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29.9.20

Palomo cojo

 


Relato publicado en el libro: El palomar

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Palomo: Manolo / Paloma: Pruden, su hermana


    Pruden es una mujer muy ordenada, limpia como buena manchega, muy de su casa. Su rutina diaria no era alterada por nada, festivos o no, todos los días contaban con la misma dinámica mañanera.

Abría todas las ventanas para ventilar la casa durante el tiempo del desayuno y sacaba la ropa de la cama, también por la ventana, para airearla. Después barría las habitaciones que más se usaban: la salita, la entrada, la cocina, el dormitorio y el baño. Luego venía el tiempo de la fregona, cuya agua cambiaba en cada habitación; salvo cuando terminaba la última de ellas que, entonces, reservaba el cubo con el agua y la lejía para fregar, ahora con el mocho viejo, la acera de su casa.

Barría la acera correspondiente a su fachada con una escoba de mano. Tras repasar la acera y empujar lo poco que había a un recogedor, pasaba la fregona con porte orgulloso, ya que se sabía observada por las vecinas, que siempre comentaban lo muy limpia que era.

Volvía dentro de la casa y le preparaba el desayuno a su hermano Manolo, que en todo ese tiempo se había refugiado en su despacho. Este lo utilizó cuando trabajaba, hace años, de comercial de la cooperativa de aceite de su pueblo. Manolo era muy conocido porque fue gerente de la cooperativa Virgen de la Roca durante treinta años. Muy afable y con gran don de gentes, su casa siempre abierta y la sonrisa preparada para atender a sus vecinos. Soltero como su hermana, ambos se mantuvieron en la casa de sus padres, viviendo y cuidándose el uno del otro.

Pruden es modista y costurera. Recibe a las mujeres en su salita y tiene una gran lista de clientes reincidentes. La salita está siempre provista de las últimas revistas de moda y de cotilleo. Las fotos de las famosas asistiendo a una boda o en una fiesta eran la inspiración de sus clientas, que siempre decían: Cópiame uno como este, el que lleva la Infanta en la boda, pero un poco más alegre, que parece una monja con ese escote cerrado.

Siempre las complacía, había heredado las mismas habilidades de su hermano. Era muy agradable y sociable, esa amabilidad y tener su casa siempre abierta le permitía recibir muchas visitas y generar pedidos que las mujeres no se habían ni planteado. Hablaba muy alto, casi gritando, y era muy extravertida. Tenía la virtud de ser la primera en enterarse de todo, quién había muerto, quién estaba enfermo, quién se casaba, quién se descasaba, todo pasaba por su consulta, como llamaba Manolo a la salita bien iluminada donde, por las tardes, se animaba la charla de palomas gorgojando sin parar.

Manolo, desde que se jubiló, frecuentaba todos los días, antes de la hora de comer, los bares de la plaza, donde alternaba con los hombres y se ponían al día de sus quehaceres. Nunca se le conoció novia ni relación, todos admitían su homosexualidad no confesa a diferencia de otros casos donde el amaneramiento les ponía a la opinión pública en contra. En la Cooperativa trabajó muchos años un tal Miguel, pero todo el pueblo le llamaba Lola porque su ídolo fue Lola Flores y su amaneramiento era muy flamenco.

Manolo es muy masculino, nunca se insinuó a ningún varón conocido, salvo alguna escapada a un burdel de Madrid cuando iba a la feria de la alimentación. Allí perdió su virginidad a los cuarenta y ocho años con un chapero de veinte años, que le guió en su desahogo. Durante quince años, esta es su única escapada anual, el resto del calendario se ajusta entre el pueblo y los viajes que realizaba para vender el aceite.

Siempre se le iba la mirada a los más jóvenes, casi niños. Le atraían los silenciosos a la salida del Instituto, buscaba sin atreverse un clon a lo que él sintió en su juventud. Nunca le gustaron los chistes de coños, tetas o culos. Las frases malsonantes de sus amigos respecto a las vecinas solo tenían definición de caza mayor, no de respeto. A él le gustaban los más callados, los más apocados, sin vello y con voz suave.

En los últimos tiempos, su imaginación se alimentaba con los hijos de su vecina María. El segundo era de su tipo, no le gustaba el ejercicio ni los deportes ni salir con amigos. De vez en cuando le preguntaba en la calle cómo estaba y cómo le iba en el colegio, pero el chico, educado y sonriente, siempre abreviaba los encuentros y se apresuraba a su casa. Alguna vez había notado la mirada de águila de María para dejarle claro que estaba vigilando y que no iba a consentir que le tocara un pelo a su hijo de dieciséis años. Pero Manolo sabía muy bien que una cosa es la imaginación y otra muy distinta es atreverse. Además, ya había decidido muchas décadas atrás que toda posible relación tendría lugar fuera del pueblo.

Manolo solo mira, alimenta su deseo con la imaginación. Y empezó a preparar cada vez con más reiteración viajes a Madrid: que si voy a ir al fútbol a ver a mi Atleti, que si vamos al teatro, que si comida de antiguos clientes de la cooperativa… Estaba más activo sexualmente a los sesenta y ocho que nunca.

Pruden, a diferencia de él, no es homosexual. Simplemente ella es muy fea y ningún hombre la quiso. Aunque agradable al trato, su cara y su cuerpo cuadrado no le dieron muchas oportunidades. Ella sabía que a Manolo no le iban las mujeres y que su comportamiento en el pueblo era sencillamente egodistrónico, se rechazaba como era él. Pero estaba equivocada, Manolo estaba reprimido y autoreprimido en su entorno rural, cosa que aprendió para no verse rechazado por sus iguales en su pueblo. Pero Manolo tiene sus sentimientos y sus necesidades. Su sueño había sido siempre haberse ido a vivir a Madrid o a Barcelona, donde pudo haber tenido una vida plena sin esconderse, pero no se atrevió. El pueblo tira mucho a los inseguros, pues se sienten muy cobijados en las costumbres y en las personas. Tampoco se atrevió a dejar sola a Pruden en el pueblo.

Manolo salió a dar su paseo hasta la plaza, donde se encontraría con sus amigos de aperitivo. Iba despacio por la acera, se le apreciaba una pequeña cojera al andar, un recuerdo de su caída de una mula al trote cuando tenía seis años. En aquel incidente cayó mal y su pierna se rompió por dos partes, el muslo y el tobillo. No le curaron bien y cuando cicatrizó, su pierna derecha resultó un centímetro más corta que la izquierda. 

Un palomo cojo 


3.2.20

La madre de Venancio

- Venancio ¿Qué vamos a hacer ahora?
Paca se muestra desbordada por las circunstancias, implora una solución a su único hermano y además el mayor. El tanatorio lo han construido en el municipio vecino, gracias a un convenio de mancomunidad. Se queda pequeño para la ocasión. Despedir a Venancio Olmo muy querido en la comarca exige mayor capacidad y salas más cómodas. Muchos vecinos ancianos, casi impedidos, vienen a mostrar su último homenaje, vienen acompañados, por familiares la mayoría o por una asalariada sudamericana que les presta compañía y trato humano. 

Venancio durante años fue alcalde de su villa y prohombre de la comarca, dedicado a su campo, sus ovejas y la fábrica de queso. Para él cerrar la fábrica once años atrás le supuso el mismo dolor que perder un hijo al que has criado. Sus hijos emigraron a Madrid buscando otra vida y la encontraron, como tantos hijos del pueblo. Actualmente el pueblo se ha quedado vacío, solo moran personas mayores acompañados de apenas seis niños necesitados del autobús diario que les acerca al pueblo vecino para ir al colegio. Es un pueblo sin futuro. Salvo en verano que duplica su población acogiendo a los emigrantes que regresan buscando vacaciones tranquilas y baratas, son todo baratas.

- Te acompaño en el sentimiento

Venancio recibe condolencias de personas que no conoce de nada, las agradece con cara compungida, la que se espera que debe poner. Los últimos años de vida de su padre fueron duros para él, perder la vista por culpa del azúcar, vender el ganado al no poder mantenerlo y cerrar la fábrica. Desde entonces la relación pare e hijo se hizo más tensa por la intransigencia producto de la edad y por la negativa del hijo a dejar Madrid para mantener el negocio familiar que a duras penas ganaba para mantener a una familia.

Desde el pasado mes de junio, Venancio disfruta de su jubilación, tras cuarenta años trabajando como conductor de autobús en una empresa de servicio discrecional. Convive junto a su mujer Olvido en un barrio obrero de la periferia de sur de Madrid, con su hija pequeña, fea y orgullosa como su madre. Difícil que encuentres un tonto como yo para casarte hija, le ha repetido en varias ocasiones. La niña ronda ya los treinta y no se le conoce varón. Trabaja en una gestoría del barrio como administrativa con un sueldo bajo y expectativas más bajas todavía. El mayor, Oscar, al que se negó a poner su mismo nombre, se casó hace unos años y con dos hijos lleva su vida con normalidad. Poco pasa por la casa familiar. Evita cruzarse mucho con su madre, siempre capaz de crear conflictos donde no los hay.

La vida de Venancio es aburrida, se encarga de los recados diarios, hace su paseo rutinario y una vez a la semana queda con sus amigos de la peña amigos de los toros para ver una corrida en la tele de un bar con ambiente taurino que frecuentan habitualmente. Olvido le mangonea lo que no había hecho hasta ahora, fue dejar de trabajar y encontrarse instrucciones diarias de su mujer que desde el primer minuto dejó claro que no le quería a su lado como una sombra.

- Venancio, tenemos que hablar.

Paca sube el nivel de ansiedad de su tono al de queja.

- Espera a que sea la hora de comer, se irán todos los vecinos y nos quedaremos tranquilos.

A la una y cuarto comienza el desfile de dolientes de regreso a su casa, ya han cumplido, les han visto los familiares y el resto de vecinos atestiguan que han estado. A las dos y diez no queda ninguno. Olvido junto con la niña se llevan a la viuda a casa para que descanse un poco, coma algo y se tome su medicación. Paca y Venancio se quedan solos, cierran con llave la puerta del velatorio y se encaminan a la cafetería del edificio para comer. El menú es poco variado, les vale, no son exigentes. Comen para alimentarse, sin buscar lujos ni placer, no valoran el paladar. Todo les viene bien, su origen humilde les moldeó en la mínima exigencia en el comer. Pisto con huevo y filete a la plancha.

- ¿Me lo puedes poner todo en un plato?
- A mí también, gracias

Sentados en una mesa apartada, con una cerveza en la mano cada uno, los hermanos valoran las opciones.

- Madre necesita ayuda, no puede estar sola. Recién operada de cadera, tiene la movilidad muy reducida, necesita un andador para desplazarse incluso en casa.
- Ya. Tendremos que buscar a alguien de compañía, como tienen todos.
- Su pensión va a ser muy baja, me ha confirmado tu hija que lo ha mirado en su gestoría. Tu padre cotizó muy poco, a ella le van a quedar cuatrocientos euros al mes de pensión, con eso no tiene para pagar la compañía, su comida y los recibos de la casa.
- Pues tendrá que vender las tierras
- Escasos cincuenta mil euros sacaremos por las tierras.
- Pues buenos son, estirados le llegan para varios años. Al final tiene ochenta y nueve años, poco va a gastar
- Ya que estás jubilado, ¿te has planteado vivir en el pueblo?
- ¿Yo? Ni Olvido ni yo estamos hechos para vivir en el pueblo y menos para estar cuidando de Mamá. Y ya que preguntas ¿y tú?
- Sabes que estoy trabajando, me quedan cinco años para jubilarme y siguen en casa mis dos hijos que no se van ni con agua caliente. Se podrían ir con su padre, pero no quieren. Viven muy bien a la sopa boba
- Solo se me ocurre buscar a alguien de compañía
- Cobran unos mil euros al mes, yo no tengo dinero
- Ni yo, mi pensión es ridícula y sigo con la niña en casa. Ni puedo pagar ni mil ni quinientos euros. Vendemos las tierras, con eso tenemos para unos cuatro años
- ¿Y después?
- Dios dirá
- A mi, me vendría muy bien mi parte del dinero de la venta de las tierras y de la casa del pueblo
- Y ¿Qué hacemos con Madre?
- Nos la repartimos, un mes casa uno
- ¿De paquete? ¿Un mes en tu casa y después otro mes en mi casa?
- Tenemos sitio, tú tienes la habitación del chico que ya se fue y yo tengo una habitación libre que sería para mí y a Madre la dejo mi cama
- Tú estás loca. No podemos hacer eso, primer pensando en Madre, luego pensando en nosotros
- Lo he hablado con ella y está de acuerdo
- Ya me imagino la conversación, dinero, lo que cuesta, lo más barato y somos pobres. No creo que Olvido esté de acuerdo, además en mi casa no hay ascensor no la veo subiendo dos tramos de escaleras
- Olvido me ha dicho que lo que Madre necesite
- Alucino ¿le has contado todo? hablaré con ella
- Creo que no hay otra salida, no tenemos dinero, ella tampoco, las cuidadoras cuestan mucho, no se puede manejar sola, el ayuntamiento no tiene medios para atender a tanto anciano necesitado y solitario. Necesita a la familia

Venancio se siente acorralado, en su fuero interno sabe que es un error, no encuentra argumentos convincentes para oponerse. No lo ve por ningún lado.

- Luego hablo con Olvido
- Esto tenemos que solucionarlo los hijos
- Sí pero es mi mujer, vivimos juntos y su opinión me importa y mucho. Tú te divorciaste hace años y decides solo por tu cuenta. Estás forzándome a tomar una decisión dejándome sin salidas y sin poder consultar, no eres justa. Si tanto interés tienes, llévatela contigo y yo colaboro en los gastos.

Olvido no le facilita la decisión, tampoco se la cierra, lo deja todo el manos de Venancio.

- Si tu madre viene a casa, no quiero saber nada de ella, tú te encargas de lavarla, pasearla, llevarla al médico. Yo no voy a ser su cuidadora, que te quede claro

Venancio se siente atrapado, por un lado su hermana con un planteamiento económico apabullante, por otro lado su madre que no puede quedarse sola y por el lado contrario Olvido, madre e hija. decida lo que decida, está perdido, se va a equivocar con alguien. La tarde en el tanatorio se pasa muy despacio, a penas tres visitas, vinieron casi todos por la mañana. A la mañana siguiente, durante el entierro, Paca le vuelve a insistir.

- Tenemos que decidir
- De acuerdo, no parece que tengamos muchas opciones ¿verdad?

Ambos fijan los turnos, su madre irá por meses completos a vivir con sus hijos turnado su estancia turnando las casas. El que empieza turno se encarga de ir por ella a casa del hermano que cede la custodia el último día del mes.

Los primeros meses de convivencia sirven para ajustar los ritmos de la vida en los diferentes hogares. Venancio se relaja en el tercer turno, su temor a los roces entre su madre y Olvido son infundados, la convivencia es amena, enriquecedora e incluso fluida entre ambas mujeres. La vieja hace de abuela con la nieta y de suegra amorosa con la nuera. Hacer de madre es otra cosa. Construyen una gran alianza femenina, Venancio está rodeado, criticado, vigilado. Está solo en su propia casa.

La vida fluye, los turnos alternos ordenan la vida en ambas casas. Venancio ha dejado de temer por la convivencia, solo lamenta su suerte durante el mes de disciplina materna. Paca está feliz, encuentra que la solución es muy óptima y desde que pudieron vender las tierras y la casa, su situación económica ha mejorado.

Un año entero dura la armonía en casa de Venancio, el tiempo justo para el primer desencuentro entre Jimena, la abuela, y Olvido. La discusión es tremenda, las lenguas salpican veneno, mujeres luchando verbalmente, solo puede haber una señora de la casa. Jimena ha llegado a creerse que podría ser ella, no contaba con el fuerte carácter de Olvido. Desde ese momento, la convivencia se agría en casa. Venancio se pasa el día intermediando entre ambas. La disposición de Olvido para pasar la tarde con su madre hablando ha terminado. Venancio se encarga por las mañanas del aseo de su madre, su paseo ayudada con su andador. Tras la siesta de la tarde, se sienta cerca de ella por si quiere conversación. Con él no es lo mismo, no acostumbra a hablar con hombres, solo con mujeres. Lástima que ya no se crucen palabra.

- Madre, podría disculparse con Olvido
- Quia
- Madre, vivir así es muy duro
- Buf

Hasta el día del cambio de custodia, Olvido mantiene su cara de amargada demostrando el disgusto por convivir con su suegra. Se permite relajarse en cuanto sale Jimena por la puerta. Tiene un mes por delante para vivir. 

Esta situación no puede perpetuarse, no debe, pues lo hace, sigue así durante meses. El orgullo de ambas mujeres no les permite ceder. Venancio nota que su tensión crece con cada custodia. Su madre, cada vez más molesta, demuestra con su comportamiento que no piensa acomodar su estancia.

- Quiero volver al pueblo
- Madre, la casa se vendió
- Pues la compráis de nuevo
- Eso no puede ser, madre
- Tienes que arreglar esto, yo aquí no vuelvo y a la pesada de tu hermana no la aguanto más
- ¿Ha pensado que el problema puede ser usted?
- No haberme sacado del pueblo
- No puede vivir sola
- Mejor sola que mal acompañada

La última semana, Jimena está especialmente picajosa, todo le viene mal. Lleva dos semanas que no ha querido salir a la calle, por el frío, pasea por la casa a todas horas con su andador, dificultando el tránsito  y molestando a su nuera en su pequeña casa, chocando con los muebles y las puertas. No pasa tarde que Olvido olvide relatar todos los inconvenientes que provoca la vieja a Venancio. Pobre Venancio si no tiene bastante con cuidar a su madre, las quejas de Olvido le abrasan la mente.

- Paca, al otro lado del teléfono, no puedo más, esto no puede seguir así
- ¿Y qué hacemos?
- He hablado con varias residencias cerca del pueblo, parece que la Comunidad Autónoma subvenciona la estancia y solo les cobra el noventa por ciento de su pensión
- ¿Entonces?
- Vamos la semana próxima, he conseguido cita en la residencia La viña. Es posible que hasta conozca a algunas de las internas. Estará en su ambiente y nos liberará a ambos de estos turnos. Yo no puedo más, voy a cumplir setenta años y no estoy para estos disgustos
- Yo tampoco puedo con ella
- ¿Quedamos entonces el lunes? vamos con ella y si le gusta, se queda.
- Le gustará

Jimena regresa a su tierra, abandona el Madrid que siempre odió, los cambios de casa, sintiéndose siempre extraña y una carga en familia. Recupera su sonrisa al reconocer a dos amigas en la residencia. El fisio la ayuda para dejar la dependencia del andador, las cuidadoras la animan. Hasta sonríe un poco. No echa de menos a sus hijos, son de otro planeta. A la hijaputa de Olvido no la quiere volver a ver. Sus hijos la han tratado como una enferma desvalida, la han despojado de sus bienes, se han repartido la herencia y la han hecho sentir que sobraba. ¡Que les den!. Con noventa y dos años no tiene que aguantar nada de esto.

Venancio no consigue renovar el carné de conducir, no supera el examen médico. Para ir de visita depende de a su hija le venga bien llevarle. Las visitas se espacian durante meses. La memoria de Jimena se ralentiza y no hace cuentas. En la última visita no le reconoce.

Jimena deja entre sus cosas, una carta destinada a cada una de las personas de su familia. La encargada de la residencia se las entrega a Venancio el día que recoge sus pertenencias tras su entierro.

Venancio abre la carta destinada a su mujer, se teme a su madre, prefiere violar la correspondencia a tener un disgusto en casa

Querida Olvido:  Pasé unos meses muy agradables en tu casa y nunca te agradecí lo suficiente tu hospitalidad. Tu amargura de carácter provocó nuestro desencuentro que podrías haber evitado. Me condenaste a una convivencia aburrida con el amargado de mi hijo. Os deseo a los dos una larga vida para que podáis disfrutar juntos de la amargura e insatisfacción que tenéis en común, de esta manera valoraréis lo que me tocó vivir a mí en vuestra puñetera casa. Firmado, Jimena.

Con cierto desespero, abre el sobre dirigido a él

Querido hijo: Ya me he ido, descansa. ¿Te has planteado lo poco que se parecen a ti tus hijos? A saber con quién los hizo esa bruja. Firmado, Madre.

El resto de cartas terminan en la estufa de la entrada de la residencia. El odio arde muy bien. Hace una bola con las dos cartas abiertas y las lanza con rabia al centro de las llamas. Joder con la vieja.

6.1.20

Paloma viuda


Ascen enviudó hace dos años y se atrevió a quitarse el luto escasamente el mes pasado. Su Lorenzo se fue muy pronto, tras una enfermedad letal que desde que dio la cara hasta el suspiro final, fueron dos meses apenas.
Se casó con Lorenzo con veinte años y sus veintidós de vida de casados fueron agradables y fáciles de llevar. Dos hijas tuvieron, Ascensión, que hoy tiene veintiuno y Ramona, a quien llamaron así por su abuela materna pero que solo respondía al nombre de Mina, con diecinueve. Ambas estudian en la Universidad en Madrid. Su Lorenzo dejó muy preparado el futuro de ambas, asegurándose de que tuvieran un porvenir con mayores oportunidades.
Ascen se quedó sola en el pueblo, habitando esa casa grande que se construyeron en los años de bonanza. Lorenzo y Ascen regentaban un negocio de venta de electrodomésticos, siempre les fue muy bien. Ambos eran muy agradables y conocían cómo se maneja el vecindario, vendiendo a plazos a quien lo merece e incorporando un servicio de atención a domicilio a cualquier hora y día de la semana. El negocio seguía próspero porque Ascen no lo había abandonado, incluso le dedicaba muchas horas del día para llenar su soledad. 
Se quitó el luto y no le faltaron críticas a sus espaldas, no le importó. Dos años de luto son más que suficientes, no tiene intención de enterrarse en vida tras las ropas negras y con cuarenta y cuatro años. Ella tiene una figura muy atractiva, ojos grandes color avellana, melena corta hasta el final del cuello, pelo abundante, las curvas que tenía que tener y unas piernas largas. Se notaban carnes prietas. Una belleza.
Se gustó el primer día sin luto, cambiar medias negras por otras más claras, ponerse falda de color beige, acompañada de una blusa con un escote entreabierto que permitía insinuar su generoso pecho, terso y sin problemas de gravedad. Ese día volvió a sentirse mujer.
Salió a la calle decidida. Durante el corto paseo hasta su tienda, sintió las miradas de las mujeres a su espalda y alguna mirada de admiración masculina a sus andares, Ascen había vuelto.
Habían pasado dos meses desde aquel día y en la tienda se presentó Eulalia, la hermana mayor de su amiga Elisa. Su padre se empeñó en que todas sus hijas tuvieran un nombre que empezara por E: Eulalia, Elisa, Eva y Emilia. No tuvo hijos.
—Buenos días, Lala. ¿Necesitas algo? —la saludó sonriente Ascen, y sorprendida. Sabía que su familia, salvo Elisa, compraban en otra tienda de electrodomésticos que regentaba un primo de su padre, en la otra punta del pueblo.
—Ascen, vengo a hablar contigo. ¿Tienes un sitio más privado? —Ascen hizo una señal a su empleada y acompañó a Eulalia al pequeño despacho que tenía al final del local, donde ordenaba las facturas y tenía el ordenador para llevar la contabilidad de la tienda.
—Pasa, Lala. Es pequeño, pero suficiente para estar las dos tranquilas. Dime, ¿qué necesita tanto secreto?
—Como ya no estás de luto, todos los hombres del pueblo entienden que puedes ser un buen partido y vengo con recados de algunos a los que les gustaría cortejarte.
Ascen la miró muy sorprendida. Conocía de sobra esa costumbre antigua del pueblo de casar a viudas con viudos, costumbre de los años del hambre, donde se unían intereses: ella buscaba cobijo y mantenimiento, él cuidados y cocinera.
—Madre mía, Lala, ¿todavía se hacen así las cosas?
—Ea, prefieren utilizar una intermediaria antes que ofenderte y quedar en evidencia. Traigo recado de tres hombres que quieren cortejarte.
—Espera, espera —ya alarmada—, no me digas quiénes son, no me interesa y ni lo había pensado. Acabo de terminar el luto, pero por dentro sigo echando mucho de menos a Lorenzo. Además, tendría que explicárselo a mis hijas, que no sé si lo iban a entender. No me digas nada, ni un nombre.
—Ascen, no hay compromiso. Si necesitas más tiempo, así lo trasladaré, pero permíteme que te deje los nombres y te lo piensas con calma, el tiempo que tú necesites. Yo les transmitiré a ellos que es muy pronto aún y que sigues de luto por dentro.
Ascen no salía de su asombro, no se esperaba esta situación. Económicamente está muy bien, la tienda iba mejor que nunca y sus tres empleados eran fieles y honrados. Sus hijas están estudiando en Madrid y viven juntas en un piso que compró en el barrio de Moratalaz, muy bien comunicado. Ambas tenían un coche para desplazarse a clase y al pueblo cuando querían ver a su madre. Sentimentalmente, había descubierto el placer de la soledad, no tener que depender de nadie para nada. El cuerpo no le había pedido alegrías en estos años y parece que ese letargo sexual se mantenía. No estaba preparada para esto y menos para tener que elegir a un hombre a través de una intermediaria.
—Lala, es muy pronto, no estoy preparada. Agradece a estos hombres su interés, pero no me des sus nombres, no les beneficiará en nada. 
—Son buenos hombres, trabajadores, con su dinero y están también viudos. Unos señores limpios, ordenados y muy honrados.
—Lala, que no me des detalles, no me gustaría cruzarme con alguno por la calle y sentirme incómoda. Además, no es el sistema que elegiría para conocer a alguien.
—Bueno, como quieras, pero que sepas que no te van a faltar pretendientes. Eres muy guapa, con la vida resuelta y en buena edad. Solo hay que verte, hija. No quiero incomodarte más, me marcho, que tengo muchas cosas que hacer.
Ascen acompañó a Eulalia a la puerta del establecimiento, su sonrisa había desaparecido, estaba perpleja y no salía de su asombro. Ana, la empleada, notó el cambio de rictus y preguntó:
—¿Todo bien, jefa? —Ascen se giró para mirarla y asintió.
Pasó el resto de la mañana como flotando, en punto muerto. No fue una mañana de muchas visitas de compradores interesados, solo un par de clientes para comprar pequeños electrodomésticos, de los que se encargó Ana.
A la una y media cerraban para comer, hasta las cinco. Ascen volvió a su casa y una vez dentro llamó por teléfono a su amiga Elisa, la hermana de Eulalia. Elisa vive a escasos doscientos metros de Ascen y quedaron en verse a las cuatro, tras la comida.
Elisa, puntual como siempre, tocaba el timbre de la casa de Ascen y pasó al sentir el zumbido del pulsador que dejaba franca la puerta. Se dirigió directa a la sala de estar, donde sabía que Ascen tenía su rincón de leer.
—¿Qué es eso tan extraño que te ha pasado? —preguntó a modo de saludo Elisa.
—Hola, Eli, siéntate, que vas a alucinar.
Ascen le contó a su amiga la conversación de la mañana y Elisa, con una gran empatía, acompañaba su asentimiento de cabeza con sonidos que afianzaban la continuidad de la conversación: Ea… Hum… Mmm, Siii…
Elisa quedó en silencio mirando a los ojos de Ascen, tomó aire y sentenció:
—Joder con mi hermana. Sí, joder, mira que es antigua la jodía, y cómo le gustan estas cosas de ir de celestina, aparecer en todos los entierros, estar en todos los fregaos. Yo no le haría mucho caso. 
—Pero me ha hecho pensar.
—Claro, parece que te han despertado de un tortazo. A ver, Ascen, tienes dinero, una buena casa, tus hijas son mayores, una buena edad y encima eres muy guapa. No creo que te extrañe tanto ¿no?
—No me había parado a pensarlo, la verdad. No me he fijado en ningún hombre desde lo de Lorenzo.
—Amiga mía, enhorabuena, estás en el mercado. No te van a faltar pretendientes.
—Los hombres del pueblo son casi todos iguales y no me atraen. Además, tu hermana me hablaba de viudos, seguro que todos viejos, solitarios, buscando cocinera y compañera de cama. Yo le pido algo más al matrimonio. No estoy preparada, con lo bien que vivo sola ahora.
Elisa asentía. Se acercó para coger de la mano a su amiga:
—Haz lo que te pida tu cuerpo en cada momento —comentó mientras apretaba la mano de Ascen —y empezó a reír sin soltar la mano—. ¿Te imaginas a los viejos del pueblo rondando tu tienda todos los días? Piensa en Celedonio, que solo tiene dos dientes en la boca.
Ascen soltó la mano de Elisa de golpe:
—Quita, quita ¡Qué horror! ¿Te imaginas? ¡Ajjj! Ya no se me va a quitar esa imagen en todo el día, casi me dan ganas de volver a ponerme el luto.

—Vete este fin de semana a Madrid con tus hijas, distráete un poco y te ríes contando la anécdota de mi hermana la Celestina.

19.12.19

Paloma sobrina

Anselmo cuenta con sesenta y cinco años de edad, lleva como párroco de la Iglesia Mayor de Santiago los últimos catorce. Se siente muy bien en este pueblo, sus habitantes le acogieron con gusto, a diferencia de lo que ocurrió con su antecesor. Es un caso atípico, pues los habitantes de estos lares suelen ser desconfiados con los forasteros. Su carácter abierto y sonriente le abrió muchos corazones y muchas invitaciones para merendar en casas de sus feligresas.
A los dos meses de llegar al pueblo, decidió traer a la casa parroquial a su prima Elena, viuda desde los treinta años, ella tiene quince menos que él. A Elena la acompañaba Pilarcita, su hija, que entonces tenía cinco.
Elena siempre viste de negro, guardando un luto riguroso y propio de su condición. Lleva una vida retirada del ruido vecinal, prudente y volcada en servir a Anselmo y a su hija. Evita las reuniones sociales, evita llamar la atención y evita cualquier escándalo.
Pilarcita ya solo responde como Pilar. Muy abierta, amiga de todo el mundo, se relaciona con los demás con naturalidad. Es muy buena estudiante, tanto que consiguió matricularse en la UNED de Valdepeñas. Se pasa el día estudiando de manera metódica, dedica seis horas diarias a ello, salvo los días que va a tutoría y que para ello marcha a Valdepeñas pronto, llena de las preguntas y dudas que le muestran cómo avanza en sus estudios. Pilar, delgada y alta, como su padre, eso decía siempre Elena, viste de color, le gustan las faldas amplias y los colores animosos. Se atreve con naranjas, verdes limón, amarillos… todos los colores le quedan bien. Sonriente, afable y de fácil conversación, ella es muy popular entre todos los de su edad y con los que ha coincidido en el instituto.
Pilar, oficialmente, es la sobrina del cura, incluso ella le llama tío Anselmo. Cuando la preguntan por su padre, suele repite la misma historia: Se llamaba Ignacio y murió en un accidente de moto. Por esa razón a Pilar no le gustan las motos, son muy peligrosas.
La sonrisa de Pilar recuerda mucho a la de don Anselmo. Hace una vida muy normal, muy propia de su edad, sale con los amigos por la noche del sábado, baila hasta quedar agotada y el resto de la semana estudia, ayuda a su madre y queda con las amigas; así llena el día. Cada tarde, no perdona acercarse a la misa vespertina de las ocho, antes de cenar. Le gusta escuchar a don Anselmo explicando las escrituras y el pasaje del día del Evangelio. Suele sentarse en un lateral, discreta, pero formal. A misa de ocho solo acuden siete u ocho vecinas y dos vecinos de avanzada edad. Pero a ella le gusta pasarse a escuchar a tío Anselmo.
La casa parroquial tiene varias habitaciones y ella ocupa la más luminosa y cálida, sobre todo en invierno, que aquí es muy frío. En verano prefiere mudarse a la cueva, una habitación que hay en el piso inferior y que se encuentra al final de la casa, casi dando con la iglesia. Dicha habitación está excavada en la roca y en verano es bien fresquita.
Ese verano oyó una conversación en la habitación de tío Anselmo. Este dormía todo el año en el piso inferior, mientras Elena tiene su alcoba en el superior, junto a la de Pepa. 
Pilar intentó estar atenta a la conversación, le resultaba muy curioso escuchar a tío Anselmo hablando en susurros a las doce de la noche: ¿Estará hablando por el móvil?, es posible; aunque el susurro es tan sutil que apenas consigue entender alguna palabra. Ante aquellos ruidos bajos, amortiguados, casi inexistentes, se mantuvo muy atenta, sin que consiguiera destacar ninguna palabra conexa. Se abandonó y se durmió.
El sábado por la noche, Pilar decidió irse a casa pronto, estaba cansada. La regla la mataba y no tenía el cuerpo para estar bailando y bebiendo hasta el amanecer. A la una y media volvió a casa andando, desde el parque donde están las discotecas hasta la iglesia, en la plaza del pueblo, quince minutos a paso tranquilo. 
Entró con cuidado en casa, pasó por la cocina para tomarse un ibuprofeno con un poco de leche y, tras cepillarse los dientes, se fue a su cueva para dormir. Estaba conciliando el sueño cuando ese susurro familiar la despertó, esta vez había dos ritmos, dos susurros diferentes, uno agudo y el otro grave. Reconoció el ritmo de respiración, le era muy familiar: ¡Mamá!, pensó. ¿Estará tío Anselmo enfermo y mamá lo está cuidando? Sonidos familiares, besos secos, susurros, roce de sábanas, sonrisas… no está enfermo. Al poco rato, Elena se escabulló de manera silenciosa y casi sin pisar el suelo marchó al piso superior. De inmediato sonó el primer ronquido rítmico de Anselmo, definitivamente no está enfermo.
Una sospecha antigua empezaba a germinar en la mente de Pepa: ¿Y si…? Sus sonrisas se parecen, sus cuerpos se parecen, sus andares, sus manos. No puede ser. Mi madre… ¿Cómo ha podido vivir así tanto tiempo?

Se giró en la cama e hizo por dormirse. Dormida, sonreía, en su fuero más interno es lo que siempre había deseado... papá.