera. Rafael pasea meditando sus opciones con el recuerdo fresco de la interesante conversación con Samper. Tiene una semana para resolver un dilema, entrar en el exclusivo club de la inmortalidad o continuar con su vida común. Está en la edad límite para tomar la decisión, las probabilidades de éxito disminuyen drásticamente a partir de los cincuenta años, es ahora o nunca.

 

El club inmortal le ofrece un vida prologada siempre que renueve el tratamiento cada cincuenta años. Acompaña la oferta una solución para adaptar toda la documentación oficial cada vez que necesite actualizar su formación o situación personal. Volver a empezar profesionalmente con una experiencia vital privilegiada, conocer nuevos amores, crear nuevas familias, vivir nuevas aventuras, avanzar en conocimiento y habilidades, ser testigo del nuevo mundo, de los avances de la técnica, de los viajes espaciales y, por desgracia, de nuevos métodos de guerra para destruirnos entre nosotros y al planeta.

 

Rafael regresa a su domicilio y tras saludar a Laura, su amante compañera de toda la vida, repasa el correo que ha recogido del buzón. Tiene por costumbre abrir su cajetín una vez a la semana, apenas reciben correspondencia ya todo es digital. Entre la publicidad de agencias inmobiliarias, descuentos de supermercados y resto de ofertas, destaca un sobre amarillento con cierre de lacre y letra cuidada escrita con pluma estilográfica.

 

Querido Rafael, he sido testigo, en la distancia, de tu vida feliz en compañía de Laura disfrutando del cariño y respeto de tus amigos. Hace cuarenta años me vi obligado a desaparecer de tu vida para construirme una nueva. Los pacientes del doctor Tiempo, al que has conocido hoy como doctor Samper, estamos obligados a reinventarnos cada ciertos años. Los accidentes aéreos o navales son muy socorridos para ello.

 

Permíteme que comparta contigo las consecuencias de mi decisión al entrar en el club de los inmortales, que conociendo el proceso, deberás notificar tu decisión en los próximos días. 

 

He prolongado mi vida muchos años, he tenido la posibilidad de disfrutar de una prórroga profesional maravillosa, nuevas compañeras y disfrutar con cada avance técnico. Cierto es que me ha costado mucho ponerme al día en costumbres, formas de alimentación y adaptarme a las prisas actuales. 

 

Te confieso que toda esta vida inmortal trae un coste social y emocional nada despreciable, poco a poco te verás obligado a despedirse de todas y cada una de las personas importantes en tu vida. De Laura, tu compañera de siempre, de Friki, tu perro fiel, de tu querida Ana, tu hija y de Rafita, tu recién nacido nieto. De tus amigos, compañeros y demás. Todos desfilarán sorprendidos de que te mantengas sin envejecer año tras año. Cuando todo esto pase, vivirás solo en un mundo que no es el tuyo, sintiendo un desapego enorme solo comparado con lo que siente el inmigrante obligado a huir que termina en algún lugar apacible al que debe adaptarse para sobrevivir.

 

La semana próxima termina mi plazo para renovar la prórroga para los próximos cincuenta años, te anticipo que mi decisión es no ejercerla, no sé qué es lo que pasará. Samper no sabe decirme el ritmo de envejecimiento que me espera ni qué ocurrirá más allá de la prórroga no realizada. Deseé quedarme en este mundo para mejorar las condiciones y evitar en el futuro las guerras. No he sido capaz, la pasión autodestructiva de la humanidad le hace repetir errores cada ciertos años. No veo remedio y a mi edad, ya me canso de intentarlo. 

 

Deseo despedirme en paz con el mundo e incumpliendo uno de los puntos firmados en el acuerdo con Samper, interferir en la vida la mis herederos, recomendándote que no repitas mi error. No entres en el club los inmortales.

 

Tu bisabuelo que te quiere, Ernesto Miranda.

13.3.22

Buen vecino


 

Por fin se va, tras todo el fin de semana gritado, corriendo y llorando con ese tonito de niño consentido. Atrás quedan las siestas irrecuperables que no hemos podido disfrutar, los amaneceres involuntarios a primera hora marcados por el subir de la manera más ruidosa posible las persianas y por el abrir y cerrar de cajones sin tope de goma, los bailes de salón con su zapateado de bota ortopédica y los sonidos guturales de los abuelos llamando al nieto a todas horas provocando las carreras sabiendo que molestan y mucho a los vecinos.

 

En varias ocasiones nos hemos quejado y ¿para qué? para recibir contestaciones chulescas –esto es lo que hay, no te lo crees ni tú, se trata de un niño pequeño y no vamos a coartar su crecimiento, etc. – Traduciendo el mensaje de los abuelitos, –a joderse–.

 

Tras el portazo, como no, silencio. Un gran contraste pasar del ruido perenne al vacío sideral. Los abuelos derrotados de puro cansancio ni se mueven. No tienen edad ni conocimiento para aguantar el ritmo que marca un nieto. 

 

Mañana lunes regresarán los albañiles para continuar la ruidosa obra de reforma en el piso situado justo encima de los abuelos con el nieto mimado y ruidoso. En un par de meses recibiremos a los nuevos vecinos, una familia con dos niños pequeños y por lo que parece, de los moviditos. Justicia divina. 

 

Como gesto de buena voluntad y vecindad, con mis mejores deseos, estoy pensando un regalo para el niño. Como hablan a gritos, me he sentido informado de que la semana próxima será su cumpleaños. El pobre es ¡tan majo!, de esos niños que en público, cuando se cruzan con otro adulto en el descansillo o en el portal, se callan y miran hacia el suelo, para pasar desapercibido y aparentar ser un buen niño. Conste que no le culpo, la responsabilidad de enseñar civismo y respeto corresponde a los adultos de su familia no a un chico que aún no controla sus esfínteres.

 

Un balón de fútbol lo suficientemente blando para que los botes no se sientan en el piso inferior, el mío, y tan rígido como para convertirse en un proyectil de destrucción masiva. Los abuelos necesitan una nueva decoración, un jarrón hecho añicos, un nuevo televisor y cambiar esa lámpara de araña, regalo de boda, que les recuerda a diario sus orígenes tan poco refinados.

 

Para la bienvenida a los nuevos vecinos de más arriba, una colección de canicas y un juego de bolos. Con la tarima flotante que están instalando seguro que no se escucha nada en el piso de abajo.

 

Los vecinos estamos para apoyarnos. Esos niños siempre contarán con mi ayuda.

6.3.22

Cambios


 

El estruendo del camión de la basura cumple con su función de despertador dominguero, me cago en su puta madre, pienso mientras despierto de un sueño reparador tras una semana de mierda. Vaya pintas que tengo, mi costumbre de dormir amortajada con un pijama grueso de invierno, tapones en los oídos, antifaz heredado de mi único gran viaje en avión hace ya demasiados años como para recordarlo y hoy, como puntilla, tras mi sesión de peluquería vespertina, corono mi cabeza con una redecilla que sujeta los rulos.

 

Un persistente dolor de cabeza me taladra la sien justo en el punto donde la pinza que sujeta uno de los rulos presiona mi piel al apoyarme en la almohada. Me gusta cómo me queda el peinado ondulante con largos tirabuzones que descansan sobre mis hombros, copiando la imagen anticuada de las presentadoras de TeleMadrid. 

 

Mañana lunes vendrá a la oficina Luis, el gerente general del que todas estamos enamoradas en secreto. Un par de años más joven que yo, siempre me dedica con ojos hambrientos unos segundos más que a las demás. Babea conmigo, lo noto. Cuando Luis se acerca a saludar siempre apoya su mano en mi cintura, apretando lo justo como para que se note la electricidad que existe entre ambos. Mañana será el momento más feliz del mes, unos segundos que me alimentarán para cuatro semanas de sueños y fantasías. 

 

A mi lado noto cómo se despereza Miguel, con lo madrugón que es, me extraña verle encamado. Puede que quiera sexo. Me libro porque con estas pintas que llevo le espanto su deseo mañanero en un instante. Rayo, nuestra perra no está demandando salir, señal de que Miguel ya la atendió y ha regresado a la cama buscando guerra.

 

–Buenos días, cariño– me dice.

–Mnmnmngt– replico.

 

Noto cómo me acaricia el hombro, señal de que no me equivoco en el diagnóstico, he perdido la cuenta de los días que le llevo evitando y con tanta desatención su humor comienza a agriarse saltando por cualquier motivo sin importancia. Y es que yo no tengo el coño para ruidos...

 

–He estado pensando– me indica.

 

Mis sentidos entran en DEFCON2, peligro, alarma nuclear. Esa frase no es propia de él, miedo me da. En la escala de alarmas, esta se encuentra justo antes del "tenemos que hablar". Me giro hacia él, noto que se me clava otro rulo encima de la oreja izquierda, la solemnidad del momento frena mi impulso de cambiar de postura. Le miro a los ojos, bonitos ojos negros, la verdad. Es de lo poco que no me he cansado de mirar con el paso de los años. Mi mirada le anima a continuar su pensamiento.

 

–Quería habértelo dicho antes pero no sabía cómo ibas a reaccionar.

–Me estás dando miedo, Miguel, ¿qué es lo que pasa?

–Quiero cambiar de vida. La semana que viene cumplo cuarenta y cinco años y noto que si no doy el salto ahora, nunca lo daré.

 

Ostias, me había olvidado de su cumpleaños y qué coño le compro yo a este ahora, con lo desastre que soy para los regalos y ya es muy tarde como para preguntarle qué es lo que le gustaría. Joder, mañana pasaré la tarde paseando por El Corte Inglés a ver si me inspiro. Mierda, mierda, mierda...

 

–¿Me estás escuchando? – me dice interrumpiendo mis pensamientos.

–Claro que sí, estoy expectante por conocer qué es lo que quieres cambiar. ¿A mí?, ¿de casa?, ¿de trabajo?

–Llevo pensando mucho tiempo y quiero ser actor. Mi ilusión de toda la vida.

–¿Y te vas a apuntar a un grupo de aficionados en el centro cultural del barrio?

–No, me voy a dedicar profesionalmente.

–¿Y tu trabajo de gerente?

–A la mierda. Llevo años sin sonreír, siempre estresado, dilapidando horas y horas en un negocio que me chupa la sangre y el alma. Si ya ni te ríes conmigo, he perdido la chispa y la gracia. Mantengo alguno de los contactos de cuando estudié en la escuela de interpretación y uno de los profesores me admite en una obra de teatro que planean estrenar el mes que viene.

–¿Y de qué vamos a vivir? Sabes que con mi sueldo no llegamos para pagar todos los recibos ni la hipoteca...

–Nos ajustaremos, si va bien la obra, en dos meses cobraré mi primer sueldo.

–No sé qué decir, ¿vas a cobrar los cinco mil euros que tienes ahora?

–Ni mucho menos, empezaré con mil y poco. Y seré feliz y podremos volver a reír. Prescindiremos de todo aquello que no nos haga falta, el apartamento en la playa, el club de pádel, de uno de los coches y muchos de los caprichos que nos rodean a diario.

–No te lo has pensado bien, Miguel. ¿Cómo vas a hacer eso? ¿El colegio de las niñas, nuestras vacaciones, nuestra forma de vida?

–Realmente es tu forma de vida, la que tú querías, no la que yo deseaba. 

–Podemos arreglarlo, cariño. Piénsatelo una semana y el sábado lo hablamos.

–Ya está hecho, me despedí hace unos días y aproveché mis días de vacaciones como preaviso.

–¿Qué?

–Sí, que dimití el martes.

–Pero... ¿Te habrán dado un finiquito y una indemnización después de veinte años rompiéndote el alma por ellos?

–Cuando dimites no hay indemnización posible. Nada de nada, salvo a final de mes que me pagarán los días trabajados y me pagarán las vacaciones devengadas no disfrutadas hasta ahora.

 

Me levanto, necesito pensar y tener una pinza taladrándome la cabeza no ayuda. De pie rijo mejor. Comienzo a rodear la cama en un movimiento circular sin parar de hiperventilar.

 

–Lucía, ¿estás bien?

–¡Cómo voy a estar bien! Eres muy egoísta, solo has pensado en ti sin valorar tus responsabilidades con las niñas o conmigo.

–Valora que seré feliz y podré repartir sonrisas, alegrías y abrazos, como en vacaciones...

–¿Y quién te dice a ti que quiero esa vida de alegría?, ¿quién? No quiero vivir con estrecheces.

–¿Prefieres tenerme amargado con pasta antes que feliz y pobre?

–No he dicho eso.

–Perdóname pues es lo que he entendido.

–Vas a volver mañana a la oficina para pedir perdón para que te readmitan.

–No voy a hacer tal cosa y además dudo que me readmitan, la jefa feliz de que me fuera porque así puede sustituirme por su sobrino, joven, idiota e infinitamente más barato que yo.

 

Salgo de la habitación y me encuentro a Rayo sentada con las orejas tiesas mirándome con cara de apoyar a Miguel.

 

Frente al espejo del baño voy retirando la redecilla para ir, una a una, liberando las ondas de mi pelo según quito los rulos. La verdad es que me queda muy bien el pelo cursi a lo TeleMadrid. Por el espejo veo entrar a Miguel en el baño con una rosa en la mano y al levantar su cara, una enorme sonrisa dibuja su cara.

 

–Me encanta actuar para ti. ¿A esto te referías a los juego de rol para animar nuestra vida sexual?

 

Miguel se gana un sonoro tortazo. No puedo parar de llorar, me siento ruin e interesada. Me avergüenzo de mí por todo lo que he dicho y cómo he reaccionado. Yo también quiero pensar, ¿me interesa mi vida como es?, ¿me conformo con sueños ilusorios con Luis?, ¿eso es lo que quiero?  Mojo, bajo el chorro de la ducha, mi peinado de ondas, tras secarme el pelo, lo recojo con una coleta y salgo a pasear bajo el sol templado de primavera. Miguel se ha ganado otro fin de semana de sequía. Necesito tiempo para aclararme. También cumplo años el próximo mes, cuarenta y uno. Con la ilusión que me hacía a mí cantar. ¿Estarán dispuestos a reunirse los del Cubata, mi antiguo grupo musical del barrio?