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27.2.21

PRIMER ATLETI. Incluido en mi nuevo libro: PRIMERA VEZ

 



Anticipo del nuevo libro: PRIMERA VEZ.

Pueden adquirir ejemplares en Amazon o contactando con el autor aquellos que prefieran ejemplares firmados o dedicados. Existen formato papel y digital.


Primer Atleti

Triste día de final de mes, un 30 de octubre de 1993 con frío y tonos en gris amenazantes de lluvia e incluso nieve. Diego no para quieto en ningún momento, está muy

nervioso. Ha llegado el día esperado; ni la lluvia ni la nieve más inoportunas le van a privar de ir a ver a su Atleti esa tarde.

La jornada se hace larga, los minutos pasan muy lentos. Como si no fueran de sesenta segundos, ese día los minutos duran cien, doscientos. La comida, preparada con cariño por su madre, huele muy bien. Su plato preferido es el elegido para degustarlo ese día, ¡su día con mayúsculas! Se trata de lenguado en salsa verde y patatas panaderas. Pero el estómago de Diego está cerrado, no puede con todo. Por primera vez en la vida no termina aquel plato. Su madre arquea una ceja, no quiere preocuparse y lo achaca a los nervios. Le conoce y se queda vigilante.

Las seis y Diego lleva preparado ya más de una hora. Ha elegido la camiseta rojiblanca con el nueve y con su nombre impreso en la espalda, un regalo de Reyes. Le está grande, cosa que agradece, así puede lucirla sobre el jersey. Solo queda tapada por el abrigo y por la bufanda de lana roja y blanca tejida por la abuela Luisa.

Doce años, tres meses... y el día más importante de su vida. Cruza la puerta junto a su padre, Miguel. Orgulloso de su hijo, quiso darle la sorpresa de un partido de liga en el Calderón. Miguel no es del Atleti, huele a vikingo por los cuatro costados, es el único madridista en la familia. Pero este sábado es simplemente el padre de Diego, se le ve nervioso, más silencioso de lo habitual, desea que su hijo sea feliz, desea que gane el Atleti.

Viajan en metro. Miguel, por acompañar a Diego, luce una bufanda rojiblanca propiedad de su suegro Diego, socio desde que nació. El calor del metro obliga a descolgar los abrigos. Con una mano en la barra del vagón, la izquierda la utilizan para sujetar su prenda gruesa. Tras casi una hora de viaje, llegan por fin a la estación de Pirámides. Se le antoja estrecha y pequeña, a duras penas puede esta engullir a todos los aficionados que salen apresuradamente de los vagones buscando la calle, aire fresco y menos viciado.

Algunos aficionados cantan el himno del club, otros jalean acompañando. Cuando salen a la plaza ya es noche cerrada en el exterior, los días de otoño son cada vez más cortos, se nota que se hace más tarde. Aunque Diego es más de luz, más del día, este sábado para él no se pone el sol. Se ajusta el abrigo y la bufanda, siente el cambio de temperatura.

Hacen parada en un puesto de venta de chucherías. Miguel compra una botella de agua y una bolsa de pipas. Han llegado con tiempo, su intención es pasar por la tienda del club. Tiene las pupilas tan abiertas que no cabe en sí de gozo. Allí admira equipaciones, complementos, balones, botas, juegos de mesa y hasta albornoces; todo con el escudo del club. Es observado por Miguel, que se siente generoso y está dispuesto a redondear la sorpresa con un regalo de recuerdo. Diego no se decide, da vueltas por la tienda igual que un marchante de arte en una sala de exposiciones.

Un instante le delata con ese brillo en la mirada... esa alegría al final de sus ojos marrones. Se trata de una tarjeta con la foto de su ídolo, Caminero, y firmada. Las miradas de padre e hijo se cruzan un instante y Miguel asiente mientras sonríe; Diego le sale muy barato, se conforma con poca cosa. Guarda la foto en el bolsillo interior de su abrigo, Diego está seguro de que le dará suerte en el partido. Miguel sujeta el brazo izquierdo de su hijo para luego mantenerse, juntos, entre todas aquellas personas. Es día grande, el campo se va a llenar.

Atlético de Madrid-Barcelona, partidazo: el Barcelona de Koeman, Guardiola, Romario, Bakero, Zubizarreta, todos unos cracs; el Atleti, apañado con coraje y corazón, como dicta su himno.

Miguel localiza la puerta que les corresponde, ha conseguido que le preste su abono, y el de un «amigo vecino», su suegro. Su suegro no tiene el corazón como para soportar un partido contra en Barça y, si es para su nieto, todo son facilidades.

―Solo espero que un madridista como tú no le gafe la ilusión al niño ―le recordó cuando le dejó los carnés.

Las localidades son muy buenas, están en la zona que tiene acceso por la M-30. A cubierto, por si decide llover; a la altura del palco presidencial, justo encima del banquillo local. Diego no deja detalle sin escrutar, disfruta hasta del calentamiento previo de los jugadores.

―Mira, papá, ahí están los titulares. Allí, los suplentes.

Los atléticos lucen camisetas de algodón, con manga larga y cuello. A todos le viene grande, es la moda, se trata del mismo modelo que lleva Diego.

―¿Eres el nieto de Diego? A ver si nos traes suerte hoy ―comentó un aficionado de la fila anterior. 

El partido empieza vibrante, con dominio alterno. Se nota al Barcelona mejor posicionado y con grandes jugadores. Seguros y orgullosos, defienden la primera posición en la clasificación de la Liga. El Atleti es peleón, no deja de ser un equipo de media tabla; los décimos y con una plantilla apañada sin grandes estrellas, un equipo preparado para correr en velocidad y jugar a la contra.

A los diez minutos entra el primero del Barcelona. Romario se ha marchado de Solozábal con una habilidad propia de un genio del balón. En media hora Romario marca tres goles y estrellado un balón en el larguero. Pinta mal. Miguel mira a Diego preocupado por su posible desilusión. Diego sigue animando y vibrando con cada jugada de su equipo. Festeja los saques de esquina como previos a gol, corea los cánticos de los animadores del fondo, incansables, sin desfallecer por el resultado adverso ni por la temperatura fría de la noche.

En el descanso los bocadillos de chorizo que les ha preparado su madre vuelan. Esta le dijo:

―Te los voy a hacer de chorizo, así es un bocadillo rojiblanco. Si quieres, a tu padre le dejo solo la miga en blanco.

―No, mamá, hoy papá es del Atleti.

Los bocadillos vuelan mientras calienta Kiko. Y la segunda parte empieza con presión atlética y en dos minutos Kosecki inaugura el marcador local. El campo es una olla a presión, todos animan, mucha es la distancia en el marcador, hay fe en los chicos.

La falta lejana disparada por Pedro, con mucha fuerza, se cuela entre las manos de Zubizarreta. Veintipocos minutos y marca el segundo gol. Se abre la puerta de la esperanza en una afición que anima ahora más fuerte si cabe.

A la media hora un nuevo tanto de Kosecki empata el partido. Solo en ese momento los nervios traicionan, durante unos minutos, a Diego. Tras la expulsión de Pirri su ánimo se viene un poco abajo. La inseguridad y el tremendismo colchonero hacen mella en su fe. El «fondo» sigue animando sin parar. Diego siente la mano de su padre en la rodilla; la está moviendo constantemente con un gesto inconsciente, no es para menos, hemos empatado con el Barcelona.

Faltan dos minutos, el acoso del Barcelona es incesante, un balón es rechazado y sale corriendo, veloz, es Kosecki hacia la portería rival. Le acompaña a su izquierda Caminero, que recibe el pase y remata cruzando para evitar la salida del portero... ¡Gol!

―¡Gol... gol!
―De Caminero, hijo.
―¡Gol...!

Se abrazan padre e hijo. Hace años que ambos no se abrazaban; crecer tiene como condicionante que abandonas el roce con tu padre. Ese momento vale oro. Diego es feliz. Gol de Caminero, gol de su Atleti, gol para ganar al Barcelona. Siente el calor de su padre, lo echaba de menos.

Para Miguel es un instante de felicidad, ha merecido la pena ir al fútbol. Ese abrazo de Diego significa mucho, muchísimo. Se compromete a buscar oportunidades para compartir tiempo con él. «Y si hay que hacerse del Atleti, se hace uno del Atleti». Además, le ha gustado cómo juega el equipo, cómo lucha, cómo se anima en este campo; qué diferencia con el otro.

Besó en la frente a Diego, que le miró sorprendido mientras seguía saltando como loco.

―¡Gol de Caminero! ¡Gol!

La vuelta a casa la hacen en una nube. No importa el calor del metro ni lo abarrotado que va, tampoco el hambre le recuerda que casi no había comido hasta ahora. Sentado en el vagón, Diego mira a su padre, que acaricia la bufanda del Atleti.

―¿Sabes, Diego?, me he convencido, es mi primera vez también. Soy del Atleti.

2.3.20

Primer hijo

Costó mucho que vinieras, no lo sabes tú bien. Ensayo y error, como los científicos, repetido hasta el hastío. No venías, no agarraba. Cuando la vida me preparaba para asumir que mi simiente no prosperaría, cuando empezaba a valorar la opción de la adopción, decidiste venir. Empezaste a duplicar células.
El embrión se fue consolidando, grande, realmente largo con la cabeza grande. Cumpliste todos los días que dictaba el médico, no te retrasaste ni un día, tampoco manifestaste prisa, llegaste cuando tocaba.
El sistema sanitario priva a los padres de muchos momentos de felicidad, me tocó esperar a la puerta del quirófano los diez minutos que tardaste en salir gracias al fórceps aplicado. Un llanto breve, suave, sin llamar atención fue testigo de tu bienvenida a este mundo.
Una enfermera me entrega un rollo de sábanas verdes y azules que abrigan a una carita amoratada, lo primero que me viene a la mente es un chorizo. Largo y delgado. Dicen que la felicidad es la definición del momento que abrazas a tu hijo por primera vez. He tenido la suerte de tener muchos momentos felices en mi vida y te aseguro que tus primeros minutos en mi pecho los tengo grabados en mi mente por vida.
Felicidad, sí. Es algo más, es plenitud, es responsabilidad y sobre todo, es una alegría que viene de dentro. Me siento como nunca, me siento lleno, me siento importante, soy consciente que mi posición en la vida acaba de variar, la responsabilidad por ti nació junto contigo. Ya no soy Ramón, soy el padre de Carlos.
La misma enfermera que nos presenta me arrebata de ti. Balbucea algo sobre unas pruebas médicas y el calostro de la madre. 
Desde ese momento soy testigo de tu vida igual que el entrenador en un partido, desde la banda, puede indicar, señalar, gritar, hablar, aplaudir pero el que corre, choca, golpea, golea, despeja, ataca, defiende, sonríe, suda y vive, eres tú.
Un buen entrenador sabe cuando dejar al alumno volar.
Te has formado bien, con tus habilidades, con otras que necesitas afianzar, eres buena persona, íntegro, tímido, reservado y auténtico.
Vuela hijo, vuela, la vida es intensa, maravillosa y por momentos dura. 
Estás preparado. Vuela. 
Me quedo en la banda, por si me necesitas.

Vuela hijo. Vuela 

Anticipo de mi próximo libro: Mi primera vez

17.1.20

La primera vez

Oscar se ha levantado nervioso, no puede evitarlo. Procura aparentar normalidad entre su familia. Prefiere evitar el roce y dedicarse a leer o a escuchar música. 

Es sábado, su madre, Carolina, lleva desde primera hora de la mañana trajinando en la cocina. Hoy vienen los hermanos mayores de Oscar, con sus novias a comer a casa. Ambos se independizaron en cuanto pudieron, con veinte y veintidós años respectivamente.

Oscar tiene veintiuno.

- A tu edad, tus hermanos mayores ya eran independientes.
- Cierto, pero yo estudio

Carolina tiene un don que ejerce a diario con habilidad y reiteración. Tocar los cojones a su hijo. Realmente tocar los cojones a todo el mundo. Oscar sospecha que sus hermanos se fueron de casa más por dejar de soportar a su madre que por sus ansias por enfrentarse al mundo.  Podían haber esperado un par de años mas, mejor les hubiera ido económicamente. 

A Carolina hay que aguantarla. El único que sabe hacerlo sin perder su equilibrio emocional es Jaime. El padre de Oscar quien soporta estoicamente las embestidas de su miura particular. Pobre Jaime, cuando Oscar se marche toda la atención destructiva de Carolina caerá sobre él. Se hará el sordo que es su gran habilidad. ¡Qué paciencia tiene!

Oscar tiene una cita especial hoy por la tarde. Sus padres se marcharán después de la comida a una boda en Aranjuez y tienen previsto dormir en el hotel de la celebración. No regresarán hasta el domingo a la cena. Oscar tiene la enorme casa a su disposición.

Durante la comida se muestra reservado, no quiere aparentar ansiedad ni translucir nada, su madre tiene un radar muy afinado. Participa poco en la conversación, su hermano mayor, Santiago, lleva el peso de la conversación contando anécdotas simpáticas de su trabajo como camarero. Se gana bastante bien la vida gracias a las propinas, más que generosas, de los habituales del restaurante donde pasa los días y las noches.

La sobremesa es breve, se arreglan y se marchan pronto. La boda es a las ocho y hay que llegar hasta allí. Los hermanos se fugan con algo de dinero en el bolsillo, generosidad de Jaime sin que se entere Carolina, muy de ahorrar.

Las siete y se queda solo en casa. Inicia su ritual de transformación, afeitado, encremado, perfumado, peinado, vestimenta. El olor penetrante de su colonia anuncia su con varios metros de anticipación. Sus nervios cada vez peor. Con veintiuno y hoy, por fin, se estrena.

Nota su pulso acelerado, presión arterial fuerte, su corazón lucha por salir del pecho. Cefalea, sudor de manos. Si nunca le han sudado.

Decide beber una tila para tranquilizarse. Está super amarga. Más azúcar. Pone música para relajarse. Si se pudiera dormir diez minutos. La ansiedad le puede. Mueve los dedos como un pianista enfadado.

Suena el telefonillo. Elena ha llegado. Se recompone, respira hondo, que no se te note impaciente. Se recuerda.

Del ascensor sale una sirena, bañada en un perfume con rasgos asiáticos. Es un choque de olores. Elena aparenta serenidad, quiere ir despacio, modera su ansiedad. Ambos se conocen, ya se han explorado, se han gratificado, rozado y susurrado, les falta hacerlo unidos, juntos, dentro. Culminar. 

Ambos viven en un entorno conservador, con profundas raíces religiosas y censurador de los sentimientos más naturales. Su educación frena sus instintos y la presión del qué dirán o de lo que se espera que hagan les asfixia. No son libres, hasta hoy. Se quieren, se atraen, se desean. Ya tienen edad. Ya es hora.

Zero y Light, ambas Coca-Colas se quedan en la bandeja del salón, sobre la mesa central. Es su momento, su oportunidad, su deseo. Son adultos. Sus cuerpos se llaman. A la mierda la apariencia de serenidad, el deseo les empuja. Hoy se conocen mejor que nunca.

Memorable, no. Recordable, sí, por lo simbólico. Tienen mucho que aprender, mucho que coordinarse, mucho que descubrir. Por hoy ya está bien. Sus sonrisas lo atestiguan. Ya lo han hecho. Han tenido su primera vez.

Vendrán otras, muchas otras. Siempre se acordarán de esta, de la primera.

- Elena, ¿Qué prefieres, hacer el amor o echar un polvo?
- Echar un polvo
- Entonces, vamos a empezar otra vez

Mejor, mucho mejor.

Haber preguntado antes.


26.12.19

Primer duelo

Dedica unos minutos a decidir qué ponerse, es un día importante. Reunión anual de los amigos del barrio y colegio. Todos los años en el mes de febrero organizan una comida de pinchos para veinte personas, eligen realizar la celebración de pie para facilitar la comunicación libre entre ellos ,  moverse para poder hablar con unos y otros sin la limitación que te exige permanecer sentado y hablar solo con los compañeros cercanos de mesa. 


Pantalones chinos claros, camisa azul clara cortada a medida y americana azul marino de lino y lana.  Hackett, su marca preferida. 



Este año le ha tocado a Miguel la organización del evento, ha reservado un pabellón exterior climatizado en el jardín de un hotel cerca de la plaza de toros.


Las parejas llegan puntuales, las diez, a medida que se incorporan al grupo, el rito de los abrazos y besos se repite hasta que llegan los dos últimos, Pedro y Laura, como siempre. Viven el Boadilla y eso les da la excusa perfecta para justificar su retraso. No quieren reconocer que cuando vivían en El Barrio de Quintana, a cinco minutos andando, también llegaban los últimos. Les gusta llegar al final, para que les esperen. 

Este año el evento está lleno de un espíritu especial, algo les une a los chicos, a los compañeros de colegio en la infancia. Este año, todos cumplen cincuenta años. Es la razón por la que se han dado más importancia a la quedada. Es lo que tiene cumplir un número significativo y redondo.

La comida es de buena calidad, lo que más circula es la bebida. Antaño abusaban de la cerveza, poco a poco se van incorporando nuevos adeptos a una nueva religión, el vino. Unos prefieren blanco, la mayoría, tinto. Miguel como buen anfitrión empieza con blanco lo que le da la oportunidad de brindar con sus partidarios y luego se abre al tinto. Brinda con todos. 

La amistad de cuarenta y cinco años se nota, suenan risas, la sonrisa ilumina la cara de la mayoría junto con el buen ambiente reinante. Se conocen, se respetan, no se juzgan. Son amigos de verdad, sin disimulos, sin disfrazar su realidad. Son como son, se respetan y quieren. Comentan el uso generalizado de gafas para leer, como crecen los pelos de las orejas y las cejas, los problemas de visión de moscas, las primeras visitas al urólogo. Son aprendices de lo que les espera en unos años. Agendas médicas repletas de revisiones periódicas sean o no necesarias. Para cuando se jubilen, ahora se sienten fuertes, seguros, orgullosos de la vida que les ha tocado vivir.

Las sonrisas en la esquina donde el cortador de jamón se está ganado el sueldo ante la demanda continua de tapas, se van relajando. La redonda cara de Almudena dibuja el recorrido de una lágrima. Está comentando algo con Maite, la mujer de Juan Luis. Ambas han sido los únicos amores de Juan Luis. Almudena en la adolescencia y Maite desde la universidad. Se llevan bien. La relación adolescente sobrevivió al paso del tiempo, ese amor no maduró,  se quedó en ilusión. Maite apareció como un huracán en su vida, la llenó del todo. Se le ve feliz con ella. 

Maite la está poniendo al día de la situación de Juan Luis. Este intuye lo que está ocurriendo y se acerca a ambas.

- Chicas, de verdad, lo único que deseo es pasármelo bien y no preocupar a los demás. Es una enfermedad, mañana será otro día. No busco ser la razón para romper este ambiente tan maravilloso. 

- ¡Lo siento tanto!. Almudena está muy dolida. Fueron novios hace una vida y aún conservan esa afinidad entre ellos muy cercana, muy de saber que entre ellos no hay atracción, solo cariño.

Los deseos de Juan Luis no se pueden cumplir, el sufrimiento de Almudena y de Maite es tan evidente para todos y en definitiva se conocen todos tan bien que enseguida  reconocen  que algo pasa con ellos.  La curiosidad se impone a la prudencia. Comienza Enrique, siempre tan espontáneo y carente de todo tacto.

- ¿Qué os traéis entre manos? ¿Lo sabe Manolo?. Manolo es el marido de Almudena, apodado el consentido en la creencia popular que Juan Luis mantiene un trío vitalicio. 

José Luis le mira sin contestar. La barra y una nueva copa de vino le llaman. No quiere empezar una discusión con Enrique. 

- ¿Qué pasa?¿Qué he dicho?

- Eres tonto, Enrique. Le contesta Almudena. Muy tonto.

Con tan sesuda explicación, el corto cerebro de Enrique no consigue procesar donde está su error. Se gira, necesita la guía de Mercedes. La única que sabe ver sus virtudes por encima de sus meteduras de pata.

La noticia, gota a gota se abre camino entre los asistentes. El origen la preocupación de Maite y Almudena. En breves minutos las risas menguan, las miradas cambian. Todos son conscientes que es la última comida todos juntos. Juan Luis se va, no tiene cura, dos o tres meses a lo sumo.

El dolor conjunto es más llevadero, Maite no puede más, considera que sus amigos tienen derecho  a conocer la verdad y tener la oportunidad de despedirse. Juan Luis quiere despedirse de fiesta, no de luto anticipado. La fiesta ya no lo es, se queda en reunión. Siguen los abrazos, ahora son más apretados. Todos necesitan sentirse vivos, queridos, cercanos.

Juan Luis no te vayas. Lucha. No te vayas. Es el primero en irse. Nuevas sensaciones, dolor intenso. Duele la pérdida, duele saber que habrá más.



22.12.19

Primer adiós

Me gustaría que nos acompañaras a la consulta con el cirujano.
- Claro, confirmo extrañado con la solicitud. ¿Cuándo es y dónde?
- En la clínica Quirón de Juan Bravo a las 12 de la mañana el jueves.
Consulto mi agenda en el móvil, debo ajustar alguna cita, nada que no se pueda solucionar.
- Vale a las 11 paso a buscaros y vamos juntos.

La clínica Quirón ha tenido obras durante los últimos años, le han lavado la cara, se ve más moderna, más cómoda. Hace años su imagen recordaba a las tradicionales clínicas de monjas, limpio con aire antiguo. 

La zona de consultas aún no ha recibido el baño modernizador, el acceso incómodo y la sala de espera poco acogedora. 

Amenizo la espera poniéndome al día de correos electrónicos del trabajo, es mi manera de evitar preocuparme. Intento iniciar conversaciones banales para pasar el tiempo. No está el ambiente para ello. Mi madre a penas disimula su preocupación se entretiene repasando los sobres con los resultados de las pruebas médicas que han realizado a mi padre. Mi padre, fiel a su costumbre, opta por resolver alguno de sus complicados pensamientos. Se suele entretener en silencio, ajeno a los movimientos a su alrededor. Nunca ha sido curioso, no va a empezar a los setenta y cinco años. Sabe lo que tiene, lleva con sus problemas desde siempre, le acompañan en su vida. Imagina que tiene pocas opciones para elegir. Su conciencia católica le acompaña siempre, le da sosiego y una visión más calmada de su futuro. Tiene fe. La fe trae consuelo y paz. Su rostro es la definición de estar en paz consigo mismo. 

Nuestro turno, acompaño a mis padres a la consulta. Nos recibe el cirujano, un señor de unos sesenta y pocos años, grande, elegante y risueño. Su sonrisa tranquiliza.

- Pasad, sentaos. Mira Oscar, el cateterismo nos confirmó las sospechas de su cardiólogo. Obstrucción grave de las arterias que alimentan el corazón. Prácticamente cerradas. Por eso te cansas tanto y tan rápido, no te llega sangre ni oxígeno al resto del cuerpo.
- Sí, eso me dijo el doctor que realizó la prueba
- En esta situación, volver a colocar un Sten sustituyendo a los que te instalaron hace doce años, no soluciona nada. En mi opinión solo queda una opción, cirugía. Realizar tres bypass coronarios para salvar la zona necrosada y permitir el flujo de sangre.
- Con esa idea vengo. 
- Si lo tienes claro, en tu situación, más pronto que tarde.
- ¿Qué fechas tienes?
- Podemos hacerlo la semana próxima, el jueves por la mañana.
- Sea.
- Poco te lo piensas, amigo.
- No hay otra opción ¿verdad? pues cuanto antes.
- Te voy a explicar la intervención. Se dirige a mí, el hijo. Hay dos técnicas para esta intervención, la extra corpórea donde conectamos el cuerpo a un corazón mecánico, mientras extraemos el original y lo reparamos en una mesa a parte, al finalizar volvemos a colocarle en su sitio. La otra técnica es provocar una hipotermia controlada para reducir al mínimo los latidos de manera que nos permita operar directamente y reducimos el riesgo. ¿Hasta aquí bien?
- Sí, continúa.
- Nosotros utilizamos la segunda técnica es un poco más segura. No podemos decir que no hay riesgos, porque esta operación en sí, los tiene. También te puedo decir que nuestro porcentaje de éxito supera el 97%.
- Eso tranquiliza, no puedo dejar de pensar que en mi caso el todo o nada, estadísticamente hablando.
- Vamos a confiar, Oscar. ¿Tenéis alguna duda?. Bien pues fuera la enfermera les informará del protocolo, les cerrará la cita con el hospital. Tendrá que ingresar la tarde noche anterior. 

Los trámites administrativos te distraen, un nuevo escenario se abre ante mí, una posibilidad que ni había contemplado hasta ese instante. Informo a mis hermanos para que vayan haciendo planes para la semana próxima. Mi madre está en shock, su mirada se pierde en el infinito. No está preparada para esta incertidumbre como tampoco lo está para asumir la pérdida. Delega en nosotros sus sentimientos. Elige enfundarse en su frialdad emocional para protegerse de la sensación de miedo a la pérdida.

Durante los seis días que faltan para la operación, me siento perdido. Me entretengo afrontando mucho trabajo, todo por entretener el cerebro. No me quiero preparar, rechazo la idea de que el 3% de resultados negativos del cirujano tenga el nombre de mi padre.

El día señalado madrugo, quiero estar el primero en la habitación. Mi madre ha dormido en el hospital, realmente ha estado en el hospital, dormir, no lo ha conseguido. Ni la pastilla que le dio la monja por la noche ha tenido efecto. 

- ¿Cómo estás, papá?
- Bien. Cuida de tu madre mientras esté en el quirófano. Está muy preocupada.
- Es para estarlo. ¿Y tú cómo lo afrontas?
- Estoy tranquilo, confío en el doctor Ruiz. Y si tiene que pasar, estoy preparado.
- Tú sí, pero ¿nosotros?
- Eres fuerte. Ten fe. Confío en salir de esta.
- Papá...

Me aprieta la mano, su gesto más cariñoso conocido. Me mira a los ojos, esos ojos negros profundos, esos ojos que hablan. Su mirada me dice PAZ.

Se lo lleva el celador, no me he podido despedir, no me ha dejado. Me quedo tranquilo.

- Mamá, vamos a desayunar, aquí no hacemos nada. La operación dura dos o tres horas. Vamos a salir de aquí. No me gustan como huelen los hospitales.

La operación, un éxito. Esta vez no hizo falta despedirse, la próxima espero que sus ojos me lo permitan. Lo pasé muy mal esas horas de incertidumbre.

Mi primer adiós fue con una mirada, ¿qué más se puede decir?

Adiós papá, me alegro que sigas con nosotros.


17.12.19

Primer desamor

La adolescencia es una época maravillosa, llena de altibajos emocionales, de amistades convulsas, cambiantes, como los cuerpos. Es una época de aprendizaje a marchas forzadas, necesitas aprender conocimientos, reglas sociales, costumbres de cortejo, florece la timidez, la vergüenza, las hormonas no te dejan en paz, deciden por ti. No eres dueño de tu voluntad, eres esclavo de un cóctel de hormonas saltarinas.
Quince años, es la edad, cuando es oportuno probar el primer beso con lengua, aprender a dominar los nudos del estómago cuando no estás con tu amada. Aprendes a pasar la tarde cogido de la mano. Juegas a ser adulto, sin experiencia y con el radar abierto a conocer nuevas oportunidades.
Los amores son caprichos que van y vienen al ritmo de las saltarinas. Te gusta la mirada de Lola, los pechos de Sonia, la risa de Marisa, la personalidad de Ana. Cada día descubres una nueva oportunidad y realmente no te quieres perder ninguna.
No sabes por qué ni cómo ha sido, te encuentras paseando de la mano con Esther, una morena de la panda con la que hasta ahora nunca habías tenido mucha conversación, te encontraste en el momento oportuno en la situación idónea para probar a besaros. Eso os une. Nada consciente, nada buscado. Ocurre. Dura la nube tres días, que en verano cuentan como tres semanas. Sales, te la encuentras, te bañas en el mar, ella siempre contigo. Tu habilidad con el beso se va depurando, incluso te aventuras a sacar la mano a explorar, encontrándote siempre alguna mano defensiva en el camino. Esther debe tener un detector de intenciones. No es guapa, ni fea, normal. Graciosa, un poco. Con poca conversación. Eso sí, huele bien, que es importante.
Los tres días son intensos, solo nos separamos para ir a casa a las horas fijadas. Hablamos poco, nos miramos, nos sonreímos y con eso somos felices. Por la noche en la disco apalancados en un sofá mullido en la zona con menos luz del local, nuestras bebidas se quedan en los vasos hasta derretir los hielos. A la hora de dormir, tengo agujetas en la mandíbula de tanto ejercicio bucal y marcas en las manos de los frenos de Esther a mis avances. La segunda noche en la playa mientras los demás cuentan las estrellas fugaces y piden sus deseos, yo convierto los míos en realidad. La tercera noche toca feria, mucho ruido, coches de choque, la ola y alguna que otra diversión. Está bien, un buen plan, con menos saliva y más movimiento.
Me acuesto planeando la noche de mañana, hay prevista una fiesta en casa de Nieves a la que estamos invitados mucha gente. Me duermo cansado e impaciente.
La fiesta de Nieves es famosa, todos los veranos organiza una fiesta muy concurrida y bien provista de comida y bebida. Tiene una casa enorme con piscina y una jardín fantástico. Cuento más de cincuenta invitados, la mayoría sevillanos, que fieles a su costumbre fueron cerrando filas en grupos conocidos de siempre, en amigos de invierno lo que nos deja fuera a los foráneos.  La música suena alta gracias a un equipo de alta fidelidad adquirido en la base americana de Rota, los discos muy modernos y actuales.
Las bebidas prudentes, sin alcohol. Y mucha comida, muchísima. 
Tras media hora comentando con mi panda las novedades del lugar y con el estómago lleno de medianoches, aparece Esther por la puerta acompañada de un pijo de camisa larga remangada y jersey amarillo a los hombros. Estamos a treinta y ocho grados, el jersey y la mangas sobran. ¡Lleva mocasines Castellanos sin calcetines!.Un pijo total.
Me acerco sonriente hacia ella. Esther me ve y en voz alta me dice.
  • Hola Manu, mira te presento a mi novio, Luis. Ha venido hoy de Sevilla a pasar el fin de semana para descansar de sus estudios. Se examina en septiembre de tres asignaturas de COU y de la Selectividad.
Mi mundo se abre a mis pies. No me lo esperaba. Solo he sido un capricho, una diversión. No supe qué decir y me fui a por mi amigo Pablo, sé que lleva ginebra para mezclar, me hace falta.
Será cerda la tía, me ha tomado el pelo.
  • ¿Sabíais que Esther tiene novio? Miro de uno en uno a todos los miembros de la panda.
  • Pensé que lo había dejado con él, como os veía tan bien estos días, me contestó Paloma. Su vecina en la urbanización.
Recibo palmadas de condolencias de los chicos y alguna exclamación llena de empatía por parte de ellas. Me siento como una mierda, pocas ganas de fiesta me quedan. 
Me refugio en un banco del jardín apartado de la música, con mi cubata preparado y fumando un Fortuna. Inconscientemente mi miraba encuentra a Esther que no para de sonreír y hacer carantoñas a su Luis. Patético pijo cornudo.
Pablo viene a reponer mi bebida y a interesarse por mi. Mis hormonas saltarinas empiezan a botar, me vengo arriba. No es momento de duelo, estamos en una fiesta. 
  • Vamos chicos, hagamos algo.
La música cambió a lentos y las parejas se apretaron en la improvisada pista de baile junto a la piscina.
Ocurre lo previsible, una pareja termina la fiesta en el agua empujados sin intención por otra pareja que en un arrebato de pasión gira rápido y hace perder el equilibrio a los más cercanos al borde del agua.
Risas generales y apuro de la anfitriona para ayudarles. 
Mi cubata decide junto con alguna de las saltarinas y me lanzo vestido al agua, gritando bomba va.
Me acompañan Pablo, José Luis, Rocío, Ana y varios que no conocía de antes.  Una reacción imitada y comentada por todos. Me convierto en el más popular de la fiesta, no soy yo, es el cubata, las saltarinas y el aburrido, conservador y excluyente ambiente. Lo cierto es que la sorpresa inicial es superada cuando también se lanzan a la piscina, vestidos, otro grupo de invitados, cinco chicos sin pareja que se animan para hacer algo diferente. 
Al salir del agua me espera fuera, con una toalla de playa en la mano, Nieves, se nota que no le gusta lo que ha ocurrido, en parte porque le rompe el ritmo a su velada y en parte por temor al qué dirán sus padres si se enteran. Le agradezco la toalla y me invita a ir a mi casa para cambiarme.
Mi casa está cruzando la calle, en cinco minutos puedo estar de regreso. Mis amigos también salen de la fiesta, todos empapados. Nos da un ataque de risa por la situación. 
  • ¡Qué loco estás Manu!
  • ¿Vamos a la playa?
  • Voy a casa a cambiarme primero, así parezco Miss camiseta mojada y si me ve mi padre me castiga el resto del verano.
  • Pues yo te veo muy bien.
  • Vamos a cambiarnos y quedamos aquí en cinco minutos. En bañador.
Tras nosotros salen de la fiesta varios grupos, parece que desertan más de los que hubiera deseado Nieves. Me compadezco de ella, en el fondo es maja, demasiado convencional, aún así es buena persona.
  • ¡Eh! Manu
Me giro, vienen hacia mí Laura y Virginia, amigas de Esther. 
  • ¡Qué pasada tío! ¡Qué risa! ¡Cómo nos hemos divertido! ¿Qué vais a hacer ahora?
  • Nos vamos a ir a la playa. En cuanto nos cambiemos de ropa.
  • ¿Os podemos acompañar?
  • Claro, ¿vais a ir así u os cambiáis?
  • Así vamos, los vestidos son cómodos.
  • Darnos cinco minutos.
Manu tarda poco y viene con tres toallas en la mano, para reservar los  vestidos de ambas, que se lo agradecen.
  • ¡Qué detalle! Muchas gracias.
  • ¿Vamos?
Laura morena con media melena, gafas de sol negras que ocultan sus preciosos ojos verdes, las orejas con un poco de soplillo. Se sienta en la toalla con elegancia, manteniendo sus piernas juntas en todo momento protegiendo del viento el vuelo de la falda de su vestido de algodón blanco. Muy sonriente con pose de mujer, espalda recta y perfil interesante. Sus pendientes de perlas, seña de identidad de su ciudad de origen ofrecen dos puntos de referencia a juego con el color del vestido.
Virginia, la locuela de su grupo, También morena, su melena la recoge con una cola de caballo, sin pendientes, adorna su cuello con una cadena fina que cuelga una medalla de oro con una imagen de la Virgen del Rocío. Fumadora sin descanso. Escandalosa en sus carcajadas, su vestido de algodón la supera. Está más cómoda con pantalones y camisetas, ha abandonado su estética habitual por la exigencia de vestuario solicitado por Nieves. Se sienta más encorvada, con las piernas libres sin importarle las miradas de los demás. Piernas infinitas, un tanto delgadas. Buena delantera. Manu sabe adivinar que no hay más tela que el vestido.
Ambas muy pendientes de Manu y sus amigos, se encuentran a gusto. Los últimos tres días, consecuencia de la relación de Manu con Esther, han coincidido forjando una nueva alianza.
  • Me ha dado mucha lástima por ti, sabíamos que Esther tiene novio. Se encaprichó contigo por celos y ha jugado contigo. 
  • ¿Celos?
  • Sí. La dije que me gustabas y por eso te ligó, para fastidiarme y para demostrar que ella es mejor.
La confesión de Virginia me deja sin palabras.
  • Y a mí. Comenta Laura.
  • Vaya con Marlon Brando, sonríe Paloma. ¡Qué éxito primito!
Las hormonas saltarinas nublan mi raciocinio, no sé cómo reaccionar. Nombrar a Esther ha conseguido que se me altere mi falso equilibrio. Me tumbo en la toalla en silencio.
  • Manu, dí algo. Reclama Paloma.
  • No sé qué decir.
  • Podrías decir quien te gusta de nosotras.
  • ¿Tengo que elegir?
  • ¿Quieres un harem o qué?
  • Quiero ver tus ojos, siempre tapados por las gafas oscuras.
  • Me molesta mucho el sol, pero me las quito. 
Los ojos gatunos de Laura hipnotizan el instante. La decisión parece tomada hasta que Virginia propone ir al agua.
  • ¿Con el vestido?
  • Me lo quito si hace falta.
En menos de un minuto una figura delgada cubierta solo son una bragas negras corre hasta el agua a saltitos, con sus pechos moviéndose libres sin complejos. Manu cambia en un instante los ojos gatunos por los pechos saltarines. En un par de horas ha cambiado su perspectiva de relaciones. No se ha encontrado en otra igual. Recupera la mirada hacia Laura, que ha vuelto a ponerse sus gafas, su pudor la impide competir con Virginia, esta competición la ha perdido.
  • Laura, tu amiga está un poco loca ¿no?
  • Sí, ella es así. Nunca sabes cómo va a reaccionar en cada momento.
  • ¿No te bañas?
  • No me voy a desnudar delante de todo el mundo.
  • Lástima.
Por un instante, Manu supo mantener la mirada a las gafas de sol.
  • Guarro.
  • Un poco monja eres ¿no?
  • No creas, no soy exhibicionista.
  • Eso está bien.
  • ¿Sí?
  • Me gustas Laura. Y me intimidas, eres tan mujer, tan perfecta, tan mayor que no sé cómo acertar contigo.
Laura queda de piedra, sin reacción posible.
Manu se acerca, acaricia su cara y la besa con precaución en los labios. Los labios de ambos van abriendo. Manu se siente conquistador, se siente mayor. Ni en sus mejores sueños había previsto besar a dos chicas guapas en el mismo verano.
Virginia vuelve del baño corriendo desde la orilla.
  • No perdéis el tiempo ¿eh? dejar que me seque y me vista, Estáis en mi toalla.
  • Toma la mía, ofrece Manu.
Virginia se agacha para cogerla, su cara queda a pocos centímetros de la pareja.
  • ¿Un trío?. Ofrece
  • No. Se apresura Laura a contestar.
  • Tú te lo pierdes guapo. Mirando a Manu.
Manu no sabe cómo reaccionar, tampoco sabe por qué le ocurre esto a él.
  • Es broma, no te lo creas don Juan. Ya vestida Virginia. Quien se gira reclamando fuego para encender su cigarrillo a Pablo. Demuestra buen perder manteniendo la naturalidad de su personaje locuelo.

Los desamores te ayudan a madurar, comprendes las dificultades de las relaciones humanas, los sentimientos te desbordan, gestionas tu duelo interior. Creces y creas defensas para gestionar mejor el siguiente desamor en tu vida. Yo no aprendí nada, por alguna alineación astral que desconozco, tuve una semana de verano propia de un seductor, de un guapo, de un niño rico. Todo lo contrario a lo que soy. Sorpresas de la vida. En ocasiones también se aprende del éxito.

13.12.19

Un milagro en el Paseo de Extremadura




No son las once de la mañana y ya se nota el calor de final del verano. Septiembre es un mes muy cálido en Madrid. 
Salgo de la farmacia situada frente al paso de peatones con semáforo. La chaqueta me sobra, como uniforme de trabajo está muy bien, dignifica a quien lo lleva, salvo que elijas una prenda de baja calidad. Hoy la dignidad se paga cara, no ayuda con la temperatura.
Cruzo el primer tramo de la calle hasta la isleta central, apresurado sin necesidad. Continúo con mi costumbre infantil de cruzar corriendo y en rojo los semáforos. Me dicen que con la edad se gana en temeridad cruzando la calle, mi futuro se va asemejar a una carrera de Sanfermines.
En la acera contraria el paisaje urbano toma vida, en el 37 de la calle, casi en Puerta del Angel, final de la cuesta de la calle que desciende hasta el río Manzanares, un barrendero acaricia con su escoba la acera apartando papelitos y colillas, un caballero ya jubilado se mantiene parado en el kiosko de venta de cupones de la O.N.C.E., se entretiene, dedica tiempo a comprobar si ha tenido suerte con sus cupones y apuestas de varios días. Agua. La suerte no llega, por más que lo intentes, es caprichosa. 
Baja la acera a paso decidido una mujer delgada, morena, con un vestido blanco ajustado en la cintura y falda al vuelo, se le adivinan, ajustados y con ganas de salir, sus pechos perfectos, sin sujetador, esa prenda del demonio que en cuanto tienes oportunidad debes descartar su uso. Piernas largas, tersas, estilizadas provocadas por el alza de sus sandalias de tacón. La falda del vestido se abre de manera elegante, provocativa y sensual, por donde se deben abrir las faldas para dar tributo a las piernas perfectas. Esa mujer ha nacido para ser admirada. Una auténtica belleza, más propia de otros barrios con más glamour y más céntricos, repletos de tiendas de marcas y dependientes de lujo.
No puedo evitar embrujarme observando semejante tributo a la humanidad hasta el punto que tardo en reaccionar para cruzar la calle desde la isleta central hasta la acera de los impares, tan embobado estaba en el monumento que la luz verde de peatones empieza a parpadear avisando de su próximo cambio a rojo. Acelero el paso.
A escaso metro y medio de la acera, la luz roja brilla, aprieto el paso para alcanzar la acera junto a la caseta de la O.N.C.E. en el momento que la morena del vestido blanco cruza frente al semáforo continuando su caminar en dirección al río. Huele bien, su marcha desliza una fragancia fresca y suave. Sutil. La guinda perfecta, ella es perfecta. No me canso de mirarla.
- ¿Dónde vas mi reina? Hazme un gesto y lo dejo todo.
Me sorprende a mi derecha el tono cheli, el volumen alto y semejante prosa poética, giro mi cabeza y observo al ciego de la ONCE de pie con la puerta de su kiosko abierta permitiendo a su cuerpo salir fuera y erguirse ya fuera del habitáculo.
Milagro, pensé. No hay peor ciego que el que no quiere ver y este ya ve. Milagro. 
Para que después digan que en los barrios no existen los milagros, yo beatificaba a la morena.