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25.3.21

Mutualista vacunado

 



Cuatro semanas después del anuncio del proceso de vacunación para mayores de ochenta años, comienza el turno para los mutualistas atendidos por la sanidad privada. 

Los trabajadores fijos del Estado, Funcionarios, se agrupan en mutualidades en función du cuerpo y destino laboral:  MUFACE - Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado- , ISFAS  - Instituto Social de las Fuerzas Armadas - y MUGEJU - Mutualidad General Judicial - 

El modelo de atención sanitaria para los Funcionarios que eligió el Estado para sus empleados fue la Sanidad Privada. Un contrasentido en sí mismo. El propio Estado privilegia la atención privada sobre la sanidad que entra en su responsabilidad, la pública. Un privilegio asistencial que disfrutan millones de Funcionarios y sus familias. Creo recordar que hace unos años esa elección pasó de ser obligatoria a convertirse en una opción donde el trabajador podía elegir entre sanidad privada o Seguridad Social. No hay color, para el día a día, la elección casi unánime es sanidad privada. ¿Deberían revisar los propios gestores de la Sanidad pública el por qué sus propios valedores eligen el modelo privado? Sonrojo me produce escuchar a políticos en activo que su única experiencia laboral ha consistido en trabajar como funcionario, en su mayoría docentes universitarios, disfrutan de servicios sanitarios privados mientras evocan “lo público” cada vez que hablan. Uno de sus mantras argumentativos que adornan su reconocible demagogia. Algo muy propio de los políticos de la izquierda, hablan con coletillas aprendidas sobre lo que desconocen. Realmente se creen que la vida es como ellas la describen, no se han parado a ver cómo es. Pero esto es otra canción, que me lío. Vuelvo al relato.

Citan con varias semanas de retraso a los mayores de ochenta mutualistas para vacunarse. Las razones del retraso es la consabida ineficacia a la que nos tiene acostumbrados el servicio público, listados incompletos, sin actualizar, envíos tardíos, teléfonos incompletos, mutualistas de avanzada edad en algunos casos dependientes de familiares que no atienden el correo recibido, etc. La vida misma.

Domingo por la mañana, mi madre recibe una llamada del área de salud de la Comunidad de Madrid para concertar cita de vacunación para el siguiente miércoles en el nuevo Hospital Enfermera Zendal. Me ofrezco como acompañante y tras revisar en el navegador del móvil los caminos recomendados para llegar hasta allí, porque el hospital está lejos de todo, enfrente de la Terminal 4 del Aeropuerto Adolfo Suarez. Una excursión.

Llegamos y ante nosotros el nuevo hospital creado por la Comunidad de Madrid para atender enfermos del coronavirus. Una obra de ingeniería sanitaria del primer nivel mundial, envidia de otros países y denostada por parte de los españoles que se oponen a todo lo que hace el contrario, aunque sea bueno. Así somos y no aprendemos. Lo primero que vemos son muchas personas descendiendo de los vehículos que les acompañan, como son mayores, acercarse lo más posible a la puerta para facilitar, en lo posible, a los ancianos el acceso al hospital.

A pie de calle, justo al inicio de la rampa de acceso, unos empleados de seguridad ordenan el tráfico de personas, concurren don grupos de vacunación, con sus accesos diferenciados y separados entre sí. Un grupo formado por  personas de todas las edades que corresponden a trabajadores de actividades esenciales por un lado y los ancianos mutualistas por el otro. La mayor parte de los mutualistas van acompañados por un familiar.

Tras subir la cuesta, toma de temperatura y tomar turno en la fila de espera donde unas cuarenta personas nos antecedecen. La fila avanza rápido, no necesitamos más de cinco minutos para acceder al interior del edificio. Muy bien organizado, con el personal muy pendiente de que todo se sienta  cómodo y atendido. Todo engrasado fluye ágil. Varios celadores ofrecen sillas para aliviar la espera a los mayores mientras guardan turno en la fila. Todos se encuentran fuertes y con ganas de inmunizarse, rechazan las sillas.

La fila plateada transmite un halo de esperanza e ilusión, tras un año .con miedo, recuperar vida es el mejor regalo para la generación que levantó este país después de la guerra. 

El acompañante debe llevar la identificación del mutualista que va a ser vacunado para, una vez inyectado, pasar por administración para inscribir en el registro de vacunados a su familiar. - Explica un celador en la puerta del hospital a cada persona - 

¿Tiene cita?¿Sí? Siga el camino de la derecha hasta la puerta que ven ahí a diez metros - Otra funcionaria organiza el flujo - 

Pase, pase - Un nuevo celador señala a los mutualistas las butacas libres para agilizar el ritmo.


En los módulos preparados para instalar varias camas hospitalarias, han repartido grupos de diez butacas separadas entre sí respetando las distancias de seguridad recomendadas para evitar la propagación del virus. En menos de un minuto una enfermera muy simpática reparte con tono amable frases para tranquilizar e informar a cada mutualista. 

¿Cuántos años tiene usted? ¡Qué ojos más bonitos tiene! ¿Es alérgica a algún medicamento? 

Con seguridad y celeridad ejecuta gestos repetidos cientos de veces, jeringuilla en la mano, dirige el pinchazo con habilidad evitando cualquier molestia al vacunado. 

Le estoy poniendo la vacuna de Moderna, en veintiocho días la llamarán para volver a pincharse la segunda dosis. Ahora quédese aquí sentada quince minutos

Informa al acompañante de la recomendación en caso de dolor o fiebre, paracetamol cada ocho días si le duele. Le señala dónde se encuentra el mostrador de loa administrativos para facilitar la documentación de la vacunada. 

En el brazo izquierdo, le preguntarán en qué brazo se ha pinchado y usted señora espérese aquí tranquila un cuarto de hora. Ahora viene su hijo. Le pego esta pegatina verde en su mascarilla para que sepamos que ya está vacunada

Doce minutos después salimos al exterior. Atravesamos la Puerta de la Alegría en dirección al coche que está estacionado a un par de manzanas de distancia.

Mi madre no dice nada mientras caminamos, noto que su respiración ha cambiado. Tiene ritmo de fiesta, de feria. Está contenta. Una vez sentada en el coche comienza a hacer planes de viajes a la playa sin caer en la cuenta que en los próximos meses no nos van a permitir salir de la Comunidad. A veces es complicado comprender que la libertad que disfrutamos en Madrid no existe en otras regiones, donde regulan más desde la prohibición. En Madrid podemos salir, trabajar, convivir, alternar y vivir con mayor desahogo, siempre respetando las medidas de protección sanitaria, por supuesto.  


Mamá ya falta poco, me extrañaría que nos permitieran salir antes de junio, ya tenemos aquí la cuarta ola. Esto del virus es como el mar, marea alta y marea baja que se alternan. Parece que ahora empieza a subir la marea cuando aún no se ha secado la arena de la orilla y comienza a inundarse. Además, casi mejor esperar un poco más, te queda un mes hasta la segunda dosis y otros quince días para alcanzar la inmunidad plena.

Se siente segura, un año después, respira sin temor.

Bendita vacuna

5.4.20

Su mirada




Sus bonitos ojos marrones fijan su mirada en el fondo de los míos, atrapándolos hasta conseguir que te sientas su esclavo, inmovilizando mi voluntad. Percibo un fondo reconocible de un antiguo mensaje con código de pareja asentada. Acompaña su mirada los labios entre abiertos y húmedos gracias al tránsito de la punta de su lengua.

La imagen taladra mi cerebro, me lleva a tiempos antiguos, más físicos, más de conocer los límites del otro. Mi memoria tarda en identificar los signos en la noche de los recuerdos, la zona donde viven las neuronas más oscuras y dormilonas.

Mi cuerpo reacciona antes que la memoria, ¿será cierto que tenemos dos cerebros?

La cabeza pide cautela, calma, no te precipites, recuerda todas las enfermedades y los riesgos que corres en una aventura física, ahí la memoria sí que fluye la muy cabrona, la imagen de la fila de todos los medicamentos que pautados para desayuno, comida o cena. Uno tras otro, junto con sus interacciones y efectos secundarios que de manera imprudente tuviste que leer y memorizar en su momento.

El cerebro de verdad, está dispuesto, no quiere charla, ha recordado el significado de su mirada. Levántate y anda dijo el profeta, ¡vamos, actúa!

- ¿Qué?
- ¿Vamos?
- ¿A dónde?
- Donde me lleven tus ojos
- Hay tonto, que no tenemos edad
- No hay limitación alguna por los años, vamos
- Y ¿cómo se te ocurre? ¿ahora?
- Sí ahora, me lo has pedido
- ¿Yo? todavía no me he duchado
- Dúchate después

Arancha se resiste poco, juguetea con Manolo, se acarician de camino a la alcoba por el pasillo, caen prendas, las zapatillas se quedaron junto al sofá, el jersey en el suelo de la entrada, la camiseta en el pasillo, el pantalón cómodo de estar en casa ya en la puerta de la alcoba. Un movimiento brusco de Manolo consigue apartar la colcha junto con la manta de la cama principal. 

Bailan un valls conocido, la música la pactaron hace décadas, se saben de memoria las notas, dónde apretar, cuando frenar, acelerar, insistir o gritar. 

La experiencia es un grado, les permite llegar a la cumbre. Tumbados juntos, jadeando aún, celebran su éxito, ríen por su hazaña común. ¿Cuánto tiempo ha pasado?

- Una sorpresa muy agradable
- Tantos días juntos, compartiendo hora tras hora, no sé qué ha pasado por mi cabeza, debe ser el haber estado ordenando fotos, eras tan guapo, atento, amable conmigo
- ¿Era?
- Ahora estás más cascarrabias e impaciente y sin pelo y con la mitad de los dientes ¿qué quieres que te diga?
- Pues te sigo viendo muy atractiva y apetecible
- Adulador
- ¿Repetimos?
- Otro día, ya he tenido bastante y además, no juegues con la suerte, Manolito

- ¡Papá!¡Papá! despierta. ¡Papá!

Alicia, zarandea a su padre que se ha quedado traspuesto en el sillón orejero, su preferido.

- Papá ¿Estás listo? tenemos que ir a por las cenizas para despedirnos de Mamá
- Me estaba despidiendo de ella de la mejor manera. No pude acercarme al hospital, no me dejaron, se fue sola después de cincuenta y dos años en común, no me dejaron ir a despedirme de ella. Ese dolor no me deja vivir.
- Papá, vamos, te vendrá bien salir por fin a que te de el aire. Recitar su nombre a los cuatro vientos, a recordar los buenos tiempos, todos necesitamos poner cara y nombre a la memoria. Ven, tus nietos te esperan en el coche
- La echo de menos ¿sabes Alicia?
- Todos la echamos de menos
- Tengo grabado su olor, su presencia, que llenaba la casa aun sin moverse. Y su mirada. ¡Qué mirada!


17.3.20

Diario de un viejo confinado en casa



- ¿Dónde vas?
- A dar un paseo
- No puedes ni debes
- Necesito que me de el aire, no aguanto más, tengo que moverme. Llevo aquí encerrado una semana entera
- Es una irresponsabilidad hacia ti y hacia los demás
- Me voy, no lo soporto
- Diego, no salgas, no seas cabezón
- Entonces los vecinos de la casa de enfrente, como tienen urbanización privada y cerrada, pueden salir de uno en uno a pasear y nosotros como vivimos donde vivimos ¿no?
- No te fijes en lo que tienes o no tienes, piensa que lo único que te han pedido es que te quedes en casa
- Pero si la calle está llena de viejos paseando y sentados en un banco al sol
- No exageres, que tengamos unos pocos vecinos irresponsables no nos convierte a todos en irresponsables. Dime una cosa, si supieras que saliendo a la calle una persona se puede infectar y morir ¿podrías vivir tranquilo el resto de tu vida?
- Yo estoy bien
- No sabemos si tenemos el virus y lo podemos transmitir
- Me voy a volver loco encerrado en casa
- Pues haz algo útil

Diego es consciente que Asun tiene razón, no puede ir por ahí libre contagiando o contagiándose de este virus mortal. No tiene miedo, su pensamiento es a muy corto plazo, a su necesidad física por moverse. Se siente atado en su piso pequeño. Está tan acostumbrado a su paseo matutino de casi diez kilómetros, saliendo de casa hacia el oeste en apenas dos kilómetros llega a la Casa de campo donde tiene su recorrido ya establecido paseando por una senda sin tráfico y al aire libre. Sus paseos le permiten lucir un atractivo bronceado durante todo el año,  envidia de sus vecinos más sedentarios. Su gran actividad física le fortalece frente a las enfermedades, a sus ochenta y un años con dificultades coronarias y una historia clínica que incluyen varias neumonías le convierten en persona de riesgo ante la nueva enfermedad. Le duele más ser un gato enjaulado, tener que moverse solo entre los sesenta y cinco metros de casa llena de muebles y obstáculos. Choca continuamente con Asun quien también necesita actividad física.

- Me voy a por el pan, informa Asun
- ¿Y para ti no es peligroso?
- Soy más joven que tu y algo tendremos que comer ¿no?
- ¿Más joven? Dos meses. No es diferencia.
- Tú tienes más riesgo
- Casi los mismos que tú
- Está decidido, me voy a por el pan. Ahora mismo regreso.

Asun marcha decidida a paso firme, cierra la puerta con cuidado no le gusta hacer ruido, prefiere evitar dar un portazo. Se dirige al ascensor pulsa con insistencia el botón de llamada y espera con paciencia a que la cabina se desplace con lenta parsimonia entre los pisos. Al llegar a la calle, mira a ambos lados de la puerta, se siente como una furtiva que está incumpliendo las normas, una travesura pasados los ochenta. La panadería habitual está en la siguiente manzana, pasa de largo, hay otra a quinientos metros, su pan es de peor calidad aunque le da una oportunidad para pasear que no va a desdeñar. Enfila acera abajo cruzando por comercios vacíos, en la esquina necesita apoyarse en la barra de la señal de tráfico para subir el escalón de la alta acera. Sigue su marcha sin cruzarse a nadie por el camino, la ciudad se mantiene desierta. Gira la esquina a la derecha donde casi se choca con otra anciana que viene de sus compras.

- Perdón
- Uy, Asun no te había visto
- Hola Lola, voy a por el pan y así me da un poco el sol
- Bueno te dejo que dicen que no debemos juntarnos
- Adios
- Ve con Dios, da recuerdos 
- De tu parte

Al llegar a la panadería ve que hay una fila en el exterior, cuatro personas esperando, todas mayores, les conoce a todos de vista de toda la vida en el barrio. Espera su turno, la referencia espacial se pierde con la edad, en lugar de respetar los dos metros de distancia entre ellos, los cinco completan los dos metros. Se saludan con amabilidad, incluso la sexta para la fila, toca por la espalda a Asun para confirmar la vez

- ¿Eres la última?
- Sí, sí

El tercero de la fila tose un par de veces lo que provoca un pequeño movimiento hacia atrás de los miembros de la fila

- Tranquilas, es alergia

Llega su turno, compra dos barras de candeal, las de toda la vida y regresa a casa, despacio enseñando la evidencia de su compra para evitar las preguntas de la policía que patrulla las calles. Abre con dificultad la pesada puerta de hierro de su portal, empujando con fuerza para hacerse hueco. Una vez dentro del edificio, pellizca por segunda vez el pico de la barra. Qué rico está el pan recién hecho, con la mano se cepilla la barbilla de las pocas migas delatoras que se le han quedado en la barbilla. Al llegar a casa, Diego no está.

Diego espera a ver asomado a la ventana de la cocina a Asun en la calle, una vez que comprueba que ha ido a la panadería más lejana, agarra su abrigo, bufanda y gorra de lana y sale con precipitación a la calle. Repite la misma rutina que Asun para llamar al ascensor, pulsar repetidamente el botón y martillear el pomo de la puerta. Tras cincuenta y siete años juntos, muchas de las costumbres de uno se han convertido en hábitos comunes. En la calle desfila hacia arriba, en sentido contrario al camino de Asun. Marcha en dirección al parque donde se encuentra su sucursal bancaria, la excusa perfecta que ha fabricado el gobierno para los paseos de los ancianos.

El parque se encuentra cerrado con cintas de la policía para evitar que los vecinos se agolpen en el mismo e incrementen los contagios exponencialmente por la multiplicación de los contactos de las personas. El banco se encuentra a cien metros y desde la lejanía puede observar lo poco que le permiten sus ojos describir una fila de personas para acceder al mismo.

Al llegar a la entidad financiera se sorprende encontrar a quince personas esperando, los dos metros distancia entre personas no se cumplen, la media de edad de los que esperan supera los setenta con facilidad. 

- ¿Va lento?  pregunta a la última
- Va rápido
- Bien porque no tengo todo el día

Tras cuarenta minutos de espera en la calle, llega su turno, accede al local y se sorprende al comprobar marcas en el suelo señalando la distancia de seguridad de dos metros para proteger a los empleados y los propios clientes.

- ¿En qué puedo ayudarle Diego?
- Necesito el PIN de mi libreta para poder sacar dinero del cajero

Una vez que ha conseguido su PIN, accede al cajero automático y retira cien euros en billetes de veinte para futuras compras, regresa a casa aprovechando los pocos rayos de sol que se filtran entre las nubes, disfruta de cada paso dado en libertad. Se cruza con Miguel, el vecino del cuarto que también parece que viaja hacia la entidad financiera, saludo a distancia entre ambos y cada uno a su vida. De camino a casa, con dinero fresco en el bolsillo, para en la frutería de Fahad, un paquistaní muy majo que se gana a la clientela gracias a su simpatía y enorme sonrisa blanca.

Elige varias frutas y verduras para reponer las existencias en casa, aprovecha para charlar un minuto con Fahad que sufre un proceso de alergia por el polen del plátano, el árbol decorativo que está plantado cada cuatro metros a lo largo de la calle. Estos días ha empezado la polinización y sus efectos son demoledores para los habitantes que sufren alergia. Moqueo continuo, picor de garganta y algún estornudo.

Intercambian los productos, rozan sus manos en el momento del pago, recoge sus dos bolsas continuando hasta su domicilio cuando llega a casa se encuentra a Asun de morros

- ¿Siempre tienes que hacer lo que te da la gana?
- He ido al banco para que me facilitaran el número secreto para poder utilizar la libreta en el cajera automático y a la vuelta he comprado algo de fruta y verdura en Fahad

Se saludan con un beso en los labios, Asun le quita las bolsas de las manos y comienza a colocar la fruta en el frigorífico. Ninguno de los dos se lava las manos después de sus excursiones mañaneras, se acuerdan justo antes de hacer la comida, que como siempre Asun se lava bien y antes de poner la mesa Diego hace lo propio.

Seis días más adelante, Diego amanece con fiebre, su temperatura supera los treinta y ocho grados, llaman a sus hijos y al teléfono del Servicio de Salud de la Comunidad Autónoma. El 112. Llaman y tras varios intentos infructuosos, vuelven a llamar al hijo mayor, a Diego quien decide llamar él a urgencias. Tras muchos intentos consigue que le confirmen el envío de una ambulancia para recoger a su padre  para acercarle al hospital. 

En la ambulancia viajan ambos, Asun y Diego. Diego con fiebre, Asun comienza a notarse rara. Ninguno regresará, no conseguirán vencer al nuevo virus. 

Quédate en casa, nada hay más importante que tu vida. Ni el pan, ni la fruta, ni el dinero. No salgas, quédate en casa. 

Ellos no sabrán nunca el resultado de sus acciones de ese día. Tendrán consecuencias. El panadero sufrirá el virus y conseguirá recuperarse. El frutero Fahad se libra de padecer la enfermedad. Antonio otro vecino que utiliza la misma señal de tráfico para ayudarse a subir la acera, enfermará tras tocarse la cara y tampoco lo superará. Lola ingresa el día anterior a Asun, con la misma suerte que sus vecinos. El empleado del banco, sufre el virus en casa y se recupera tras quince días de aislamiento. Miguel con escasas salidas al exterior, cuidadoso para evitar el contacto, se libra de la enfermedad. En definitiva, los  peor parados, los de mayor edad.

Mensaje: Quédate en casa
Y si eres mayor: Quédate en casa.

Tus nietos lo agradecerán.


12.3.20

Primero lo importante

Apelamos a la responsabilidad individual para que los ciudadanos limiten sus desplazamientos especialmente los colectivos de mayor riesgo. El último mensaje lanzado desde el Gobierno para preparar a los españoles en su concienciación para evitar la propagación de la enfermedad.
Paralelamente los expertos sanitarios definen la población de mayor riesgo a las personas de edad avanzada con problemas previos respiratorios o coronarios y especialmente a aquellos que unen dos o tres de estas características. 
Resulta paradójico encontrar aglomeraciones de personas de alto riesgo en los supermercados y mercados comprando ingentes cantidades de comida, jabón, detergente e incluso papel higiénico. 
Colas y colas de viejos en el supermercado, unos tosiendo, otros con mascarilla, la mayoría simplemente asustados de que les falten productos. 
Desde el pasado martes, cuando el gobierno decretó que España entraba en régimen de vigilancia reforzada y cambió los mensajes hasta ese momento tranquilizadores por otros mensajes con un tono más tenso y preventivo, nuestra población de alto riesgo ha decidido dedicar su tiempo a desarrollar actividades incompatibles con su situación de población de alto riesgo. Deciden acudir en masa a  comprar en Grandes Superficies, ir al médico para que les recete sus medicinas habituales e al banco. 
Donde vayas te encuentras con viejos. Inconscientes, con el temor en la mirada anticipándose a una imaginaria escasez, preocupados por la caída de los mercados que les provoca una sensación de quiebra y ruina económica.
Analizando el riesgo real a sufrir como país un desabastecimiento general o el riesgo de sufrir una crisis financiera que nos empuje a una quiebra económica que nos sume en la indigencia; aunque preocupantes son riesgos inferiores a los problemas de salud en población débil cuando toman decisiones que les lleva a convivir en aglomeraciones de personas  sin guardar la distancia de seguridad recomendada. Multiplicando el riesgo de manera exponencial.
Teodoro aguanta paciente la cola en el Ahorra Más, habituado a su cesta semanal de productos hoy se encuentra empujando un carro repleto de productos que ha elegido Concha. Encuentra del todo exagerada tanta compra, ni en Navidad ve un carro como ese. Conoce a Concha y es mejor no discutir con ella al respecto de la compra y la cocina. Es su departamento y no admite injerencias de ningún tipo, por supuesto, según la única opinión válida, la de Concha, Teo no tiene ni idea de cómo se organiza una casa. En su momento cuando trabajaba en su despacho de abogados sabía mucho de leyes, de juicios y recursos, de las cosas de casa nada hasta el punto que en la cocina no entra ni para servirse una cerveza. Por lo pronto es mejor mantenerse con la boca cerrada. Teo empuja con paciencia al ritmo que avanza la fila en dirección a la caja. Llevan hora y media en el super rodeados de todos los ancianos del barrio, con el mismo miedo común. Miedo a que falte. Cuando pague la compra, contratará el servicio a domicilio a su edad no están para cargar mucho peso. Salvo lo fresco y los imprescindible que Concha seleccionará con ansia en la misma caja que serán los que lleven en bolsas hasta su domicilio.
Tras la agotadora experiencia en el supermercado decide ir al Banco para hablar con la Directora. Susana. Una chica muy maja y servicial que le suele atender con mucha paciencia.
La sucursal del Banco se encuentra frente de su casa, cruzando por el semáforo son escasos cuarenta metros. Atraviesa la puerta con la esperanza de poder hablar con Susana en un rato. Se sorprende al ver esperando más de cuarenta personas, todos los asientos previstos para acomodar a los clientes que esperan están ocupados, incluso las sillas de atención al público también. Se nota ansiedad e impaciencia en todos los clientes, los empleados tienen la mirada apagada y resoplan agotados por el ritmo incansable por atender a tanto público, se agobian solo de ver la espera de clientes. No tienen tiempo ni para salir a tomar un café. Lo pasan mal. 
Teo se dirige a la máquina que ordena las citas, su número el A34, en el mismo papel térmico le informa que tiene 19 personas por delante. No se lo puede creer. Se intenta marcar un viejo, colarse por la cara. No cuela, la sucursal está llena de viejos que se lo impiden, solo al notar sus intenciones le gritan
- Está ocupada, te toca esperar
- Ya, ya. Solo miraba si había alguna silla libre al fondo
Teo disimula su frustración, le toca esperar o largarse. Lo prudente para su salud es irse a casa ya bastante riesgo ha asumido con la experiencia en el supermercado. Lo valora e inicia el camino de regreso cuando justo salta el aviso sonoro anunciando el siguiente en el orden de atención. Un vecino se levanta y con paso dificultoso se acerca hacia la mesa que le asignan, deja una silla libre junto al cajero automático instalado en el centro del patio. Cacharro enorme instalado en el centro para molestar. La casualidad decide por él, finalmente se queda. Lo importante es lo importante, su dinero. Sus ahorros para complementar la pensión, no vayan a quedarse en la indigencia. Mira el reloj que hay en la pared, las once y cuarenta.
El servicio de caja cierra a las once y media, atienden a tres personas con número que se mantenían a la espera, cuando terminan su trabajo, uno de los cajeros se encarga de cuadrar, el otro, Miguel, abandona el mostrador para acercarse a los clientes que esperan a ser atendidos por la Directora o por alguna de las comerciales. 
- ¿Les puedo ayudar en algo?¿Saben que pueden realizar gestiones por el cajero o por el teléfono?
Nadie le responde, comparten los mismos temores a la ruina, a perderlo todo. Con lo tranquilos que estaban con los antiguos depósitos a plazo y sus cartillas de ahorro. Aquello sí que era fácil de entender. Ahora con estos líos la Bolsa no gana para sustos. Cierto es que sumando los últimos tres años han ganado con sus inversiones, pero claro en los últimos días ese beneficio se ha evaporado. ¿Y si quiebra todo?¿Y si terminan arruinados?. Pasan otros dos clientes, esto va muy lento. Cerca de la una y cuarto, cuando su estómago le está recordando que en quince minutos es su hora de comer, le toca su turno. Susana le espera de pié en la puerta del despacho, le reconoce.
- Buenos días Teo, pasa. No te doy la mano, nos han recomendado reducir el contacto por prevenir ¿sabes? Pasa, siéntate por favor
- Mira Susana estoy muy asustado con todo esto, parece que todo se termina. Me gustaría venderlo todo y dejarlo en la cuenta.
- ¿Cuánto quieres pagar a Hacienda?
Golpe bajo, esto no se lo esperaba. Lo de pagar lo lleva siempre mal
- Mira, voy a enseñarte tus posiciones, tienes plusvalías desde el inicio de tus inversiones. Si decides vender tendrás que pagar impuestos por los beneficios. Que los tienes. Además no es buena idea, recuerda la crisis anterior del SARS o la de la Gripe aviar, en ambas crisis sanitarias, también provocadas por virus como este, la bolsa cayó rápidamente. Cierto es que  en cuanto pasó la crisis sanitaria se recuperó al momento y continuó subiendo hasta alcanzar una subida del 10% al año ¿te lo quieres perder? ¿Ahora? ¿Sabes que los ricos están dando órdenes de compra en bolsa porque está barata?

Hace una pausa breve para enfatizar como importante su siguiente pregunta

- ¿Y vosotros os vais a ir al pueblo como hacen otros vecinos para minimizar contactos y riesgos?
- ¿Al pueblo?, no sé, lo que diga Concha. Me extraña con todo lo que hemos comprado esta mañana.

Susana le cambia el tema de conversación con mucha habilidad, aprovecha la cara de duda que se le ha puesto a Teo para levantarse y hacerle entender que la conversación ha terminado, tiene todavía varios clientes esperando para repetir la conversación.

Teodoro vuelve a casa sin tener muy claro en qué situación han quedado sus ahorros, se fía de Susana, es mejor dejarlo así. No entiende de Bolsa y lo cierto es que está ganando. Lo último que se le pasa por la cabeza es pagar impuestos por vender. Se siente cansado, entre la compra y el banco está agotado.

- ¿Ya estás aquí? ¿Puedes poner la mesa?
- Claro, Cariño. Me lavo las manos y en un minuto.
- No tengo sitio en la nevera para guardar tanta comida, mira si tú consigues guardar lo que está encima de la mesa dentro del frigorífico.

Suspira, sus tareas no terminan aún. Está deseando poder dormir la siesta, se encuentra muy cansado. Ese picor de garganta que le acompaña desde esta mañana va a más, siente un poco de frío en la espalda.

- Creo que tengo algo de fiebre
- Ay Dios, ay, ay. ¿Qué vamos a hacer?
- Por lo pronto tomarme la temperatura





8.3.20

Coronavirus en el barrio

Adolfo se mueve con dificultad, anhela la movilidad de sus años jóvenes. Repite que su mejor época fue la decena de sus cincuenta, cuando la experiencia vital y los hijos mayores les permitieron a Marisa y a él un periodo de segunda juventud con el ocio muy presente en sus agendas, viajes, teatro, restaurantes, citas con amigos, incluso se reencontraron entre las sábanas, tras décadas de amor mecánico y periódico, recuperaron el ánimo de probar, experimentar y sorprenderse. La imposibilidad del embarazo que lleva la edad la aprovecharon bien, recuerda Adolfo mientras maldice su marcha pausada ayudado de un bastón. Operado dos meses atrás de su rodilla, la prótesis y él se adaptaron gracias a la exitosa rehabilitación. En cosa de un mes andarás como siempre le dice el fisioterapeuta. Con ochenta y un años tiene una buena vida.

Tres años atrás decidió inscribirse en el Centro de Día de Mayores cercano a su casa, el día es muy largo y la convivencia con Marisa se estaba deteriorando por puro aburrimiento. La manera más habitual que encontraron para combatir el hastío fue discutir por cualquier cosa, preferentemente por pequeños detalles que molestan en la convivencia. Ese ruidito que haces al masticar, sube el volumen de la tele que no me entero, pasas las horas y no me dices nada o cállate un rato que no paras de hablar. Discutir es un pasatiempo de viejos. Salvo por las tardes.

Todas las tardes sus nietas María y Nuria de trece y once años, hijas tardías de Marisa que tras su divorcio encargó a sus padres la custodia vespertina de sus hijas mientras ella trabaja. A las cinco y media aparecen ambas y la alegría llega a la casa. Marisa tiene preparada la merienda para sus nietas, conoce sus gustos e incluso el volumen ideal de sus bocadillos según el día de la semana. Tras la merienda cada una elige una habitación y dedican una hora al estudio y a sus deberes escolares. Los abuelos respetan el ambiente de estudio evitando incluso encender la televisión, suelen leer y si conversan lo hacen en voz baja. Tras el estudio la alegría llena la casa, Nuria, la pequeña es muy charlatana y les entretiene con anécdotas del colegio, errores de los profesores, chascarrillos de recreo, tropezones hilarantes y su preferida, la monja gruñona, Sor Evelina. La Directora del colegio que no para de reprender a los alumnos por cualquier razón, gorda, amargada, estricta, seria y aburrida, la pusieron de mote La rompehielos por su enorme volumen corporal y porque cuando se mueve los alumnos se apartan para evitar estar a su alcance. En el patio del recreo visto desde un piso superior la imagen de rompehielos es evidente, Sor Evelina según va andando los alumnos se apartan a ambos lados de su enorme figura volviéndose a juntar a su espalda. 

María, más callada y también más rocera prefiere el calor de su abuelo, pasa la tarde junto a él con las manos entrelazadas. A ambos les brillan los ojos, sienten un amor verdadero y profundo. Son uña y carne.

Adolfo tras despedirse de Marisa quien prefiere seguir con su rutina en casa y salir a dar su paseo con alguna vecina al parque cercano, sale a la calle con paso precavido con el bastón en su mano derecha, no se apoya en él. Hace caso a las recomendación de  su fisio y solo lo utiliza como punto de apoyo leve. En pocos días se atreverá a moverse sin la ayuda de la madera. Avanza a buen paso, rápido para la edad que tiene, siempre se ha mantenido en forma y tiene decidido cuando termine la rehabilitación volver a la rutina de tres días en semana al gimnasio. Se siente joven, ir al Centro de Día es por socializarse. Siempre ha sido amigo de sus amigos, poco dado a ampliar mucho su círculo. La vida le ha ido arrebatando a alguno de sus amigos y familiares. O amplía relaciones o la soledad le pesa. 

En el Centro de Dia hace migas con un grupo de chicos de su edad, amigos del paseo al aire libre, la petanca y el baile. Esto último se le da peor y aún así lo intenta. El día de baile semanal en el Centro realmente da igual la habilidad de los bailarines para moverse al compás de la música, una de las consecuencias de la esperanza vital es la menor longevidad de los varones, razón por la que son minoría en el salón y las mujeres de edad, descaradas y activas, no paran de demandar pareja para el baile, alguna incluso le tira los tejos para algo más. La edad de oro para alguno de los bailarines que se está poniendo las botas.

Felipe el mejor bailarín, de buena planta, más de uno ochenta a sus ochenta y seis años es el más demandado parece que baila mejor en horizontal que en la pista donde lo hace mejor que todos los demás con diferencia. Se corre la voz sobre sus habilidades y talla entre las féminas. Él se deja querer hasta el punto que tiene una agenda de conquistador envidia de Rodolfo Valentino.

Adolfo llega hasta la puerta del Centro y se lo encuentra cerrado por orden de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid, un equipo médico volante del 112 está en la puerta del Centro y le pide que se quede un momento que van a hacerle unas pruebas para descartar. En la furgoneta que hace de ambulancia ve sentado a Felipe en su turno de pruebas. Positivo. Se lo llevan en la ambulancia para el hospital, un gesto de despedida con la mano antes del cierre de la puerta de la ambulancia es su último contacto con el bailarín. Otra ambulancia toma el relevo, le invitan a entrar, no puede evitar sentirse nervioso. Las pruebas dan negativo, le dan una hoja con recomendaciones médicas y le piden que pase tres semanas de cuarentena en su casa sin salir. Ante las preguntas de los facultativos, les informa que convive con su mujer y sus nietas. 

Ante el primer síntoma de fiebre o malestar llamen al 112 e iremos a su domicilio, no se desplace al Centro de Salud ni al hospital. Regresa a casa preocupado, en los escasos veinte minutos que ha permanecido en la puerta del Centro cuatro ambulancias han partido para el hospital con sendos ancianos. Adolfo y tres mujeres. Por la noche se enterará en las noticias que doce ancianos han sido internados en el hospital aquejados del virus ese de los chinos, cinco de ellos con problemas respiratorios. A su mente le llega la imagen de Emilio y de Juanita ambos con su carrito con el oxígeno a rastras. Lo tienen difícil ambos.

El Centro de Día ayuda a convivir con la despedida,  es parte de la vida y con sus edades mucho más. Las amistades aunque pasajeras son profundas, el dolor por la despedida no lo es, son conscientes que el final es común para todos y aprenden a vivir con ello. No ha tenido relación con los del oxígeno pues no coinciden en las actividades, Adolfo es más de paseo y ejercicio a diferencia de estos que son más sedentarios. Por lo general los del carrito han sido muy fumadores y eso les une al final sin fuelle.

-¿Tres semanas? Marisa se asusta. La recomendación también es para ella y las niñas.
- Eso me han dicho
- Eso no puede ser , es una barbaridad y ¿Qué vamos a comer? y ¿Las niñas?
- Tenemos que avisar a su madre
- Has dado negativo ¿no?
- Eso me han dicho
- Pues entonces, nada de nada
- Vamos a llamar al 112 y a ver qué nos dicen
- Primero voy a llamar a Marisa (hija) a ver qué opina, son sus hijas.

La conversación entre madre e hija, ambas igual de desinformadas, no termina con ninguna determinación concreta. Hacer caso de la prensa es un error por la enorme desinformación que publican y los conceptos erróneos que divulgan. El gobierno no actúa de manera diligente, normal llevan tanto tiempo tras la trinchera criticando al que toma decisiones por cada cosa que hace que ahora que es su turno de gobernar no saben anticiparse a las necesidades, no son conscientes que no pueden echar la culpa a otro, es su momento, tienen que tomar decisiones y gobernar. Qué difícil es tomar decisiones, explicar las cosas bien, tener una jerarquía clara en la comunicación y en la decisión. Una pandilla sin líder constructivo es una banda. Enfrentarse a una crisis sanitaria con una banda es lo que trae, desinformación, falta de previsión, falta de coordinación, mentiras y exculpaciones mientras la progresión aritmética de afectados multiplica los enfermos hora a hora. Su miedo antropológico a la toma de decisiones, a reducir la libertad de movimiento, a restringir la libre circulación propio de los complejos históricos de la izquierda española supone que durante dos semanas el virus se propague más rápido que en los países vecinos. Sin controles sanitarios en aeropuertos, sin medidas claras para centros con concentración humana, su vergüenza reprimida de izquierdas les condiciona evitan tomar medidas efectivas por miedo a sus propias contradicciones y a su público entregado por si se les echa encima por precipitación. Se ríeron de las medidas extremas tomadas por China, Taiwan, Italia, se creen más listos que los demás. Dos semanas más tarde tenemos los Centros de Día de ancianos cerrados en todo el país y eso que algún político con miopía nacionalista sigue pregonando que el ADN de su Región es inmune al virus frente al resto de España. Al día siguiente los datos reales le callan, el virus no entiende de idiomas ni de fronteras. Tenemos barrios y poblaciones aislados. El coronavirus está con nosotros y tenemos que luchar contra él.

Adolfo llama, con el manos libre del teléfono encendido para que Marisa escuche lo mismo que él y evitar una discusión posterior.
- 112 ¿En qué puedo ayudarle?
Explica sus edades, en cierre del Centro de Día, su negativo en el test de hoy y la recomendación de quedarse en casa tres semanas. La convivencia con sus nietas y sus dudas sobre cómo actuar ¿vivir con naturalidad o encerrarse?¿decir a sus nietas que no vengan?¿comprar comida para un mes?
El facultativo del 112 les tranquiliza y les pide vida normal evitando concentraciones de personas. Ante el primer síntoma de malestar llamar al 112 y encerrarse en casa. Ampliar la recomendación de limpieza de manos y evitar el contacto cercano con otras personas, incluidos besos, abrazos y darse la mano.

No quedan muy convencidos. Deciden mantener su vida igual con el miedo en el cuerpo por ellos mismos y por sus nietas. Dicen que los niños están libres, no se fían. ¿Separarse de su nieta María? Esos abrazos le dan la vida cada tarde. No saben cómo hacer para evitarles el mal a sus nietas. Por lo que cuentan es una enfermedad que transmiten los viejos.

Dos días más tarde, la evolución de la enfermedad obliga a los políticos acomplejados a chocarse con la realidad, la expansión es tan alta que decretan aislamiento del barrio y confinamiento de todos los habitantes en sus domicilios. El ejército patrulla por las calles para detener a cualquier transeúnte sin autorización.

Adolfo y Marisa se miran. Tienen tres semanas para discutir a todas horas. En este momento necesitan su mutuo apoyo, se abrazan como hace tiempo, fuerte, sintiendo la vida, notando sus corazones. Saldrán de esta. ¡Qué miedo se pasa!. Las niñas están en su casa. El colegio también ha cerrado sus instalaciones durante semanas. Varios profesores han enfermado, La rompehielos se ha librado, los virus evitan la mala leche. ¡Puede ser el remedio! la mala lecha. 

¿Será esta la razón por la que ningún político enferma?