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19.4.20

Cuando el tanatorio es la casa





Presto espacio a mi hermano Valentín para publicar su relato actual sobre el dolor por la pérdida de un familiar por el virus

Cuando el tanatorio es la casa

Una noche de estas, a una hora de estas en que hoy día es normal hacerlo, recibí una llamada de las que ahora empieza a ser costumbre recibir.  “Están solos en una casa, se ha muerto de repente, nadie esperaba esta evolución, están destrozados, confusos y encima sin poder ver a nadie”. 
Les llamé enseguida. Mucha gente no sabe que no es tiempo de duelo, no lo es aún pero parece oportuno hacerles llegar mi cercanía de acompañante o de profesional dispuesto a escucharles en un momento de soledad y confinamiento. No tengo pautas ni quiero tenerlas y menos dárselas y en la conversación surge pensar juntos. Al escucharles, nace una idea insegura y, con ese tono, la expreso, en este intento por entender el paisaje en el que esa familia que llama se encuentra. 
“No hubo tanatorio, no habéis podido despedirle. Me pregunto si quizá vosotros habéis sido vuestro propio tanatorio y quien sabe es posible que estemos inventando tanatorios alternativos en este momento”. Resulta tan balsámico el abrazo de muchos que hay sed cuando no lo hay. Pensamos juntos como digo durante un rato de conversación telefónica. 
Los seres humanos hemos inventado tanatorios para poder tener espacios de preduelo, de toma de conciencia de la muerte, de despedida del cuerpo que ocupa la persona, de trato digno al final de la vida. También lo hacemos para sacarlo de la casa, quizá buscando que haya una separación y evitar que las imágenes de la película de la muerte se mezclen con objetos de vida y, de este modo, poder respirar a veces.
Antes, no hace tantos años, los muertos se velaban en las casas y por tanto, se vivían escenas que incorporaban la muerte como parte de nuestra historia y en otros países se sigue haciendo así. El que las personas fueran muriendo más en los hospitales trajo los tanatorios. El primero de nuestro país comenzó su servicio en 1968 y cambió nuestra forma de velar nuestros familiares que mueren. 
El hecho es que aquí hace unos años que acudimos al tanatorio y, sin embargo, ya lo echamos de menos porque es el lugar donde se congregan todos los que nos quieren dar testimonio de cariño o al menos de que tratan de entender nuestra pérdida. También lo echamos de menos porque nos permite un tiempo de convivencia separada por un cristal que nos sirve para dar un espacio de homenaje y de lugar de protagonismo a esa persona querida cuando la perdemos.  
Vuelan por la red  documentos, con cierta razón pero en modo apocalíptico a menudo, que avisan de duelos complicados que nos esperan por no tener despedidas como solemos, como queremos, como pensamos, a veces incluso, que debemos. Cada vez hay más consejos sobre cómo hacer actos de despedida alternativos. Los he leído, me llegan al móvil compartidos por mucha gente que sabe que vivo una  vida de acompañante en duelo.  Dan buenas ideas sin duda aunque me pregunto a menudo si la mejor manera de ayudar es dando pautas aunque a veces se vistan de sugerencias.
Muchas de las personas que acompaño estos días no se sienten cómodas con actos de este tipo porque no les sale, ni siquiera en un momento tan excepcional como el de la pandemia y el confinamiento, encender una vela o escribir algo; les resulta extraño y lo que los expertos estamos prometiendo que les servirá no termina de servirles porque se sienten raros haciendo estas cosas. He hablado con personas y familias estos días a las que sí ayudaban este tipo de acciones. Muchas de ellas ya habían buscado formas propias, de hecho. 
Las personas que lo afrontan totalmente solas estos días sufren el confinamiento que se les hace torturantemente lento. 
Es difícil, casi imposible, que nada sustituya la presencia de un familiar o amigo. A diario, me dicen que la casa se les cae, ven pasar las horas, las van simplemente descontando y así transcurren los días. Algunas personas van haciendo camino, encuentran sentido en la muerte de los seres queridos desde creencias religiosas que les dan un contenido de significado en la esperanza de que están mejo allá donde estén. Otras van haciendo camino de otros modos. 
En este sentido, nada es verdaderamente nuevo: su duelo, como travesía del mar de dolor no ha comenzado aún. Si vinieran al centro de escucha o a una consulta les diríamos que es pronto como para pensar en todo esto y que vinieran para abordarlo al mes o a los dos meses. 
El confinamiento nos puede llevar a los profesionales o voluntarios que acompañamos a estar cerca y disponibles  pero nos encontraremos con que muchas personas no querrán hablar o, al menos, no demasiado. 
A los que escuchamos, los encontramos repitiendo lo vivido como si fuera una lección que aprender. El acompañante que tiene gafas de duelo comprende que esta repetición que parece que les vuelve locos es un modo de ir entrando en la verdad. Para ellos repetir un relato una y otra vez es una forma de ir creyendo y asumiendo. Esto ocurre, sobre todo, en un momento en que la noticia de la muerte es una llamada o un mensaje y no hay vista que lo corrobore. 
Recupero ahora la conversación de la otra noche: Hablamos de lo que se hace en el tanatorio: Salas familiares separadas por un nombre y un número nos llevan a encontrarnos de forma incómoda a menudo con personas que queremos y con otras que simplemente vienen. Llegan mensajes que no se leen normalmente, le pasamos el teléfono a otro: “hazte cargo, por favor, no quiero hablar con nadie”
Algunas personas hablan, otras están en shock, se hace una oración o se lee o se canta algo y hay un mar de abrazos o gestos corporales. A veces  el tanatorio es pesado, los visitantes van pasando con el cariño que traen pero muchas veces sin saber qué decir y se van deprisa. Algunos permanecen en silencio, se hacen grupos, hay saludos de muchos que hace tiempo que no nos vemos. Esto es lo que estamos echando de menos y además y sobre todo ver y cuidar el cuerpo del que despedimos. 
Un tanatorio en la casa es todo lo que podemos tener en esta hora de confinamiento. No hay muerto, solo hay dolientes y  estos, destrozados o incrédulos o todo a la vez. 
En este caso, para esa familia con la que hablaba la otra noche, su tanatorio fue vivido de modo nuevo. La gente, mucha, muchísima, según me decían aparecía a mares mandando mensajes que antes de esta situación nueva quizá no hubieran leído pero cuyas palabras ellos se bebían ahora como la mejor agua balsámica posible. Otras personas llamaron y algunas videollamaron. Se hizo presente un aluvión de reconocimiento que, además iba desgranando el peso de la persona fallecida, su aporte al mundo, la huella dejada en tantos. Además había espacio para afirmar la tremenda injusticia percibida en esta muerte que encuentro en tantos otros. 
De repente, en este tanatorio de casa no hay salas únicas familiares porque hay una apertura a muertes compartidas hoy con la misma suerte lo mismo que lo comparten los familiares de un accidente de avión o de tren que de repente comparten un mismo dolor y eso les une.  Como pude comprobar este pasado verano cuando mezclado, cerca pero lejos y con respeto estuve en el jardín del recuerdo de las víctimas del AVE, en Angrois o en tantas otras ocasiones. 
Este tanatorio, que es la casa, no tiene el cuerpo pero sabe que el cuerpo es velado por otros y en este momento la confianza en el otro es la mejor arma para mirar vida: En Madrid hay curas que visitan el Palacio de Hielo y hacen memoria de las personas que han fallecido y que aguardan que sea posible incinerarlos. En los hospitales y residencias, los profesionales hacen despedida, inventando a veces las vidas para hacerlas cercanas o tratan de que los familiares aún puedan tener una última imagen o palabra dicha o recibida. 
Al final de día, como ocurre en el tanatorio a menudo cuando las visitas van marchando, esta familia se quedó sola y pudo hablar íntimamente de la persona dando valor a lo que era, llorando juntos y abrazandose. Sin pautas, sin hablar de duelo, sin entrar en pistas, esta  familia hablando con otros comprendió que la capacidad de inventar ritos y las pautas las tenemos dentro. 
La fortuna de acompañar es que podemos ser testigos de esta grandeza humana aún en un momento de sentir profundamente su indudable pequeñez. 

Valentín Rodil Gavala
Acompañante en duelo, psicólogo. Responsable de la Unidad Móvil en Crisis y Duelo San Camilo