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18.9.22

Milka

 


 

Milka es una perra guapa, de pelo blanco, bien cuidada y de raza indefinida. Es la fiel e inseparable compañera de mi tía Mayte. La bautizó como su chocolate preferido en el mismo momento en que se la entregaron hecha un ovillo recién destetada.

 

Perra inquieta y juguetona que alegra la existencia a tía Mayte. Sus hijas fueron volando para forjar sus vidas y terminó sola en una casa más grande de lo necesario. Viuda desde la juventud, le tocó luchar por la vida y sacar adelante a sus tres hijas. Trabajó en una inmobiliaria enseñando los pisos en venta, se le daba bien encontrar las virtudes de cada casa y saber esconder los problemas. Siempre positiva ante la vida, se llevó su filosofía al trabajo.

 

Veintiocho años después de enviudar, la última de sus hijas salió de casa para mudarse a otra ciudad. Un enorme vacío se apoderó de su corazón, arrugando su, hasta entonces, perenne sonrisa. Suspiraba mientras encontraba su lugar en el nuevo mundo.

 

Ahí apareció Milka, regalo de su amiga Celia. 

 

–A mí no me gustan los perros– le dijo justo antes de caer rendida ante esos ojos negros brillantes. Fue un amor a primera vista. Dejó la tableta de chocolate sobre la mesa para tener entre sus brazos a su nueva compañera. La coincidencia temporal en el mismo campo visual eligió el nombre de su nueva amiga.

 

Se hicieron inseparables, tía Mayte adecuó su ritmo vital a las necesidades de la perra, las horas de paseo, de juegos, de charlas y de paz. Los viajes quedaron condicionados al bienestar de la perra y a su admisión en los alojamientos.

 

Mayte está ingresada en el hospital, nada serio, de hecho se espera que pueda regresar a casa tras un par de días de convalecencia. Por carambola del destino y por ser el hijo de Celia, me toca ir a cuidar a Milka. 

 

Al entrar en su casa descubro el desastre, Milka que nunca se ha encontrado sola ha visto salir a Mayte y tras varias horas se ha desesperado, un par de cojines rotos por el suelo de la salita y ha defecado en la puerta de la terraza, incluso parece que intentó evitar aliviarse dentro de su hogar. Me recibe nerviosa y ladrando a la defensiva. No me reconoce de principio. Dejo que me olfatee, llevo impregnado olor a perro. Eso lo conocen todos los que tienen canes en su hogar. El olor a su madre. Se relaja, sin conocerme, me admite. Hablo con palabras suaves y me muevo con cuidado. Me gano su confianza y comienzo a recoger el destrozo de los cojines y las heces. Ventilo la casa, mientras localizo el pienso para cachorros, su manta para dormir y sus recipientes de comida y bebida.

 

Admite que una su correa a la cadena de paseo y sin fiarse del todo me sigue por la escalera hasta la calle. Descargo sus cosas en el maletero del coche antes de regalar a Milka un paseo largo por el barrio. Una vecina reconoce a la perra y se para para hablar conmigo y ya de paso, informarse sobre la enfermedad de Mayte que desconocía.

 

Milka duerme acurrucada junto a su madre sobre una amalgama de las dos mantas. Casi sin llegar a olerse se han reconocido al instante y tras brincos de alegría me han hecho partícipes de su felicidad correteando a alrededor de mí.

 

En un par de días, Milka regresará con Mayte. Mientras disfrutará con Freda de la infancia que le arrebatamos al destetarla precipitadamente. Tuvo una camada con cinco cachorros que la estaban agotando. 

 

Milka me mira y en ese gesto noto una enorme conversación de agradecimiento. Echa de menos a Mayte y la mejor manera de esperarla es en compañía de Freda.

10.7.22

De hoy no pasa


 

Sofía recorre con la mirada el dormitorio. Sentada sobre la almohada con la pierna derecha cruzada apoyando el pie cerca de la rodilla de la pierna contraria. Espalda recta sobre el cabecero de madera de la cama. Madruga, un desasosiego antiguo la visita cada pocos días, el recuerdo de una tarea pendiente que no termina de culminar.

 

A su derecha, estirado todo lo que le permite su anatomía, Alfredo. En su momento fue guapo, seductor e irresistible. Los años le han criado una tripa prominente que dobla el volumen de su cintura, poco pelo en la cabeza, canas en el pecho y las uñas de los pies descuidadas. Eso fue desde que perdió vista y ahora fía la pedicura al calendario. Un aviso del móvil cada cuatro sábados le recuerda su sesión de contorsionismo imposible. Semejante estómago le impide doblarse como necesita para utilizar con precisión el cortaúñas. Sofía nota que bajo la barriga, un bulto morcillón lucha por sobrevivir donde el recuerdo sitúa despertares hinchados de poder, de eso hace casi veinte años. Alfredo ya ni recuerda aquellas sensaciones por domar la erección mañanera. Un desperdicio de ser en decadencia. El hijoputa ronca como un oso cavernario. Sofía no recuerda en qué momento llegó a acostumbrarse a ese nivel de decibelios con ritmo que preceden angustiosos minutos de ahogamiento. Una apnea incurable que para aliviarse debe perder más de veinte kilos.

 

–¡Qué ser! Le dejo. No le soporto más–. Me repito mentalmente. Sábado, encima hoy me vendrá a buscar, ya son demasiados días excusándome con cansancios, dolores y sueños. Hoy se le alinearán los astros. Hubo momentos que en cuanto me tocaba me encendía la mecha pirotécnica hasta llegar al castillo de fuego y placer. Siempre ha sabido dónde, cómo y el momento adecuado para pulsar cada tecla de mi cuerpo. La caída de las hojas del calendario olvidó la mecha y los fuegos artificiales. Tras tantos años compartiendo lecho, ahora, cuando me toca es como si me tocara yo misma, descubres que sus manos son las tuyas, su respiración es la tuya, su ritmo es el tuyo. Alfredo es muy efectivo, domina el orden, el dónde, el cómo e incluso el cuánto. Al final siempre llega a la diana, tengo premio, sí, sin sorpresas ni emociones. Cumple y no me quejo, a mí me toca corresponderle y de esta manera renovamos el pacto de convivencia por unas semanas más.

 

Y eso toca hoy. Pero no quiero renovar. Quiero dejarle, como he deseado durante toda la vida. Soy muy tonta, lo reconozco, me dejo llevar y por complacer a todos navego sobre la ola de la vida de los demás surfeando sin caer jamás. ¿Y si a mí lo que me gusta es bucear en la vida? Pasan los años y mi vocación por agradar la vida a los demás hipoteca la mía.

 

Veintidós años hace que terminé mis estudios y regresé a Alicante tras unos años de libertad en Madrid donde conocí a personas muy interesantes y algún que otro escarceo amoroso que me alegró la estancia. 

 

Durante el trayecto en autobús repasé mentalmente los argumentos para armarme de razones y dejarlo con él. La distancia y los contactos esporádicos habían dilatado un noviazgo vacío donde dos personas tan alejadas en lo fundamental se reunían durante las vacaciones y algún fin de semana para beber y pasear con la pandilla de siempre, follar precipitadamente antes de dejarme en casa de mis padres para regresar, el domingo, yo sola a continuar mis estudios de biología en Madrid.

 

Una vez desciendo del autobús, en la dársena, un grupo de adolescentes veinteañeros montan jaleo con pancartas y globos con mi nombre escrito. Disfrazados tras unas gafas de plástico con narizota incorporada y bigote el grupo corea mi canción favorita. Alfredo ha movilizado a la pandilla al completo para darme un recibimiento festivo, han sido cinco años muy largos para él.

 

Esa tarde no pude descansar, tras dejar la maleta en casa, me dejé llevar y la fiesta se prolongó hasta el amanecer. No pude dejarle, no era el momento. Mal dormí en mi cama de siempre dando vueltas sin poder conciliar el sueño y repitiéndome los argumentos para romper con él. No es tan difícil, me repetía.

 

Me desperté a la hora de comer, tras el poco descanso y la mucha humedad de mi tierra a la que había dejado de acostumbrarme tras los años pasados en Madrid, descubro mi imagen en el espejo y me saludan unos ojos saltones como los de una rana. Mi alma luchaba por regresar a la almohada buscando el sosiego y la paz que tanto anhelaba.

 

–Sofia, ahora tendrás que organizarte la vida ¿no?

–No me marees ahora, mamá. Terminé el último examen ayer, dentro de unos días me organizaré para empezar a buscar trabajo. No voy a quedarme aquí para siempre.

–Claro, hija, claro. El sábado nos ha invitado a comer Elena, la madre de Alfredo. Entre las dos tenemos muy avanzado el plan de la celebración de vuestra boda.

 

No me lo podía creer, el plan de mi madre consiste en encerrarme en un matrimonio que está muy lejos de mis planes vitales. Ella sigue detallando su plan de la celebración mientras mi cerebro busca un rincón de paz lejos de todo eso. Miro a mi padre buscando apoyo y le encuentro embobado centrando toda su atención en mi madre. No tengo salida. No me voy a casar, si le voy a dejar. Luego pensaré cómo solucionar este disgusto a mis padres, con la ilusión que tienen por verme casada. 


Me gustaría que tuvieran ilusión por verme feliz o incluso que me preguntaran mis deseos antes de darlos por conocidos. Claro que cinco años de viajes para coincidir con Alfredo a ojos de los demás es una demostración de amor incondicional. El muy cabrito solo en dos ocasiones se le ocurrió visitarme en Madrid, cuando está a la misma distancia.

 

Mi madre sigue relatando su plan de mesas, menú, vestidos, banda de música, etc. Lo tiene todo muy pensado, ha diseñado la boda ideal que le hubiera haber tenido a ella y que no pudo ser por casarse casi en secreto repudiada por su familia por elegir a un hombre de mala reputación. Si mi padre es un bendito...

 

La dejo con la palabra en la boca para refugiarme en mi habitación, necesito pensar cómo dejo a Alfredo antes de que todo esto se salga de madre.

 

Un nuevo ronquido me despierta de mis recuerdos, las siete de la mañana, los riñones me duelen por la postura. Veintidós años han pasado y no hay ningún día que me olvide de recordarme que tengo una tarea pendiente, dejarle. 

 

Hada, mi perrita, nota que estoy despierta. Me aguarda en el pasillo, justo en la puerta de mi habitación que tiene prohibida traspasar. Con su carita graciosa, espera paciente que me dirija hacia ella para el paseo matinal. Es la única que me entiende, la que me defiende cuando discuto con Alfredo y es la única que se atreve a ladrarle.

 

Está decidido, hoy le dejo. Recupero la horizontalidad, abrazo la almohada y entro en el mundo de los sueños. El lugar donde siempre estoy sola y se me ve sonreír. Un mundo donde no existe Alfredo, solo yo. La semana que viene es nuestro aniversario, quizá no es el momento más oportuno. Vale, le dejaré dentro de diez días, está decidido.

 

 

 

 

26.6.22

El peinado de los superhéroes

 


–Pelón, a ver cuándo te crece el pelo... –Miguelón, el fuertote de la clase, siempre tan envalentonado cuando nota que es el centro de la atención.

–¡Chupa Chus!... –Ahí viene Cristóbal, siempre fiel a Miguelón, haciéndole los coros y riéndole las gracias. Por su cara marcada por el acné, tan profundo y repetido que le llaman El lentejas.

–¡Calvete!... –Ese es Juan, un chico bajito y débil al que tratan como si fuera la mascota del grupo de abusadores de la clase. Pequeño e insignificante pero con la habilidad suficiente como para hacerse imprescindible para Miguelón. Le hace los deberes e incluso le regala cada día su bocadillo de la merienda a cambio de seguridad.

 

Me llamo Luis y sí, soy el centro de sus burlas. Durante una temporada decidí ocultar mi cabeza bajo una gorra con visera, me daba seguridad y me abrigaba, además de evitar las miradas curiosas y maliciosas de los demás. 

 

Recuerdo el día que mi padre me afeitó la cabeza con una maquinilla. Me explicó que el tratamiento que me iban a dar en el hospital haría caer mi pelo a jirones y me dijo que siempre es mejor decidir por uno mismo antes que dejarse llevar por las circunstancias.

 

Me hizo gracia la cara que se me quedó y lo suave que tenía la cabeza. Parecía otro niño. 

 

Al día siguiente, en el colegio, fui la novedad. La tutora, sor María, explicó a mis compañeros en qué consiste mi enfermedad y que mi nuevo estilo es el peinado de los súper héroes. Esos que siempre luchan hasta vencer. 

 

Todo bien hasta que me cayó la primera colleja de Miguelón y su risa forzada inició la etapa de persecución.

 

Tres meses han pasado desde entonces, alterno las temporadas de los ciclos, con temporadas donde todo me duele. Esos pocos días falto de clase y cuando regreso siempre estoy más cansado y débil. La mayoría de mis compañeros se preocupan por mí, lo veo en sus miradas y en lo cuidadosos conmigo que son durante los juegos. Excepto Miguelón y su cohorte que llenan sus existencias martirizándome con sus comentarios y bravuconadas.

 

Una tarde de esas que regresaba triste del colegio porque no entendía por qué se metían conmigo, mi padre me llevó con él a su mesa preferida, me enseñó un billete de veinte euros y me preguntó:

 

–¿Cuánto vale este billete?

–Veinte euros, papá.

 

Mi padre arrugó el billete con la palma de su mano hasta convertirlo en una bolita.

 

–Y ahora, ¿cuánto vale?

–Veinte euros. –contesté.

 

Mi padre empezó a golpear con el puño la bolita hasta que la aplastó.

 

–¿Y ahora, cuánto vale?

–Lo mismo, veinte euros.

–Pues como tú, hijo. Vales mucho más que veinte euros. Por mucho que te empujen, maltraten o peguen, valdrás siempre mucho. Ningún golpe o insulto te hará perder valor. No quiero que pienses que no vales, seguramente esos compañeros que se meten contigo les puede el miedo y saben que tú vales más que ellos. Recuérdalo.

 

El pasado viernes, me tocaba nueva sesión de quimio, llegué a la planta de oncología infantil con algo de adelanto respecto a mi hora de cita. Mi madre me deja ir solo, como a los mayores. Ella me acompaña hasta el ascensor. El recorrido hasta la sala lo hago yo solo, valiente y seguro. Noto en mi espalda la mirada de mi madre orgullosa desde la lejanía y como me contagia valor y determinación. Siempre me acompaña una mochila donde guardo el libro que me estoy leyendo y un estuche de colores junto a un cuaderno de dibujo. Me gusta pintar mientras me inyectan esos líquidos, me ayuda a olvidar donde estoy.

 

Saludo a Lucía, Tomás y Juan, los tres mosqueteros con los que comparto sesiones y risas. Lucía tiene la piel azul, demacrada y ojos cansados. Siempre la verás sonreír. Tomás con sus cejas pelirrojas y sobrepeso, siempre nos hace reír con sus historias y ocurrencias. Y Juan, alto y muy delgado, tan callado como siempre, habla con la mirada.

 

–Tenemos compañero nuevo. –me dice Tomás.

–¿Dónde está?

–Con la doctora, ahora sale. Le he visto llorar.

–Tendremos que ayudarle entre todos ¿no? – digo mirando a Juan, quien asiente con su mirada.

 

El sonido de la puerta del despacho abriéndose se acompaña con los pasos de un grupo de personas, se adivinan tres adultos y un niño.

 

–Mira, te voy a presentar a tus compañeros. – dice la doctora.

–Aquí están los luchadores, Lucía, Tomás, Juan y Luis.

–Hola, Miguel. – Alcanzo a decir.

–Veo que os conocéis. – Dice la doctora.

–Sí, somos compañeros de clase en el colegio. –Respondo mientras acojo la mirada llena de miedo de Miguelón. –Bienvenido, aquí nos ayudamos entre nosotros. Somos un equipo de luchadores.

 

Desde ayer lunes, en clase, ya somos dos con el peinado de los súper héroes. Nunca más se repetirán las bromas y los insultos. Ahora resulta que el fuerte soy yo. Los calvos estamos de moda.

24.4.22

Tía Águeda

 



Cuando se siente feliz toda ella es radiante, con su mirada brillante y sonrisa sincera acompañada con esas arruguitas que se le marcan en la unión de los párpados. Su tono de voz se agudiza y la risa acompaña la conversación. Ella consigue enamorar a los que la rodeamos incapaces de evitar la atracción gravitatoria hacia ella.  

 

Pasan los años y la imagen que transmite tía Águeda es esa, el imán al que la familia se une buscando la fuente de su satisfacción emocional. Todos acudimos a tía A y no necesariamente para recibir un consejo o unas palabras certeras, la buscamos para llevarnos un poco de su felicidad para guardárnosla para siempre con nosotros.

 

Repaso con melancolía el vídeo grabado hace un mes durante la fiesta de su sesenta cumpleaños. Creo descubrir un breve destello en su mirada que me recuerda a la melancolía, puede ser producto de mi imaginación o resultado de un pensamiento recorriendo su mente valorando la vida pasada y las probabilidades de la futura. Serán cosas mías pero esa mirada me inquieta. Nunca se la había visto.

 

Ayer, como todos los sábados de fin de mes, conduje los ciento ochenta kilómetros que nos separan para comer con ella. El clima primaveral acompaña gracias a que la robusta mesa de madera del jardín está situada tras la casa, a resguardo de la brisa predominante procedente de la nevada sierra. 

 

Nunca me ha confesado el secreto de la receta de su salsa, –son las especias– me dice sin concretar cuáles ni su proporción. Solo ella es capaz de conseguir que la carne asada se convierta en un lujo al paladar, salvo ayer. 

 

Tía A se sienta en su lugar preferido a la derecha de Germán, su compañero de vida, que preside la larga mesa mientras llena los tres vasos con vino de la zona. La sombra del sauce nos protege del picor del sol de abril mientras nos preparamos para degustar el asado.

 

Un silencio pesado y pegajoso nos rodea, solo roto por el sonido de los cubiertos al chocar con los platos. Nos acompañan los dos gatos y el anciano perro que se hacen notar rozándose contra nuestros tobillos demandando sus raciones. Entrego un primer trozo a mi viejo amigo Sam que mirándome lo deja caer al suelo. Con un breve sonido, casi inaudible para mí, emitido por Germán, Sam recupera su ración abandonando la zona. Algo hay que no le gusta.

 

Observo a tía A, come sin apartar la mirada del plato y sin apenas probar el vino. Un breve temblor en su dedo meñique de la mano izquierda me hace pensar que debe estar preocupada por algo. Miro a Germán quien con un gesto me intenta explicar que es mejor dejarlo estar, que luego me contará.

 

El cocinado expresa los sentimientos del cocinero mucho mejor que las palabras. Solo por esta vez, nadie repite ración. El viejo Sam tenía razón, no hay quien se lo coma. Mientras tía A se levanta por el postre, pregunto a Germán quien solo tiene tiempo para decirme que –Águeda tiene un mal día, no pasa nada– Interrumpe su frase al verla salir de la casa con una fuente de fruta.

 

–¿Tía A, te puedo ayudar?

 

Me mira sin ver, noto su mirada cómo me traspasa para enfocar en un punto lejano en el infinito situado a mi espalda.

 

–Algo te pasa, me preocupo por ti– insisto.

 

–Tranquilo que ahora vuelvo a estar feliz.

–¿Cómo puedes controlar la felicidad?

–La busco y la suelo encontrar, salvo desde hace unos días que no lo consigo.

–¿Qué es lo que no consigues?

–Ser feliz.

–No se puede ser feliz siempre a todas horas, es imposible.

–Pues yo lo he conseguido durante sesenta años, hasta que se me fue.

–¿Qué ha cambiado? Tienes la casa de tus sueños, con tus plantas, el huerto, tus animales, a las afueras del pueblo y todo junto a Germán con el que llevas toda la vida. Una familia maravillosa y un montón de amigos. ¿Qué más quieres?

–Que me devuelvan mi felicidad, nada más.

–¿Quién?

–El que me la robó. Yo hasta hace unos días, me levantaba y mirándome al espejo me decía –hoy es el mejor día de tu vida, disfruta– 

–La felicidad no se obliga, se siente cuando estás plena de satisfacción emocional o incluso física. No porque te lo impongas. Y no se puede robar, nadie se dedica a quitarte la sonrisa para llevársela.

–Pues lo han hecho. Solo quiero llorar y no aprendí a hacerlo, seguro que me ayudaría.

 

Miro a Germán y me encuentro a un marido preocupado, paciente y atento ante cualquier detalle que le pueda avisar que Águeda necesita su apoyo, mientras eso ocurre la deja respirar respetando su zona de confort. Por experiencia sabe que Águeda necesita metro y medio de respeto para no sentirse abrumada, salvo que ella demande contacto, en ese momento él estará ahí. Los abrazos son el mejor ansiolítico para Águeda y la convierten en un cachorrito a la búsqueda de calor corporal y caricias.

 

De regreso a mi casa la idea de que algo le pasa a tía A no deja de martillear mi cerebro. 

 

Llevo un día con una congoja que me asfixia el pecho, los ojos tan hinchados que me duelen y, al igual que tía A con ganas de llorar sin saber hacerlo. Desde ayer las energías me fallan, echo de menos la alegría esa que me acompañaba cada vez que visitaba a mis tíos. ¿Seré yo el ladrón de sus sentimientos y ahora le robo melancolía?, ¿dónde he perdido la alegría de A?

13.3.22

Buen vecino


 

Por fin se va, tras todo el fin de semana gritado, corriendo y llorando con ese tonito de niño consentido. Atrás quedan las siestas irrecuperables que no hemos podido disfrutar, los amaneceres involuntarios a primera hora marcados por el subir de la manera más ruidosa posible las persianas y por el abrir y cerrar de cajones sin tope de goma, los bailes de salón con su zapateado de bota ortopédica y los sonidos guturales de los abuelos llamando al nieto a todas horas provocando las carreras sabiendo que molestan y mucho a los vecinos.

 

En varias ocasiones nos hemos quejado y ¿para qué? para recibir contestaciones chulescas –esto es lo que hay, no te lo crees ni tú, se trata de un niño pequeño y no vamos a coartar su crecimiento, etc. – Traduciendo el mensaje de los abuelitos, –a joderse–.

 

Tras el portazo, como no, silencio. Un gran contraste pasar del ruido perenne al vacío sideral. Los abuelos derrotados de puro cansancio ni se mueven. No tienen edad ni conocimiento para aguantar el ritmo que marca un nieto. 

 

Mañana lunes regresarán los albañiles para continuar la ruidosa obra de reforma en el piso situado justo encima de los abuelos con el nieto mimado y ruidoso. En un par de meses recibiremos a los nuevos vecinos, una familia con dos niños pequeños y por lo que parece, de los moviditos. Justicia divina. 

 

Como gesto de buena voluntad y vecindad, con mis mejores deseos, estoy pensando un regalo para el niño. Como hablan a gritos, me he sentido informado de que la semana próxima será su cumpleaños. El pobre es ¡tan majo!, de esos niños que en público, cuando se cruzan con otro adulto en el descansillo o en el portal, se callan y miran hacia el suelo, para pasar desapercibido y aparentar ser un buen niño. Conste que no le culpo, la responsabilidad de enseñar civismo y respeto corresponde a los adultos de su familia no a un chico que aún no controla sus esfínteres.

 

Un balón de fútbol lo suficientemente blando para que los botes no se sientan en el piso inferior, el mío, y tan rígido como para convertirse en un proyectil de destrucción masiva. Los abuelos necesitan una nueva decoración, un jarrón hecho añicos, un nuevo televisor y cambiar esa lámpara de araña, regalo de boda, que les recuerda a diario sus orígenes tan poco refinados.

 

Para la bienvenida a los nuevos vecinos de más arriba, una colección de canicas y un juego de bolos. Con la tarima flotante que están instalando seguro que no se escucha nada en el piso de abajo.

 

Los vecinos estamos para apoyarnos. Esos niños siempre contarán con mi ayuda.

6.3.22

Cambios


 

El estruendo del camión de la basura cumple con su función de despertador dominguero, me cago en su puta madre, pienso mientras despierto de un sueño reparador tras una semana de mierda. Vaya pintas que tengo, mi costumbre de dormir amortajada con un pijama grueso de invierno, tapones en los oídos, antifaz heredado de mi único gran viaje en avión hace ya demasiados años como para recordarlo y hoy, como puntilla, tras mi sesión de peluquería vespertina, corono mi cabeza con una redecilla que sujeta los rulos.

 

Un persistente dolor de cabeza me taladra la sien justo en el punto donde la pinza que sujeta uno de los rulos presiona mi piel al apoyarme en la almohada. Me gusta cómo me queda el peinado ondulante con largos tirabuzones que descansan sobre mis hombros, copiando la imagen anticuada de las presentadoras de TeleMadrid. 

 

Mañana lunes vendrá a la oficina Luis, el gerente general del que todas estamos enamoradas en secreto. Un par de años más joven que yo, siempre me dedica con ojos hambrientos unos segundos más que a las demás. Babea conmigo, lo noto. Cuando Luis se acerca a saludar siempre apoya su mano en mi cintura, apretando lo justo como para que se note la electricidad que existe entre ambos. Mañana será el momento más feliz del mes, unos segundos que me alimentarán para cuatro semanas de sueños y fantasías. 

 

A mi lado noto cómo se despereza Miguel, con lo madrugón que es, me extraña verle encamado. Puede que quiera sexo. Me libro porque con estas pintas que llevo le espanto su deseo mañanero en un instante. Rayo, nuestra perra no está demandando salir, señal de que Miguel ya la atendió y ha regresado a la cama buscando guerra.

 

–Buenos días, cariño– me dice.

–Mnmnmngt– replico.

 

Noto cómo me acaricia el hombro, señal de que no me equivoco en el diagnóstico, he perdido la cuenta de los días que le llevo evitando y con tanta desatención su humor comienza a agriarse saltando por cualquier motivo sin importancia. Y es que yo no tengo el coño para ruidos...

 

–He estado pensando– me indica.

 

Mis sentidos entran en DEFCON2, peligro, alarma nuclear. Esa frase no es propia de él, miedo me da. En la escala de alarmas, esta se encuentra justo antes del "tenemos que hablar". Me giro hacia él, noto que se me clava otro rulo encima de la oreja izquierda, la solemnidad del momento frena mi impulso de cambiar de postura. Le miro a los ojos, bonitos ojos negros, la verdad. Es de lo poco que no me he cansado de mirar con el paso de los años. Mi mirada le anima a continuar su pensamiento.

 

–Quería habértelo dicho antes pero no sabía cómo ibas a reaccionar.

–Me estás dando miedo, Miguel, ¿qué es lo que pasa?

–Quiero cambiar de vida. La semana que viene cumplo cuarenta y cinco años y noto que si no doy el salto ahora, nunca lo daré.

 

Ostias, me había olvidado de su cumpleaños y qué coño le compro yo a este ahora, con lo desastre que soy para los regalos y ya es muy tarde como para preguntarle qué es lo que le gustaría. Joder, mañana pasaré la tarde paseando por El Corte Inglés a ver si me inspiro. Mierda, mierda, mierda...

 

–¿Me estás escuchando? – me dice interrumpiendo mis pensamientos.

–Claro que sí, estoy expectante por conocer qué es lo que quieres cambiar. ¿A mí?, ¿de casa?, ¿de trabajo?

–Llevo pensando mucho tiempo y quiero ser actor. Mi ilusión de toda la vida.

–¿Y te vas a apuntar a un grupo de aficionados en el centro cultural del barrio?

–No, me voy a dedicar profesionalmente.

–¿Y tu trabajo de gerente?

–A la mierda. Llevo años sin sonreír, siempre estresado, dilapidando horas y horas en un negocio que me chupa la sangre y el alma. Si ya ni te ríes conmigo, he perdido la chispa y la gracia. Mantengo alguno de los contactos de cuando estudié en la escuela de interpretación y uno de los profesores me admite en una obra de teatro que planean estrenar el mes que viene.

–¿Y de qué vamos a vivir? Sabes que con mi sueldo no llegamos para pagar todos los recibos ni la hipoteca...

–Nos ajustaremos, si va bien la obra, en dos meses cobraré mi primer sueldo.

–No sé qué decir, ¿vas a cobrar los cinco mil euros que tienes ahora?

–Ni mucho menos, empezaré con mil y poco. Y seré feliz y podremos volver a reír. Prescindiremos de todo aquello que no nos haga falta, el apartamento en la playa, el club de pádel, de uno de los coches y muchos de los caprichos que nos rodean a diario.

–No te lo has pensado bien, Miguel. ¿Cómo vas a hacer eso? ¿El colegio de las niñas, nuestras vacaciones, nuestra forma de vida?

–Realmente es tu forma de vida, la que tú querías, no la que yo deseaba. 

–Podemos arreglarlo, cariño. Piénsatelo una semana y el sábado lo hablamos.

–Ya está hecho, me despedí hace unos días y aproveché mis días de vacaciones como preaviso.

–¿Qué?

–Sí, que dimití el martes.

–Pero... ¿Te habrán dado un finiquito y una indemnización después de veinte años rompiéndote el alma por ellos?

–Cuando dimites no hay indemnización posible. Nada de nada, salvo a final de mes que me pagarán los días trabajados y me pagarán las vacaciones devengadas no disfrutadas hasta ahora.

 

Me levanto, necesito pensar y tener una pinza taladrándome la cabeza no ayuda. De pie rijo mejor. Comienzo a rodear la cama en un movimiento circular sin parar de hiperventilar.

 

–Lucía, ¿estás bien?

–¡Cómo voy a estar bien! Eres muy egoísta, solo has pensado en ti sin valorar tus responsabilidades con las niñas o conmigo.

–Valora que seré feliz y podré repartir sonrisas, alegrías y abrazos, como en vacaciones...

–¿Y quién te dice a ti que quiero esa vida de alegría?, ¿quién? No quiero vivir con estrecheces.

–¿Prefieres tenerme amargado con pasta antes que feliz y pobre?

–No he dicho eso.

–Perdóname pues es lo que he entendido.

–Vas a volver mañana a la oficina para pedir perdón para que te readmitan.

–No voy a hacer tal cosa y además dudo que me readmitan, la jefa feliz de que me fuera porque así puede sustituirme por su sobrino, joven, idiota e infinitamente más barato que yo.

 

Salgo de la habitación y me encuentro a Rayo sentada con las orejas tiesas mirándome con cara de apoyar a Miguel.

 

Frente al espejo del baño voy retirando la redecilla para ir, una a una, liberando las ondas de mi pelo según quito los rulos. La verdad es que me queda muy bien el pelo cursi a lo TeleMadrid. Por el espejo veo entrar a Miguel en el baño con una rosa en la mano y al levantar su cara, una enorme sonrisa dibuja su cara.

 

–Me encanta actuar para ti. ¿A esto te referías a los juego de rol para animar nuestra vida sexual?

 

Miguel se gana un sonoro tortazo. No puedo parar de llorar, me siento ruin e interesada. Me avergüenzo de mí por todo lo que he dicho y cómo he reaccionado. Yo también quiero pensar, ¿me interesa mi vida como es?, ¿me conformo con sueños ilusorios con Luis?, ¿eso es lo que quiero?  Mojo, bajo el chorro de la ducha, mi peinado de ondas, tras secarme el pelo, lo recojo con una coleta y salgo a pasear bajo el sol templado de primavera. Miguel se ha ganado otro fin de semana de sequía. Necesito tiempo para aclararme. También cumplo años el próximo mes, cuarenta y uno. Con la ilusión que me hacía a mí cantar. ¿Estarán dispuestos a reunirse los del Cubata, mi antiguo grupo musical del barrio?

12.2.22

Feria

 


Alex no pierde detalle, a sus enormes ojos color almendra les cuesta pestañear, por primera vez en su vida va a estar en la feria por la noche, inconscientemente aprieta la mano de su madre buscando protección al sentirse rodeado por un multitud gritona y por el ruido ensordecedor de fondo.

 

Nota a su madre hablar sin conseguir entender ninguna de sus palabras enmudecidas por las bocinas estridentes de las atracciones anunciando el cambio de turno y las consiguientes carreras en busca del coche de choque libre. La música de cada atracción compite con su vecina en volumen y en sonido, cuanto más festivo y hortera más atención llama haciendo crecer el número de clientes expectantes a que llegue el siguiente turno.

 

Al fondo del todo, la noria llama su atención, sin ser muy alta, admite ocho cabinas, intenta soltarse de la mano de su madre sin suerte, hoy su madre no tiene dedos, tiene garras que le atrapan protegiéndole en exceso. Inicia la carrera hacia la luminosa noria, quiere montar en ella, sus luces intermitentes y el leve balanceo de sus cabinas le atraen.

 

Consigue subir a una de las cabinas acompañado de su hermana mayor, de a penas un año más, su madre prefiere aguardar en tierra hablando con varias madres de cosas aburridas de madres.

 

Mientras cargan las cabinas con cuatro pasajeros cada una, la noria se mueve lentamente, a golpes, una a una van mudando a sus visitantes. Durante la espera llega el momento cuando su cabina está en el punto más alto de la atracción y desde arriba divisa toda la feria y sus alrededores repletos de vehículos estacionados aprovechando la capacidad máxima de cada descampado gracias a la dirección de la policía municipal que en estas fechas acumulan horas extra de servicio a la comunidad.

 

Las vueltas de la atracción son rápidas, una fila larga acumula a decenas de niños expectantes por montar y el encargado de la noria decide acelerar para multiplicar las rondas y sus ganancias. Alex no se esperaba tanta velocidad y el balanceo de su cabina se exagera provocando en su estómago una reacción imprevista. Logra parar los espasmos de su cuerpo justo hasta que le llega el turno para descender del vehículo, a duras penas consigue evitar a la multitud y dirigirse hacia una de las columnas que soportan la atracción. El húmedo suelo de tierra regada para evitar la polvareda es testigo del menú de su cena. Queda blanco como el papel y con ganas de irse a la cama. No está saliendo la noche como esperaba.

 

Nota el dulce olor a lavanda que siempre acompaña a su madre, quien le ofrece un pañuelo de papel para limpiarse y un poco de agua para enjuagar su boca. Le tranquiliza con un abrazo, no necesita palabras para sentirse seguro y protegido. Su estómago se tranquiliza y el color regresa a sus mejillas. 

 

Un olor dulzón llama su atención, no sabe identificar de qué se trata y aún así, algo le dice que es familiar y que le gusta mucho. Identifica en una caseta destartalada una niña gitana con su pelo recogido en una coleta, mover con gracia su cuerpo al ritmo de las rumbas de la atracción anexa mientras gira con habilidad un largo palo recogiendo hebras de azúcar tintadas. Tras varias vueltas una nube rosa se forma alrededor del largo palo de madera.

 

En su mano descubre lo pringosa que llega a ser esa nube, desprende un trozo del tamaño de una nuez y lo pliega con su dedos antes de introducir en la boca su dulzor extremo. Siente la mirada vigilante de su madre pendiente de las reacciones de Alex, es su primer algodón de azúcar y ella sabe que para algunas personas tanto dulzor no les es agradable y para otras puede llegar a ser adictivo. Al ritmo que come su hijo, parece que es de los golosos, como su padre, veremos después cómo le sentará en su estómago recién vaciado.

 

Con siete años, todo se aguanta. 

 

Las risas y ruidos de fondo ya no le atemorizan, se ha acostumbrado a este bullicio y como él no es de mucho hablar tiene la excusa perfecta para observar cómo reaccionan los demás sin tener que mantener una conversación. Su madre es mucho de hablar, se pasa el día con comunicación verbal, con las vecinas, con su familia, por teléfono y hasta la escucha debatir con la radio. Su pobre padre, tan callado siempre cae hipnotizado cada noche con la ininterrumpida narración de su esposa. Un tándem perfecto unidos con comunicación visual, él asiente mientras ella describe sin parar.

 

Tras liquidar toda la nube de azúcar, devuelve a su madre el inútil palo momento que aprovecha ella para limpiar los restos de dulce rosa entre sus labios y la barbilla. Ha repuesto energías, se une a su hermana en la fila de otra de las atracciones, una noche completa y alegre no se la va a estropear nadie.

 

Sonríe mientras observa a otro niño vomitando a la salida de la noria, manchando una de las cabinas. Un oportuno manguerazo limpia el desastre, dejando el barbecho por una vez esa cabina esperando que se seque en los escasos cinco minutos del turno de la atracción. Ver a dos niños en la misma situación en poco tiempo desanima a muchos de la fila que cambian de atracción. 

 

De regreso a casa, pasan junto a la tómbola, donde exponen multitud de objetos, electrodomésticos pequeños, muñecas, una bicicleta, equipos de música. Un carrusel de números va cantando una mujer aburrida de su existencia. La lotería es muy caprichosa repartiendo muchos premios de escaso valor.

 

–Una muñeca Chochona para el caballero– grita por el micrófono el animador de la lotería, vestido de negro riguroso y tocado con un sombrero del mismo color cubriendo su melena azabache.

 

Saliendo del reciento, su madre les quiere comprar un juguete de recuerdo, Alex lo cambia por un paquetito de almendras garrapiñadas y su hermana por una bolsa de chuches.

 

¡Qué más se le puede pedir a un día de feria!

30.1.22

La espera

 


 

 

Al atardecer, todos los días se abren las cortinas de la ventana del tercer piso. Una mirada se asoma tras el cristal cerrado que solo se atreve a abrir durante los meses de verano, ahora, en esta época se cobija tras el vidrio y al resguardo del calor emitido por el radiador de hierro situado a la altura de sus piernas. 

 

Su mirada rodeada de surcos labrados durante toda su vida junto a Concha dibujan una sonrisa en toda su cara. Expresa toda la felicidad que ha encontrado en la vida junto a su amada. 

 

Las obligaciones de las mañanas le llenan su existencia, recorre en cortos e inseguros pasos el centenar de metros que le separan de su panadería y en el camino suele visitar la frutería de Ahmed, un sirio muy afable que le trata con un respeto ya no encontrado en estas latitudes con sus ancianos.

 

Las tardes se le atragantan salvo los escasos días que recibe la visita de su hija Amparo. Los días pasan con la rutina que le ayuda a sobrevivir sin pensar, en cuanto cae el sol se asoma durante un buen rato a divisar su calle. Una acogedora penumbra le abraza mientras de fondo su programa de radio vespertino le acompaña en su soledad.

 

Un día de estos, Concha regresará, él solo espera preparado para recuperar su ritmo alegre. Ella que nunca calla le contará todo lo que ha ocurrido durante estos meses en el hospital. Aún no ha conseguido el permiso para poder visitarla, que si es peligroso, que con la que está cayendo, que si este virus y muchas otras excusas faltas de convencimiento. Sabe que él sin Concha no es el mismo e intuye que ella inconsciente y a su manera, le está esperando. Pasan las semanas y el brillo de esperanza se mantiene en su mirada mientras espera divisar a la ambulancia que se la devolverá.

 

Termina su programa de radio con las señales horarias, la cortina se cierra. Hasta mañana, Concha, a ver si nos quitan las prohibiciones y puedo ir a recogerte para volver juntos a casa. La rutina también marca el orden de sus pensamientos. La esperanza es lo último que se pierde. 

 

Nuevos surcos horizontales aparecen junto a sus ojos dibujando una nueva cara. La de la paciencia. 

31.10.21

Carrillera de cerdo ibérico al vino tinto

 



 

La cocina es una de mis aficiones que ha ido creciendo con el paso del tiempo. Desde el pasado mes de enero, fecha en la que me prejubilé después de casi treinta años dedicados en cuerpo y alma al banco, disfruto con enorme placer de mi tiempo en la cocina. No me refiero al tiempo de cocinado obligatorio que es cuando me toca encargarme de hacer la comida en casa. Me refiero a esos días que me otorgo para disfrutar de la cocina y hacer feliz a los demás degustando el fruto de mi trabajo.

 

Varios de mis lectores habituales, sobre todo, los que más me conocéis, me habéis pedido varias veces que escriba un libro de recetas. No es mi intención ya que no soy un creador de platos, me conformo con ser un seguidor, copiador y en ocasiones, versionador de recetas de mis admirados cocineros. Martín Berasategui, Pepe Rodríguez en alguna ocasión y frecuentemente Joan Roca. 

 

Mi pasión por la cocina la completo, junto con Misi, mi mujer; con la posibilidad de visitar una o dos veces al año restaurantes con estrella Michelin. No son pocos los que hemos disfrutado y tras las visitas siempre hay algún plato que trato de emular. Hemos disfrutado de manera pasional cada visita a Marín Berasategui (4), El Bohío (4), Paco Roncero, Coque (3), Azurmendi, Aponiente (2), Akelarre, Gaytán, Ramón Freixa, Dstage, El Club Allard (2), Lúa (3) y otros con la estrella asomando como Dos Cielos (4).

 

( ) Entre paréntesis las visitas realizadas cuando exceden de una.

 

En cada visita, aprendo y disfruto. Cada uno expresa a su manera e interpreta la mejor versión del producto de cercanía al que convierten en su especialidad y en la marca de la casa.

 

Me estoy enrollando, y todo para justificar mi artículo de hoy, voy a compartir una receta que versiono de Joan Roca. De mis imprescindibles, su Can Roca es la ausencia más llamativa de mi lista de restaurantes para visitar. He llegado a estar en lista de espera, sin suerte. Tiene tanto éxito que la reserva se realiza con un año de antelación y se agota en minutos. Ya lo conseguiré porque no voy a dejar de intentarlo. 

 

Receta:

 

Carrilera de cerdo ibérico con salsa al vino tinto

 

1.- Salmuera

750 ml de agua

75 gr de sal gorda de cocina

 

Remover con una varilla hasta disolver la sal en el agua.

Sumergir las carrileras en la salmuera durante veinte minutos.

Secar en papel secante de cocina y reservar.

 

2.-Infusionar aceite de hierbas

40 gramos de Aceite de oliva virgen extra

2 ramas de tomillo

2 ramas de romero


Utilizo dos métodos, el paciente que consiste en introducir las hierbas en una botella que rellenamos de aceite virgen de oliva. Dejamos reposar durante cuatro meses, moviendo la botella un par de veces al mes.

 

O el método inmediato, en una sartén calentamos aceite a temperatura suave, unos 90º C. Calentamos durante unos cinco minutos con las hierbas sumergidas en el aceite. Dejamos enfriar, colamos y este es el aceite que utilizaremos para marcar las piezas en el paso posterior.

 

3.- Cocinar las carrilleras

1 kg de carrileras (3 por comensal).

50 gramos de aceite infusionado de romero y/o tomillo.

pimienta.

dos cucharadas sopera de harina de trigo.

500 ml de agua (aprox).

 

Retiramos la fascia y otras telillas que tenga la carne con la ayuda de un cuchillo bien afilado.

Pimienta al gusto y pasamos por harina cada trozo para posteriormente marcar en la olla donde hemos puesto a calentar el aceite virgen de oliva o el aceite infusionado de hierbas. Marcar por ambas caras y reservar.

Una vez tengamos todos las carrileras marcadas, las incorporamos a la olla donde está el aceite y las cubrimos de agua. Dejamos cocer durante 40 minutos a fuego suave. Reservar las carrilleras en su propia agua.

 

4.- Salsa al vino

2 puerros limpios

2 cebollas medianas

3 dientes de ajo

1 chile (opcional)

2 zanahorias medianas y tiernas

150 ml de vino tinto (cuanto mejor sea el vino, mejor saldrá la receta) el mismo vino nos servirá para maridar el plato.

4 cucharadas soperas de aceite virgen extra o del infusionado anterior

sal

 

Cortamos las verduras en trozos pequeños (1 cm aprox.) pochamos en la olla con el aceite caliente, salamos y cocinamos hasta que se caramelicen. Añadimos el vaso de vino. Una vez reduzca el alcohol, apagamos el fuego y reservamos.

 

5.- Cocer la carrillera

Carrillera cocida (elaboración del punto 3 anterior)

Salsa al vino (elaboración del punto 4 anterior)

1 cucharada de postre de Pimentón dulce de la Vera

 

Volcamos la salsa sobre la olla donde están las carrilleras cocidas y su agua. Calentamos hasta que llegue a hervir y posteriormente bajamos el fuego a la mitad, durando cocer unos 20-25 minutos. Incorporamos el pimentón y dejamos cocer otros 5 minutos.

Sacamos las carrilleras y las reservamos en otro recipiente. Trituramos la salsa con una batidora de mano y calentamos en fuego medio hasta que reduzca. Cuanto más reduzca más concentrado de sabor tendrá la salsa y más densa. El punto definitivo va en gustos. A mi personalmente prefiero que pueda mojar pan sin empaparlo de agua. Rectificar de sal y pimienta si necesitase.

 

6.- Presentación

 

Me gusta acompañarlo de patatas fritas o sobre una cama de puré de patatas.

Carrilleras cubiertas por su salsa, adornada con alguna hierba que tengamos a mano o cebollino.